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¿Ha extrañado Siam?

Sí, y bastante. En los primeros dias se alimentaba poco, miraba mucho del lado en que ántes estaba su compañera; la punta de su trompa se aplicaba continuamente al suelo, como si tomara el olor de la sangre que lo había manchado, y que quizá no había desaparecido, á pesar de la gran cantidad de agua, áun fenicada, con que se lavó. Se acostaba con una frecuencia insólita, y miraba de un modo que parecía nuevo.

Cierta mañana en que no había ninguna persona en el galpon y andaba yo por allí cerca, me acerqué por el lado de afuera y dije en voz alta y rápida: «Nean!» Al instante sentí crujir el piso y la cadena, y, por el ruido, comprendí que, estando acostado, se levantaba de pronto,—y ví aparecer sucesivamente el extremo de su trompa por varios agujeros y separaciones de las tablas, una de las cuales rompió.

Cuando, un momento después, entré al galpón, me miró con esa mirada temible de desconfianza que es bueno conocer en un Elefante. Estiró la trompa con rapidez, como pidiendo que se la acariciara, ó que le diese algo, y, al extender la mano, me hizo un molinete ó una doble contra, un movimiento envolvente tan repentino, que conocí su intencion. Si me la envuelve, me arrastra y me mata. Había conocido mi voz y me reprochaba que no le devolviese su compañera que acababa de nombrar. Como para eso estaba.

El Señor Barón de Duisburg, que ha seguido con interés las peripecias que aquí se refieren, me ha escrito una interesante carta en la que, aludiendo á ciertos rasgos de la mentalidad de los Elefantes, recuerda lo sociables que son y la necesidad de que «Siam» no esté solo, observando que, en Europa, en casos análogos, se coloca un caballito ó un petizo en los establos, para hacerles compañía. He hecho buscar un petizo, pero aún no se ha encontrado.

Lamento no publicar esa carta, y ruego al autor me disculpe, porque, para estamparla aquí, tendría que mutilarla.

En vista de lo expuesto, y considerando la inconveniencia de que «Siam» tuviese muchas manifestaciones de dolor, y poco apetito, le prescribí una buena dósis de Sal de Inglaterra. Ahora está mas tranquilo y come bien. Pero es preciso traerle otra «Neán». Ya lo he comunicado á la Intendencia, y espero que se conseguirá.

E. L. Holmberg.