Página:Poemas Edgar A. Poe.djvu/82

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Mas el cuervo provocando mi alma triste a la sonrisa,
mi sillón rodé hasta el frente al ave, al busto, a la cornisa;
luego, hundiéndome en la seda, fantasía y fantasía
 dime entonces a juntar,
por saber qué pretendía aquel pájaro ominoso
 de un pasado inmemorial,
aquel hosco, torvo, infausto, cuervo lúgubre y odioso
 al graznar: «¡Nunca jamás!»

Quedé aquesto investigando frente al cuervo, en honda calma,
cuyos ojos encendidos me abrasaban pecho y alma.
Esto y más—sobre cojines reclinado—con anhelo
 me empeñaba en descifrar,
sobre el rojo terciopelo do imprimía viva huella
 luminosa mi fanal—
terciopelo cuya púrpura ¡ay! jamás volverá élla
 a oprimir—¡Ah! ¡Nunca más!

 Parecióme el aire, entonces,
 por incógnito incensario
 que un querube columpiase
 de mi alcoba en el santuario,
perfumado—«Miserable sér—me dije—Dios te ha oído,
 y por medio angelical,
tregua, tregua y el olvido del recuerdo de Leonora
 te ha venido hoy a brindar:
¡bebe! bebe ese nepente, y así todo olvida ahora.
 Dijo el cuervo: «¡Nunca más!»

 «Eh, profeta—dije—o duende,
 mas profeta al fin, ya seas
 ave o diablo—ya te envíe
 la tormenta, ya te veas
 por los ábregos barrido a esta playa,
 desolado
 pero intrépido a este hogar