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BIBLIOTECA CALLEJA

—Ponte cerca del fuego, Noé—dijo Carlota—. Te he guardado un pedazo de tocino del almuerzo del amo. Oliverio, cierra esa puerta á espaldas del señor Noé, Y coge esos pedazos de pan y esa taza de té: es tu desayuno. Y apresúrate para volver á la tienda. ¿Has oído?

—¿Has oído, expósito?—repitió Noé Claypole.

—¡Señor!

—Pero, Noé—exclamó Carlota—, ¿por qué no dejas en paz al muchacho? ¡Qué criatura más extraña eres!

—¡Dejar, dejar!—repuso Noé—. ¡Más dejado que está! Ni su padre ni su madre se meterán nunca con él. Todos sus parientes le han dejado en paz y á su suerte. ¿Eh,Carlota? ¡Ja, ja, ja!...

—¡Oh; qué original es usted!

Y ambos unieron sus carcajadas burlándose del pobre Oliverio Twist, que sentado en un cajón en la parte más fría del cuarto engullía las lonjas de pan duro empapadas en el té que le habían dado para desayuno.

Noé era un inclusero, pero no un expósito. Su mala suerte había querido que naciese de padres que, aunque vivían, lo hacían con tal miseria, que tuvieron que darle á criar á la casa de expósitos. Su madre era ayudanta de lavandera; su padre, soldado con una pierna de palo, por lo cual gozaba de una pensión diaria de un real para él solo. Era un borrachón; y por eso, y por haber sido criado en la casa asilo de expósitos, los muchachos de la vecindad y los de toda la Parroquia le saludaban á gritos en la calle con los epítetos de «pellejo» y de «inclusero»; epítetos que no hay que decir si le lastimaban, pero que dejaba sin respuesta. Así que entonces que la fortuna le deparaba un huérfano sin apellidos y á quien por su ruindad podría cubrir de oprobio, quería torturar á su víctima. Esto