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OLIVERIO TWIST

había estado al frente de una pequeña casa de comidas, los incitó á rebelarse, persuadiéndolos de que, en caso contrario, alguna noche, á causa del hambre, se vería en la precisión de comerse al compañero de cama más próximo. Era más alto y fuerte que los demás, y les dirigía miradas tan feroces, que todos le creyeron. Celebróse un Consejo, echaron suertes, y le tocó á Oliverio pedir otra ración después de cenar.

Llegó la noche. Los muchacho se alinearon como de costumbre tras el encargado de racionarlos, de pie junto á la caldera. Se sirvió la sopa, y prodújose un largo silencio mientras se vaciaban las escudillas: los chicos miraban á Oliverio, y le guiñaban los ojos incitándole á cumplir su cometido. Niño como era, estaba desesperado por el hambre; así, pues, acercándose cacharo y cuchara en mano al funcionario que, cubierto con su blanco mandil, hallábase en su puesto, le dijo, algo asombrado de su propia temeridad:

—¡Haga el favor de volver á echarme: yo necesito más!

El encargado era un hombre gordo y sano. Al oirle se puso pálido: miró al pequeño rebelde estupefacto por algunos segundos, y se acercó á la caldera como para protegerla. Las asistentas estaban paralizadas de asombro; los muchachos, de miedo.

—¿Qué?—preguntó al fin con voz alterada.

—¡Que haga usted el favor de volver á echarme, que quiero más!—repitió Oliverio.

El hombre amenazó al chico con darle un cazazo en la cabeza, con ademán mudo y elocuente; luego le cogió, le sujetó los brazos, y corrió llamando á voces al muñidor.

La Hermandad estaba reunida en solemne Junta cuando el Sr. Bumble penetró en la estancia y, dirigiéndose al caballero de la silla alta, le dijo: