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EDGAR POE. — NOVELAS Y CUENTOS

su familia la he oido hablar á ella misma, indudablemente. Que es de origen remotisimo, no se puede dudar. ¡Ligeia! ¡Ligeia. Sepultado entre estudios adaptados, más que á ninguna otra cosa, á las muertas impresiones del mundo exterior, es por esa suave palabra sola, por Ligeia, que evoco ante mis ojos la imagen de la que ya no existe. Y abora, mientras escribo, un recuerdo se derrama sobre mi alma, el recuerdo de que nunca conocí el nombre paterno de la que fué mi amiga y mi amada, y que llegó á ser la compañera de mis estudios, y finalmente, la esposa de mi corazón. Fué un capricho de mi Ligeia? ¿Ó fué una prueba de mi fuerza de afección, eso de no hacer preguntas sobre tal punto? ¿Ó fué más bien un capricho de mi mismo, una ofrenda extrañamente romántica, en la urna del imás apasionado cariño? Sólo indistintamente puedo recordar el hecho en sí; ¿por qué habrá, pues, sorpresa, cuando digo que he olvidado completamente las circunstancias que lo originaron ó acompañaron? Y, á la verdad, si alguna vez ese espiritu llamado Romance; si alguna vez la pálida Astapho, de alas de niebla, que veneraba el idólatra Egipto, presidió como dicen, á los matrimonios de mal augurio, seguramente que presidié el mio.

Existe un tema querido, sin embargo, sobre el que mi memoria no falta. Es la persona de Ligeia. Era alta de estatura, algo delgada, y en sus últimos días, hasta enflaquecida. Trataría en vano de retratar la majestad, la suave tranquilidad de su aspecto, ó la incomprensible levedad y elasticidad de su paso. Iba y venia como una sombra. Nunca supe cuándo entraba á mi gabinete de estudio, á pesar de hallarse la puerta cerrada, sino