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EDGAR POE. — NOVELAS Y CUENTOS

libre. Miraba su dulce boca. All residía realmente el triunfo de todas las cosas del cielo: el espléndido vuelo del pequeño labio superior; el suave y voluptuoso sueño del inferior; los oyuelos que jugueteaban, y el color que hallaba; los dientes, reflejando con un brillo casi sorprendente los rayos de la santa luz que caia sobre ellos, al descubrirse, para que la boca derramara la serena y plácida, la más triunfalmente radiosa de todas las sonrisas. Examinaba la forma de su barba, y encontraba en ella la dulzura, la suavidad y la majestad, la plenitud y la espiritualidad de los griegos, el contorno que Apolo no reveló sido en un sueño, á Cleomenes, el hijo del ateniense. Y después hundía mis ardientes miradas en los ojos de Ligeia.

Para aquellos ojos no encontraba modelos en lo remotamente antiguo. Podia haber sido ahí, en los ojos de mi amada, que residía el secreto á que alude lord Verulam. Eran, debo creer, más grandes que los ojos generales á nuestra propia raza. Eran hasta más grandes que los más grandes ojos de las gacelas del valle de Nourjaba. Sin embargo, era únicamente à intervalos, en momentos de intensa excitacion, que esta peculiaridad se volvia bien notable en Ligeia. Y en tales momentos era su belleza — quizá lo parecía sólo á mi exaltada imaginacion — la belleza de los seres que están arriba ó aparte de la tierra, la belleza de la fabulosa hurí del Turco.

El color de las pupilas era el negro más brillante, y sobre ellas, velándolas, colgaban largas pestañas color azabache. Las cejas, débilmente irregulares en contornos, tenían el mismo tinte. La « singularidad », sin embargo, que yo encontraba en los ojos, era de una