Página:Viaje en las rejiones septentrionales de la Patagonia.djvu/91

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cerca unos de otros, pero cuando dos codos se seguian inmediatamente, teniendo sus curvaturas dirijidas en sentido contrario, la maniobra era mui difícil, porque, pasado un peligro era preciso cambiar bruscamente de rumbo para evitar el siguiente. Todas las caras estaban serias, no de esa seriedad, que revela el miedo, pero de aquella que de muestra que uno comprende lo grande del peligro, aunque mirándolo friamente cara a cara. Cada uno sentia que la salvacion comun dependia de todos i que una falsa remada podia decidir la suerte de siete personas. En esos codos, la violencia, de la corriente era grande, casi todos los pasamos con bastante suerte. En uno de ellos, estuvimos a punto de estrellarnos contra una piedra situada a la izquierda, cuando los bogadores de babor, no pudiendo remar con bastante fuerza para virar la proa a la derecha, movidos todos por una idea espontánea, esclamaron "sia fuerte a estribor;" el bote dió una vuelta completa, pero al mismo tiempo fué lanzado a la derecha, i evitada la piedra: con facilidad nos pusimos otra vez en el hilo de la corriente i la proa del lado por donde ibamos. Yo mismo, dotado de mayor fuerza física que Lenglier, habia tomado el cuarto remo para animar a la jente con mi ejemplo, dejando a este el cargo de observar los cambios de direccion con la brujula i apuntar con el cronómetro los espacios recoridos, porque no queria, apesar de la gravedad de las circunstancias, perder ningun elemento que pudiese servirme mas tarde para trazar el curso del rio. A las cuatro i media, el lecho del rio era mas estrecho, la situacion mas crítica, las piedras no eran como antes, una, dos, a flor de agua, i todas cerca de la orilla, sino que algunas habia en la orilla, i otras al medio, aquellas mostrando su cabeza encima de la superficie, estas ocultas, pero indicada su presencia por violentos remolinos i grandes penachos de agua. Un último esfuerzo, fuerte, sobre humano, nos saca de estos malos pasos, i despues de pasado un rápido, viendo una pequeña ensenada en donde podiamos hacer alto para descansar un poco, i estivar en el bote los objetos cuyo arreglo habia sido descompuesto por los violentos choques que habiamos esperimentado, penetramos en ella. Algunos hombres bajan a tierra, como para adquirir nuevas fuerzas pisando el suelo; se amarra al perro que queria seguirlos i nos preparamos para ponernos en camino; por una feliz idea lo desatamos cuando se hubieron embarcado los hombres: esto lo salvó algunos momentos despues. En este punto el rio era mas ancho, la corriente, entre seis i ocho millas; en los rápidos era incalculable, porque solo nos ocupabamos de la maniobra cuando los pasabamos: la profundi-