Pío X y Carlos VII

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Pío X y Carlos VII
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 No intento dar mayor alcance del que tiene á los hechos que á continuación sintetizo y conviene recuerden con nosotros todos esos mestizos reconocementeros que ponen en tela de juicio la catolicidad del partido carlista, ó apuntan, por lo menos, la idea de que para ser buenos católicos y complacer al Padre común de los fieles no hay más remedio que hacerse alfonsinos y acatar reverentemente los Poderes constituídos, cuestiones tan complejas y delicadas que se resuelven mejor que con disquisiciones metafísicas con hechos cuya elocuencia está al alcance de las inteligencias menos perspicuas.

 No pueden ser más cordiales las relaciones de Su Santidad el Papa y nuestro Augusto Caudillo.

 Apenas elegido Pontífice el Cardenal Sarto, cruzáronse entre ambos afectuosos telegramas de felicitación y de gracias.

 Dos visitas ha hecho Don Carlos al Papa en Roma, y las dos veces ha sido recibido con tanta ostentación como afecto, como sólo se recibe á los reyes verdaderamente católicos, que han prestado ó prestan grandes servicios á la Iglesia.

 A los regalos de Don Carlos ha correspondido el Papa con otros de incomparable valor moral y material, como un riquísimo medallón de oro, esmaltes y brillantes; un rosario de oro y cristal de roca, hábilmente tallado; un solideo, unas sandalias y una faja del uso personal del Romano Pontífice en circunstancias solemnes, etc.

 El Papa ha enriquecido generosamente la capilla del Palacio Loredán con indulgencias plenarias y parciales, como no lo ha hecho con ninguna otra capilla de los reyes reinantes y Poderes constituídos.

 El 4 de Noviembre último, fiesta onomástica de Don Carlos, el Rvdo. Sr. Vicario de la Iglesia del Espíritu Santo, que casi diariamente celebra el Santo Sacrificio del Altar en el oratorio de Palacio, con asistencia de sus Augustos moradores, entregó al Sr. Duque de Madrid un rescripto, en el cual Su Santidad concede que se pueda celebrar en la capilla doméstica de nuestros Augustos Señores la Santa Misa, según el orden prescrito por el calendario de la Diócesis de Madrid, figurando al pie, de puño y letra del Romano Pontífice, estas hermosas palabras:

 Justa preces precipitae in favorem magnimorum Principum quorum in Sancta Sedem Apostolicam obervatia magno facimas.—Ex aedibus Vaticanis die 16 Octobris 1905.— Pius PP X.

 Lo cual significa que Su Santidad concede especialmente esa gracia en favor de los magnánimos Príncipes, cuya devoción á la Santa Sede apostólica tienen en grande estima.

 No contento con tan afectuoso privilegio, por medio de carta autógrafa, fechada en el Vaticano el día 3, felicitó á Don Carlos con motivo de su fiesta onomástica, y en ella le desea, por la intercesión de San Carlos, las mejores prosperidades el día de su Santo y manda con efusión, tanto á Él como á la Señora, la bendición apostólica.

 Por último, recientemente, apenas Pío X tuvo noticia del fallecimiento del ayudante de campo de Don Carlos, general Saсаnell, aplicó la Misa en sufragio del alma del difunto, mandó decir por él oraciones especiales y por telégrafo dió el pésame á nuestros Augustos Señores.

 ¿Que todo esto petenece al orden privado y amistoso? Claro que sí. Pero es elocuente en grado sumo para poner una mordaza en los labios de nuestros detractores sistemáticos, conservadores embolados, mestizos y reconocementeros, más ó menos vergonzantes, enamorados ahora del mal menor, y que, no contentos con eso, forman juicios temerarios respecto a la catolicidad de los carlistas y de su incomparable Jefe, deslizan en las Cofradías frases que, si no deshonran, empañan al menos nuestra reputación religiosa, y sostienen en serio que con los carlistas no se puede contar para ninguna empresa verdaderamente católica... alfonsina, se les olvida decir.

 Mientras así suceda, habrá fe en Israel y España estará muy lejos de imitar á la desventurada Francia.

 Si nos dejamos seducir por los que, con pretextos religiosos se proponen por toda finalidad matar al partido carlista, anulándole á los pies de las instituciones liberales, preparémonos á llorar sobre la tumba de la Religión y de la Patria.

  Eseverri.


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