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EDGAR POE. — NOVELAS Y CUENTOS

de mi amada, en el momento que las hacía? Pero sobre este tema no puedo detenerme. Dejadme decir únicamente que el más que femenil abandono de Ligeia, á un amor ¡ay! del todo inmerecido, dado completamente sin motivos, reconocí al último el principio de su ansia, de su salvaje deseo por una vida que le escapaba con tanta rapidez. Es esa ansia salvaje, es esa ardiente vehemencia de deseo por la vida, por nada más que por la vida, el que no puedo retratar, el que no encuentro palabras con que expresar.

Hacia la mitad de la noche en que me abandonó por fin, llamándome perentoriamente á su lado, me suplicó que le repitiera ciertos versos compuestos por ella misma no muchos días antes. La obedecí. Los versos eran éstos:


«¡Mirad! Es una noche de gala, de los últimos años solitarios. Una multitud de ángeles, alados y envueltos en anchos velos, se sientan, ahogados por las lágrimas, en un teatro, para ver un drama de esperanzas y temores. Mientras, la orquesta suspira á intervalos la música de las esferas.»



«¡Mimos, con la forma del Dios de las alturas, murmuran y cuchichean en voz baja, deslizándose de aquí á allá; simples muñecas que van y vienen, según la orden de vastos seres sin forma, que cambian el sitio