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Página:Tradiciones peruanas - Tomo III (1894).pdf/164

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Tradiciones peruanas

—¿Y qué tal ha estado la tertulia, señor!

—Así, así. Á la cándida de la Itamona le dió la pataleta, que eso no podía faltar. Esa damisela es una doña Kemilgos y necesita un marido de la cáscara amnarga, como yo, que con una paliza á tiempo estaba seguro de curarla de espantos. Y lo peor es que su padre es un viejo pechugón, que me coded un polvo y se ha quedado con mi caja de los días de fiesta.

—No, señor. Aquí está la caja, que la trajo uno de los oficiales de Palacio.

—¿A qué hora, mujer?

—Acababan de tocar las ocho en las nazarenas, y obedeciendo al recado que usted me enviaba, le di al oficial la cajita.

—Tú estás borracha, Conce. ¿De qué cajita me hablas?

Toma! De la de alhajas que compró usted el otro día.

El Sr. de H... quedó como herido por un rayo. Todo lo había adivinado.

Á los pocos días emprendió viajo para el Norte, donde poseía un valioso fundo rústico, y no volvió á versele en Lima.

Por supuesto, que comisionó antes á su mayordomo para que pagase al acreedor.

El caballeroso Abascal recomendó al capitán de alabarderos y al duefio de las alhajas que guardasen profundo seereto; pero la historia llegó á saberse con todos sus pormenores, por aquello de que «secreto de tres, vocinglero es.»

UN TENORIO AMERICANO

(A D. Alberto Navarro Viola) Era el 1. de enero de 1826.

I

La iglesia de las monjas mónicas, en Chuquisaca, resplandecía de Iuees, y nubes de incienso, quemado en pebeteros de plata, entoldaban la anchurosa nave.

Cuanto la entonces naciente nacionalidad boliviana tenía de notable en las armas y en las letras, la aristocracia de los pergaminos y la del dinero, la belleza y la elegancia, se encontraba congregado para dar mayor solemnidad á la fiesta.