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M. VALDEMAR

pude obtener de él pruebas dignas de fe. Siempre atribuí mi poco éxito en ese punto, al desordenado estado de su salud. Pocos meses antes de conocerle yo, los médicos le habían declarado tísico. Era su cos­tumbre, es cierto, hablar de su próxima disolución, como de una cosa que no se debia esquivar ni sentir.

Cuando me ocurrieron las ideas de que acabo de hablar, era por consiguiente muy natural que hubiera pensado en Mr. Valdemar. Conocía la filosofía sólida del hombre, lo suficiente para no recelar escrúpulos de él; y no tenía ningun dendo en América que se opu­siera á mi pretensión. Le hablé con franqueza de mi proyecto; y, con gran sorpresa vi que su interés parecía vivamente excitado. Digo con gran sorpresa; porque, aunque había sometido siempre su persona á mis experi­mentos, sin ninguna vacilación, no me había dado nunca un testimonio de simpatía por esa clase de investiga­ciones. Su enfermedad era de ese carácter que puede admitir un exacto cálculo respecto á la época de su ter­minación por la muerte; y fué por último, arreglado entre nosotros, que me enviaría á buscar, veinti y cuatro horas antes del período anunciado por los médi­cos, como el de su fallecimiento.

Hace ahora más de siete meses que recibí de Mr. Valdemar mismo la siguiente esquela:

 «Mi querido P***

Podéis venir ya. D*** y F*** están contestes en que
no duraré más que hasta los doce de la noche de
mañana; y creo que han calculado perfectamente.

Valdemar.»