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M. VALDEMAR

zar ese periodo, un suspiro natural aunque muy pro­fundo, se escapó de su pecho y la respiración estertórea cesó, es decir, el estertor no fué ya apreciable; los intervalos no disminuyeron. Las extremidades del moribundo estaban frías como el hielo.

Cinco minutos antes de las once percibí síntomas inequívocos de la influencia magnética. Los ojos quegiraban antes como globos de vidrio, adquirieron esa expresión de inquieto é interior examen que se ve úni­camente en caso de sonambulismo y que no se puede equivocar con ninguna otra. Con varios pases laterales y rápidos, sumí los temblorosos párpados en un sueño incipiente, y con otros cuantos más los hice cerrar del todo. No estando satisfecho, sin embargo, con esto, continué las manipulaciones vigorosamente, empleando· toda mi voluntad, hasta que hube endurecido por com­pleto los miembros del durmiente, después de haberlos colocado en una posición al parecer cómoda. Las piernas estaban estiradas en toda su longitud; los brazos casi lo mismo, y reposando en el lecho, á una distancia conveniente del cuerpo. La cabeza se hallaba ligeramente elevada.

Cuando hube hecho esto, eran ya las doce de la noche, y pedí á los caballeros presentes que estimaran el estado de Mr. Valdemar. Después de algunos expe­rimentos, admitieron que se hallaba en un estado, inha­bitualmente perfecto, de catalepsia magnética. La cu­riosidad de los dos médicos estaba excitada al más alto· grado. El Dr. D*** resolvió por fin, permanecer con nosotros toda la noche, mientras el Dr. F*** se retiró, prometiendo volver á la madrugada. Mr. L*** y los enfermeros se quedaron.