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SESION DE 24 DE JUNIO DE 1839

Mas, ¿de qué modo pudieran aplicarse estas reflexiones a los pueblos constituidos sobre los principio? de la libertad mas ilimitada? ¿De qué modo pudieran justificarse entre ellos los escritores que atentasen al órden político i quisiesen subvertir por la violencia la máquina de un Estado, que solo las leyes deben mejorar i perfeccionar con el auxilio de la esperiencia i del tiempo?



de la libertad de imprenta i de sus abusos

Art. 3.º Considerando atentamente la organizacion de las repúblicas americanas, parece casi imposible que pueda desarrollarse en ellas el jérmen de las revoluciones. ¿Quién pudiera concebir la idea de imitar de un modo violento una constitucion tan libre i popular como la de que ellas gozan? ¿Qué pueblo, bailándose en plena posesion de todas sus garantías, podrá permitir que se las arranque de una vez la intriga o la fuerza abierta del despotismo? Un órden de cosas, creado por la voluntad de todos, arreglado a los principios de la política mas pura i liberal, apoyado i favorecido por todas las circunstancias físicas i comerciales de un vasto continente, ¿qué enemigos pudiera tener capaces de lisonjearse con la menor esperanza de alterarlo i destruirlo? Todo esto es incontestable; i sin embargo, no hai pais en el mundo que mas adolezca de la mas terrible de las plagas que pueden aflijir la sociedad, el espíritu de revolucion, que la América del Sud. ¿Cuál puede ser la causa de un fenómeno tan estraño?

En todas las sociedades existen dos clases. Los agricultores, manufactureros, comerciantes e industriales de todo jénero forman la mas numerosa. Los hombres que viven del trabajo ajeno, prometiendo emplearse en asegurar sus productos al dueño que debe poseerlos, constituyen la otra. Los primeros son todos, mas o ménos, ciudadanos útiles i no tienen Ínteres en engañar a los demás hombres, ni en estorbar el órden establecido. Entre los otros hai hombres virtuosos i ciudadanos dignos de la mayor consideracion; mas, entre ellos se hallan también enemigos de todo órden, cuando en él no encuentran los medios de satisfacerse.

Los escritores, que pertenecen a esta clase de hombres i procuran excitarlos i ponerlos en movimiento, ya abiertamente, ya con disfraz, con el objeto de mudar el órden político, son los que la lei considera como sediciosos. Mas, ¡Dios no quiera que se confundan en este número a los autores de una oposicion tan juiciosa i fundada como enérjica i animosa, dirijida a ilustrar a los Gobiernos i a obligarlos por medio de la publicidad a correjir su marcha, si es que no conduce al bien del Estado, a mejorar i perfeccionar la administracion, a no descuidar medio alguno de pública felicidad!

Miéntras los primeros no son mas, por reproducir la pintura que hace de ellos uno de los escritores mas liberales de este siglo, que unos ambiciosos libados contra ministros a los cuales se hallan impacientes de suceder, o miserables intrigantes que mendigan los empleos por amenazas i piden las gracias a mano armada, estos últimos, constituyéndose en órgano de la opinion, en defensores de la lei, en jueces imparciales i libres de un Gobierno desviado, adquieren un derecho a la mas viva gratitud de la Patria Nada mas fácil que distinguir esta oposicion justa, imparcial i decente, que es el ánima de todo Gobierno representativo, de los ataques violentos i personales de una faccion enemiga del órden, animada por la discordia i el furor, que no sabe hablar mas lenguaje que el del odio, que no se ocupa sino de intereses individuales i miras de partido, i que de todo se muestra capaz ménos de contribuir al bien jeneral de la Nacion, i a disminuir los males que la aflijen o a prevenir los que la amenazan. Aunque esta oposicion espuria i dejenerada se revista de los mismos colores que adornan a la otra i se atreva a pronunciar también, profanándolas, las voces sagradas de patriotismo i de libertad, nadie puede desconocerla, no encontrando en ella el desinteres, la imparcialidad i la nobleza, que son la calidad característica de todo acto verdaderamente patriótico. El hombre corrompido se descubre bajo la divisa del ciudadano. Las pasiones privadas se traslucen en cada palabra. El bien de todos exije que se quite la máscara a esta falsa, interesada i peligrosa oposicion; esta es la tarea de la misma libertad de imprenta, destinada a correjir sus abusos; la justicia exije que se castigue un engaño hecho a la Nacion, esta es la obra de la lei.

Mas, ¿de qué modo será posible demostrar el cuerpo del delito en los abusos de imprenta? No pudiendo estos consistir ni en las palabras, ni en las proposiciones, ni en las ideas mismas del que las comete, i debiéndose buscar siempre en todo esto a mas de sus resultados, la intencion de quien los ha concebido, aplicado i publicado, el juicio será a veces sumamente difícil i las pruebas, por su misma naturaleza, darán lugar a una infinidad de evasiones de la parte del reo que producirán en el ánimo del juez la duda i la incertidumbre, no emanando de ellos aquella luminosa e incontestable evidencia, sin la que declarar la existencia de un delito es un arrojo i castigar a un acusado puede ser una injusticia. El pensamiento es un Proteo cuyas formas se escapan con la mayor velocidad del injénio mas agudo que procura fijarlas. La leí es casi siempre demasiado vaga para él. Solo el sentimiento i la conciencia pueden desplegar todos sus dobleces, i seguirlo en todos sus vaivenes. Es, pues, la conciencia sola, independiente de toda indicacion particular de la lei i de toda forma judicial, la que debe comenzar, i que comienza realmente entre los pueblos libres e ilustrados, los