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EDGAR POE. — NOVELAS Y CUENTOS

mi sombrío, gris y hereditario castillo. Nuestra raza ha sido llamada raza de visionarios; y en algunas circuns­tancias extrañas, en el carácter de la casa señorial, en los frescos del salón principal, en las tapicerías de los dormitorios, en el cincel de algunas columnas de la sala de armas, en la forma de la biblioteca, y, en fin, en la naturaleza verdaderamente singular de los libros en­cerrados en ella, hay más que suficiente materia para disculpar esa creencia.

Los recuerdos de mis primeros años datan de ese cuarto y de esos volúmenes. Ahí murió mi madre. Ahí nací yo. Pero sería simplemente una tontería el decir que yo no había vivido antes, que el alma no tiene existencia anterior. ¿Lo negáis? no discutamos sobre este asunto. Convencido yo, no busco convencer á los demás. Existe, sin embargo, un recuerdo de aéreas formas, de ojos espirituales y expresivos, de sonidos musicales, aunque tristes; un recuerdo que no quiere abandonarme, una memoria como de una sombra, vaga, variable, indefinida, irregular·; sombra de la que no podré verme libre, mientras brille el sol de mi razón.

En ese cuarto nací. Despertándome así de la larga noche de lo que parecía, pero no era, la no existencia, en medio mismo del país de las hadas, en un palacio imaginario, en el extravagante dominio del pensamiento y la erudición monásticas, no es singular que dirigiera á mi alrededor miradas estremecidas y ardien­tes, que malgastara mi infancia en libros y disipara mi juventud en fantasías; pero es singular que, ha­biendo conocido los años, la virilidad me encontrara to­davía en la mansión de mis padres; es sorprendente