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EDGAR POE

nismo afligente, y demolía su obra de espiritualidad. Por otra parte, es necesario decir que era muy poco difícil en la elección de sus auditores, y creo que el lector encontrará sin trabajo en la historia, otras inteligencias grandes y originales, para quienes toda compañía era buena. Ciertos espíritus, solitarios en medio de la multitud y que se alimentan con el monólogo, no tienen que hacer delicadeza en materia de público. Es, en suma, una especie de fraternidad basada en el menosprecio.

De esta ebriedad — celebrada y reprochada con una insistencia que podría dar á creer que todos los escritores de los Estados Unidos, excepto Poe, son ángeles de sobriedad — es necesario hablar, sin embargo. Muchas versiones son plausibles y ninguna excluye las otras. Ante todo, estoy obligado á hacer notar que Willis y Mrs. Osgood, afirman que una cantidad mínima de vino ó de licor bastaba para perturbar completamente su organización. Es fácil suponer, además, que un hombre tan realmente solitario, tan profundamente desdichado, y que ha podido á menudo considerar todo el sistema social como una paradoja y una impostura, un hombre, que, acosado por un destino sin piedad, repetía con frecuencia que la sociedad no es más que una batahola de miserables (es Griswold quien cuenta eso, tan escandalizado como un hombre que, puede pensar la misma cosa, pero que no la dirá jamás) — es natural, digo, suponer, que ese poeta, arrojado niño aún en los azares de la vida libre, con el cerebro acosado por un trabajo áspero y continuo, haya buscado algunas veces una voluptuosidad de olvido en las botellas. Rencores literarios, vértigo de lo infinito, dolores