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¡MÉXICO, ADIOS!

Cortés luchó y Cuauhtemoc perdió y murió. Todavía veré a la morena Dolores en la ventana, y a Juanita con los ojos parpadeando, pasear en su señorial carruaje en el paseo. I escucharé la música salvaje de la trompeta y el tambor en Colima, y las notas más salvajes de la banda Azteca al pie de la pirámide de Cholula, o parado en silencio sin aliento absorto en la feroz elocuencia que vierte como inundación de los labios de Ignacio Altamarino en el Palacio de México.

Otra vez descenderé los desfiladeros de las Cumbres y a toda velocidad a través del paso del Chiquihuite, y caminar a través de las húmedas y lúgubres mazmorras del Castillo de San Juan de Ulúa. Sus costas floreadas y manchadas de sangre han desaparecido de mi vista, pero todas estas cosas, y otras mil memorias, brillantes y hermosas principalmente, aunque ocasionalmente tocadas con dolor y tristeza—son mías, y solo la muerte me las puede robar.

Tierra de historia, romance, flores, poesía, y canción; tierra de hechos oscuros y temibles, violencia, mal y un pasado terrible; tierra con un presente mezclado y nublado, en que

"Los hombres deben morir, y las mujeres deben llorar,"

para expiar los pecados de aquellos que vinieron antes de ellos; tierra con un futuro brillante y glorioso, en el cual toda su gente,— educado y liberada de prejuicios y fanatismo—deberá en verdad ser "soberana, libre e independiente," paz de alas blancas y prosperidad deberá caminar de la mano a través de todas sus fronteras, ¡Dios te bendiga! ¡Adios!