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EDGAR POE. — NOVELAS Y CUENTOS

su identidad personal. ¡Ay! el destructor iba y venía; y la victima, ¿dónde está? ¡No la conozco, ó no la conozco ya como Berenice!

Entre el numeroso cortejo de enfermedades que si­guieron á la que efectuó tan horrible revolución en el ser moral y físico de mi prima, debe ser mencionada, como la más aflictiva y obstinada en su naturaleza, una espe­cie de epilepsia, que terminaba frecuentemente en cata­lepsia, catalepsia que se parecía muchísimo a la muerte positíva, y de la que volvía, en el mayor número de casos, con un brusco estremecimiento. Mientras tanto, mi propio mal, pues se me ha dicho que no debía lla­marlo con otro nombre, mi propio mal crecía rápidamente, hasta asumir, por último, un carácter mono­maníaco de una nueva y extraordinaria forma, ganando vigor de hora en hora y de momento en momento, y obteniendo, por fin, sobre mí, el más incomprensible ascendiente. Esta monomanía, si debo llamarla así, consistía en una mórbida irritabilidad de esas cuali­dades del alma, conocidas en la ciencia de la metafísica por cualidades de atención. Es más que probable que no sea entendido; pues temo, á la verdad, que no me sea posible trasmitir á la generalidad de los lectores una idea adecuada de esa nerviosa intensidad de interés, con que en mi caso las potencias meditativas, para no emplear tecnicismos, se hundían en la contemplación de los objetos más comunes del universo.

Cavilar infatigablemente horas enteras, con la aten­ción fija sobre alguna frívola observación encontrada en el margen ó en la tipografía de un libro; quedar ab­sorto, durante la mayor parte de un día de verano, contemplando una fantástica sombra que caía oblicua-