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EDGAR POE. — NOVELAS Y CUENTOS

inexplicable amargura con la que había también visto á ella, amortajada del mismo modo.

La noche se aproximaba, y con el alma llena de amargos pensamientos sobre la única y supremamente amada, permanecía yo mirando aún el cuerpo de lady Rowena.

Podía haber sido media noche, ó quizá más temprano o más tarde, porque no había tomado nota del tiempo, cuando un suspiro débil, suave, pero muy distinto, me sacó de mi letargo. Sentí que salía del lecho de ébano, del lecho de muerte. Escuché en una agonía de supersticioso terror, pero no hubo repetición del sonido. Esforcé mi vista para descubrir algún movimiento en el cadáver, pero no había el más imperceptible. Á pesar de eso, no me podía haber equivocado. Yo había oído el ruido, aunque débil, y mi alma estaba despierta dentro de mí. Resuelta y perseverantemente mantuve mi atención fija sobre el cuerpo. Muchos minutos corrieron antes que apareciera alguna circunstancia tendente á arrojar luz sobre el misterio. Al último, llegó á ser evidente que un leve, tenue y apenas visible tinte de color se había derramado sobre las mejillas, y á lo largo de las hundidas venitas de los párpados.

Por una especie de inexplicable horror y miedo, para lo cual no tiene la humanidad una expresión suficientemente enérgica, sentí que mi corazón cesaba de latir, y que mis labios se ponían rígidos. Sin embargo, un sentimiento de deber me llamó á la posesión de mi persona. No podía dudar más; hàbíamos andado precipitados en nuestros preparativos, y Rowena vivía aún. Era necesario hacer algo en el momento; pero como la torrecilla estaba completamente separada de la porción