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EDGAR POE, — NOVELAS Y CUENTOS

Á causa sin duda alguna del delirio que empezaba á apoderarse de mi cabeza, experimenté un interés pro­fundo hacia aquellas pinturas que estaban colgadas no solamente en los lienzos principales de los muros sino también en multitud de recodos que hacía inevitables la extraña arquitectura del castillo.

Fué tal el interés, que ordené á Pedro cerrase los pesados postigos de madera de la habitación, — puesto que ya era de noche, — que encendiese un gran can­delabro de muchos mecheros ó brazos, colocado cerca de mi cabecera, y abriese por completo las grandes colg-aduras de terciopelo negro guarnecidas de anchas fran­jas, que rodeaban el lecho.

Deseaba yo que se hiciera así para que, si no podía dormir, pudiese al menos consolarme alternativamente con la contemplación de estas pinturas y con la lectura de un pequeño volumen que había encontrado sobre la almohada y que contenía el juicio crítico y análisis de las mismas.


Largo, muy largo tiempo, leí y contemplé devota y religiosamente.

Pasaron rápidas y gloriosas las horas y llegó la media noche.

La posición del candelabro me desagradaba, y exten­diendo la mano con dificultad, — para no molestar á mi criado que se había quedado dormido, — coloqué el objeto de manera que sus rayos iluminasen de lleno el libro.

Pero la acción produjo un efecto absolutamente ines­perado.

Los rayos de las numerosas bujías (porque había