Página:Viaje en las rejiones septentrionales de la Patagonia.djvu/162

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cada momento montaba a caballo, i salia acompañada de Jacinto, que se enorgullecia, como Artaban, andando al lado de su sultana favorita. Mas de una vez, a la vuelta de esas espediciones, la mama Dominga me puso en espinas con su jenerosidad. Un dia volviendo de Huechu-huehuin, traia dos cargas de manzanas i guardadas en el seno unas cuantas escondidas para regalar; se apeó, entró al toldo, se sacó los sumeles (botas), en seguida se pasó delicadamente los dedos de las manos por entre los de los pies para limpiarlos, i acto continuo, introdujo la mano al seno i sacó dos manzanas, que yacian sumerjidas en la profundidad de sus sobacos; me las pasó con mucha urbanidad, diciéndome al mismo tiempo: tomá, comé, mui dulce, i no obstante, lleve el heroísmo hasta aceptarlas. Se podia componer un libro entero, con las ideas estrambóticas de Dominga en materia de aseo i limpieza. No lavaba los platos ni las cucharas de palo que habian servido, sino que lamia todo con la lengua. Pero tambien digamos en su honor, que Dominga tenia un talento particular para tejér ponchos i frazadas.

Celestino Muñoz, el dragon, era un zambo mui simpático; sin tener mucha instruccion, estaba dotado de un buen sentido extraordinario, i nos asombraba muchas veces, cuando contestaba con tanto tiño a nuestras preguntas.

Era hombre que contaba algunas hazañas en su vida. Nacido en Mendoza, habia ido mui jóven hasta Buenos-Aires, en donde ejercia la profesion de cochero; habia hecho unos viajes a Santiago de Chile, i espresaba con mucha orijinalidad todo lo que habia reparado en sus peregrinaciones. Pero un dia en Buenos-Aires, le faltó la paciencia de que no estaba dotado en sumo grado, i dió una elegante puñalada a un borracho que le arrojó a la cara el contenido de su vaso, porque rehusaba tomar con él, i por este momento de olvido, nuestro amigo Celestino, fué condenado a servir tres años como soldado, en la guarnicion de Puerto-Cármen o Patagónica. Pero, como fuera de su poca paciencia, tenia mui buenas prendas, Celestino se habia granjeado en poco tiempo la consideracion de sus jefes, i siempre se le mandaba como chasque, en misiones de confianza. Habia recorrido todas las costas de Patagónica i las conocia perfectamente. Me contó que una vez habia sido mandado para llevar auxilio a unos náufragos, que se decia, habian sido echados a la costa con el buque, i privados de todo recurso, estaban a mas de treinta o cuarenta leguas de Puerto-Carmen. Él i otro soldado tuvieron la suerte de encontrarlos casi muertos de hambre; los fortalecieron con víveres que lleva-