Página:Rosario de sonetos líricos.djvu/243

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Tu cabeza, abrumada del engaño,
en la roca descansa que fué escaño
de Prometeo, y cuando al fin te aplaste

la recia rueda de la impía suerte,
podrás, como consuelo de la muerte
clamar: «por qué, mi Dios, me abandonaste?»

S. 9 XII 10.