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acompañadas con una serie de frases que eran un panejírico de las cualidades del difunto:

— Qué buen caballo era el tordillo!

— Qué dócill

— Qué buena rienda!

— I pensar que, si no fuera por él, tendríamos tal Vez que cargar luto por el patron!

A estas últimas palabras don Cosme puso de pié i ordenó a su mayordomo:

— José, tráeme tu caballo.

Todos las ojos estaban húmedos cuando el patron ayudado dc su servidor subió en su nueva cabalgadura. Una vez que se hubo afirmado en los estribos desabrochó el lazo trenzado que colgaba del arzon de la montura, í tirando parte del rollo a los pies de un jóven vaquero, le dijo indicándole con un jesto a Quilapan:

— Antonio, pónle el lazo.

El muchacho cojió la estremidad de la cuerda i se acercó al preso i cuando se inclinaba para cumplir la órden le asaltó una duda.

Se detuvo i preguntó resueltamente:

— ¿Del pescuezo, patron?

Nó, de los pies.

Pero apénas pronunciadas estas palabras, don Cosme rccojió la soga. Acababa de ocurrírsele una nueva idea. Preparó rápidamente una estrecha lazada i cuando estuvo lista ordenó con enerjia:

— ¡Desátenlo!

Con cierta estrañeza se acojió aquel mandato que