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Página:Tragedias de Sófocles - Leconte de Lisle (Tomo I).djvu/32

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Sófocles

un sudor brotó de su piel, y la túnica ceñida á sus costados, como por un estatuario, se adhirió pegada á sus miembros. Y el dolor mordía y retorcía sus huesos, mientras le corroía el veneno de la hidra sanguinaria. Estonces gritó, llamando al desdichado Licas que no había tenido parte en tu crimen, y le preguntó por qué traición le había llevado aquel peplo. Pero no sabiendo nada, dijo que aquel presente procedía de ti sola y tal como había sido enviado. En cuanto Heracles lo hubo oído, y como un horrible dolor le devoraba las entrañas, le agarró por el pie, allí donde la pierna se dobla, y le lanzó contra una roca azotada por el mar. Y, por fuera de la cabeza aplastada, los sesos saltaron del cráneo cabelludo, mezclados con sangre. Y todo el pueblo profirió un inmenso gemido viendo á Heracles con delirio y á Licas muerto; pero nadie osaba acercarse á aquel hombre, porque se revolvía por tierra, después se levantaba aullando, y todo alrededor mugían resonando las rocas, y la cima de los montes Locrios y los promontorios de Eubea. Después de haber agotado sus fuerzas en retorcerse por tierra y en lanzar tantos aullidos, detestando sus bodas funestas contigo, desventurada, y la alianza de Eneo, de donde había procedido la desgracia de su vida, volvió entonces sus ojos extraviados, y me vió vertiendo lágrimas en medio de la multitud, y, habiéndome mirado me llamó: «Acércate, ¡oh hijo mío! No huyas de mi mal, aunque te sea preciso morir al mismo tiempo que yo que muero. Levántame, llévame de aquí y ocúltame allí donde ninguno de los mortales pueda verme. Si tienes piedad de mí, llévame con gran prontitud de esta isla, para que no muera en ella.» Conforme á esta orden, le pusimos en una nave, y le hemos conducido aquí con mucho trabajo, convulso y clamante. Bien pronto le veréis, vivo ó muerto. Tú has hecho eso contra mi padre, madre, habiéndolo meditado y llevado á cabo. ¡Puedan Dica vengadora y las Erinias castigarte! Yo lo deseo, si me está permitido desearlo. Pero tú mismo me has dado derecho para ello matando al más grande de los hombres que hay en la tierra, y tal que jamás verás otro semejante.

¿Por qué sales en silencio? ¿No comprendes que, callando, das la razón al acusador?

Dejadla salir. ¡Que un viento propicio pueda alejarla