Padrón y las inundaciones

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda

Padrón y las inundaciones
de Rosalía de Castro

Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.


Publicado en La Ilustración Gallega y Asturiana, Madrid (1881), en cuatro entregas consecutivas: el 28 de febrero y el 8, 18 y 28 de marzo de 1881.


I

   Huyendo al eterno clamoreo de las campanas de Compostela, cuyos ecos, mezclados á los bramidos de las tempestades invernales, parecen perseguir con saña los ánimos entristecidos, y deseando alejarnos de aquellas montañas y verdes praderas, cuyo melancólico aspecto tiene el dón de recrudecer todas las pasadas amarguras, hemos vuelto una vez más á refugiarnos en la casa solariega, en donde vimos deslizarse tantos alegres dias de nuestra infancia y breve juventud.

   Las altas paredes del salon, hechas para ser cubiertas con los grandes cuadros y ricos tapices que desaparecieron muchos años há, enseñan hoy completamente desnudos sus jibas y aberturas. Dale su vasta amplitud cuando el sol no lo hiciere con sus rayos, el aspecto de un nido de buhos, y sus enormes ventanas, que más bien parecen puertas de un templo desamparado, dijérase que pretenden dar libre paso á cuantos vientos se desatan en la llanura, y que penetrando como pueden por los recónditos y visibles agujeros de la Torre moucha, entonan las más lúgubres y estrepitosas sinfonías, mientras los murciélagos que allí tienen el nido, entran, salen y revolotean sin cesar con pavoroso silencio.

   Divísanse desde la torre (tan cercanos que puede oirse el rumor de los múltiples arroyos que por ellos descienden) los accidentados y fragosos montes coronados de pinos, que en union del bosque que la rodea, abrigan la antigua posesion y le prestan por esta parte un aspecto semi-salvaje que encanta el ánimo, y contrasta de una manera admirable con la placidez de la llanura y las alegres vistas que desde los denlas puntos de la casa pueden gozarse á toda hora. Hermosísimo y apartado lugar, en donde tiene asiento la melancolía y es dado traer á la memoria el recuerdo de las pasadas glorias, sin que nos moleste y conturbe la contemplacion de las presentes, á que somos ajenos.

   Allí los muros derruidos, allí los medio rotos escudos de armas, el antiguo camino lleno de profundos baches y descarnados peñascos, y allí, en fin, las paredes de la vieja capilla, cubiertas de yedra, hermana de las que coronan las chozas de algunos pobres campesinos, cuyos huertos, sembrados de coles, lo mismo que sus higueras y sauces, pueden tocarse con la mano.

   La tristeza que se extiende por el interior de esta desmantelada habitacion es grande, sobre todo cuando ningun rayo de sol ni ningun ruido humano la hiere. Mas no sucede así en el resto de esta casa y torre, por más que reine en ella la soledad en que los muertos dejan, lo que ya no pueden llenar ni embellecer con sus cuidados, y carezca de la animacion que no pueden darle los pocos vivos que, en medio de un silencio casi nunca interrumpido, habitan el querido lar que recibieron en herencia de los suyos.

   Ya no se enciende en el horno el fuego que alegraba la sombría cocina, ni en las cuadras y establos se oye más que el mugido de una vaca y de dos lindos y airosos becerrillos; ya no cacarean las gallinas en el corral, ni las palomas habitan el viejo palomar que aún blanquea orlado de flores silvestres en una punta de la extensa huerta. A los añosos robles que hermoseaban el bosque llególes la hora de caer bajo el hacha del leñador, á fin de que se puedan sembrar en el lugar que ocuparon otras nuevas simientes, y faltan muchos de los grandes pinos de Italia, mis amigos de otro tiempo, que han dejado entre los que restan claros irreemplazables á mis ojos. Besaron asimismo el polvo los viejos manzanos que hacían más agradable el prado y los frutales que adornaban las enarenadas carreras cubiertas de emparrado... Todo pasa, todo acaba, todo muere... y tambien todo vuelve á renacer, segun murmura á nuestro oído la esperanza, engañesa deidad que nos hace más llevaderos los desencantos de la vida y endulza la amargura de la triste cuanto desnuda realidad.

   Pero en tanto no vuelven á brotar las nuevas plantas y no crecen los árboles jóvenes, que probablemente no habrán de cubrirnos con su sombra, todavía podemos consolarnos con los que aquí han quedado. Sí; á pesar de tan tristes mudanzas, consecuencia de los incesantes cambios de la vida y del inflexible paso del tiempo, Lestrove sigue siendo un lugar en donde se goza de una alegría y sosiego incomparables. Todavía están en pié las limeras y naranjos que prestan amorosa sombra y perfuman el pequeño patio de piedra. Pronto lucirá el gigantesco castaño de Indias sus hermosísimas flores, lo mismo que los olorosos mirtos, mientras los enormes laureles, y los bojes no menos altos que ellos, mezclados con los verdes limoneros, prosiguen siendo amparo y preciadísimo adorno de esta vetusta casa.

   Por otra parte, así como hay rostros cuya gracia ningun artista puede copiar, existen viviendas y lugares cuya belleza ninguna pluma es capaz de describir, una vez que su encanto no está ni en las preciosidades artísticas de que ya carecen, ni en la riqueza de su mobiliario, que ha desaparecido bajo el oliente destructor de la polilla, sino en la luz que reciben del cielo, en el ambiente que las rodea y en la salubridad del clima, y es esto precisamente lo que pasa en la vieja morada y parajes en donde se levanta, que con decir los ilumina el mismo sol que á Padron, y que como él son deliciosos, queda hecho su mayor elogio.

   En efecto: esta villa, cuyo soto divisamos desde nuestra ventana, aparece á los ojos del viajero como un pequeño paraiso en donde toda belleza es mayor y toda felicidad doblada. Colocada en medio de la llanura y al pié del rio, vése rodeada de los infinitos pueblecillos que á la falda de los montes y sobre las verdes colinas que bordan en ambas riberas la hermosa vega de su nombre, reciben poco más ó ménos la misma plácida luz, y se envuelven en la misma sana atmósfera, y gozan la deliciosa temperatura que reina en tan fértiles lugares.

   Nada hay, en verdad, que llame la atencion del curioso en esta antiquísima villa; ningun monumento, desde que la notable iglesia gótica ha sido demolida, tiene cosa de notable, como no sea por su antigüedad y recuerdos la colegiata de Santa María, por la cual sentimos un afecto entrañable; sin embargo, merecía bien que, á pesar de esto, volviese á asentarse en tan delicioso paraje una ciudad populosa como aquella que dejó en la historia recuerdos que los siglos que pasaron no han podido borrar todavía.

   ¿Cómo desapareció? Cuéntase —y para el caso no deja de tener su importancia la tradicion— que gracias á una terrible inundacion que la sepultó para siempre bajo sus pantanosas aguas. Aún recordamos que, siendo en una pequeña laguna, hoy cegada, y que existía en la vega de Iria, pretendían hacernos ver en su fondo cenagoso las puntas de una torre que, segun las leyendas, pertenecía á la ciudad que allí yacía sumergida.

   ¿Será verdad lo que la tradicion nos cuenta? ¿Será mentira? Creemos que nadie se atreverá á decirlo. No obstante, como en recuerdo de la catástrofe, ó cual si se quisiese hacernos recordar que debe haber algo de verdad en lo que la tradicion nos ha trasmitido, las inundaciones prosiguen, repitiéndose al presente de una manera tan amenazadora, que, á poco andar, promete dejar despoblada de nuevo esta bella region gallega, que debiera ser una de más florecientes del país, y que lo será en efecto, si las promesas actuales y los entusiasmos de un momento se cumplen y realizan.

                    Rosalía Castro de Murguía.

      (Se continuará)




II

   Es la ventana de la babitacion en donde escribimos una especie de atalaya, desde la cual se abarca un horizonte lleno de luz, de tornasolados vapores y de montañas, cuyo color rosa ó violado, plomizo ó rojo oscuro, cambia segun los resplandores con que el astro rey los alumbra

   Hasta ella llegan de continuo los rumores de los pinos, de los laureles y de la fuente que corre cercana; percíbese el aroma de las limeras y naranjos, y el primer rayo del alba viene cada amaneces á llamar á sus cristales, en union de las brisas y los pájaros.

   En otros dias, saltaba yo del lecho toda alborozada al percibir el primer reflejo del dia, para ver cómo tras del Miranda se abría paso la luz por entre nubes color de naranja, y hería con sus rayos las gotas de rocío suspendidas en cada cinta de hierba. Y mientras me extasiaba en medio de un placer inocente, pero vivo, en tan bella contemplacion, llegaba á mi nido, en confusion armónica, el arrullar de las palomas, el cacarear de los gallos, el gorjear de la calandria, el silbido del suvidor, el graznido de los cuervos y el grito monotono del milano.

   Todo esto, de continuo repetido, nunca para mí cansado, llenábame en otros tiempos el alma de no sé qué dulces imágenes que mi fantasía juvenil doraba á maravilla, y llenando el corazon (que por espacio de tanto tiempo, y pese á todos los combates, fué corazon de niña y de mujer á la vez) de contentamientos que casi pudiera decirse infantiles.

   Despues, para poder bañarme toda entera en los rayos del sol y en los vapores de la mañana; para percibir mejor las armonías matinales, que despiertan con el dia en la fresca naturaleza de esta region, y seguir con la envidiosa mirada la lancha que, con la vela al viento, cruzaba la ria hacia el mar, bajaba al campo y todo lo recorría, sin acertar á saciarme de tantas cosas sin nombre como deseaba, é iba buscando mi espíritu en el aire, en las flores, en el agua y en el espacio.

   No he vuelto á experimentar en esta habitacion, en donde mi madre (que tiempo há duerme entre los muertos) durmió un dia, para despertar cada mañana sonriéndome, aquella alegría y aquellos éxtasis, en los cuales, sin yo saberlo, la esperanza, ahora huida, andaba agitando entonces sus luminosas alas. Pero en cambio, desde que he vuelto aquí sentí de nuevo un reposo relativo; sentí que circulaba más libremente por mis estrechas venas la espesa sangre que me atrofiaba el corazon, y que aquellas nubes tan densas !ay! que me abrumaban el alma, desaparecían de mi atmósfera y quedaban allá lejos, cerniéndose sobre la brumosa Compostela , en union de algunos aborrecidos recuerdos que se resistían á abandonarme, como el buitre hambriento á dejar los restos del cadáver en que se ha cebado.

   No hubo noche que no viniese á ver cómo brillaba en la ribera vecina, no sólo la luz que de la misma manera que hace veinte años sigue alumbrando el cementerio de Requeijo; sino tambien aquellas otras que, semejando ojos de fuego que pestañeasen, se encienden y se apagan, y parecen andar errantes por atajos y breñas, entre caseríos y robledales, orillas del rio ó entre los pinos, á manera de fuegos fatuos, haciendo que las imaginaciones aprensivas teman á la proverbial compaña amiga de la noche y de la muerte.

   Tampoco hemos dejado nunca de admirar cada mañana y cada tarde la verde sabana de la vega, con sus orillas bordadas de blancos caseríos y sus montañas, ya adustas, ya risueñas; pero lo que en ella atrae ahora, como siempre, con mayor preferencia nuestras miradas, es la movible y plateada cinta que forma la vía al atravesar en repetidas curvas por entre los juncos y maizales que reflejan en las ondas sombrías con una limpidez admirable unas veces, con triste vaguedad otras.

   Tiene el agua en su monotonía algo que nos encanta y llama, aun desde lejos, cual si como en otros tiempos viésemos todavía en ella un lecho blando, en donde reposar á cualquier hora de las angustias y fatigas sin término que envenenan ciertas existencias.

   Un dia... la noche había sido de esas que no permiten al cuerpo fatigado hallar el reposo en el lecho, ni el olvido en el sueño. Un zumbido terrible, sordo, unísono, semejante al del mar cuando está irritado, se dejaba oir sin tregua; mientras tanto, y como haciendo compas á tan temeroso rumor, penetrando el viento por entre las hendiduras de las puertas y los agujeros de las paredes, silbaba en la desmantelada torre y en los desiertos establos, haciendo estallar las maderas, rechinar los enmohecidos goznes y erizar de terror los cabellos.

   Y á todo esto caía la lluvia á torrentes, y azotaba los cristales con inusitada furia, abríanse las tejas bajo el peso que las nubes arrojaban sobre ellas, dejando paso al agua que quería penetrar hasta nuestros dormitorios, y aquí, y acullá, como péndolas de varios relojes que se moviesen á un tiempo con misteriosa cadencia, oíanse entre los breves interregnos en que dejaba de bramar el viento, el ruido acompasado de las goteras que filtraban, sin permiso de nadie, á traves de la mal unida tablazon de los pisos.

   De cuando en cuando, para que nada faltase al horror de esta batalla tenebrosa, la luz del relámpago rasgaba la densa oscuridad que nos envolvía, iluminándola con una luz que nunca nos pareció tan fatídica.

   Así trascurrieron las pesadas horas de noche tan tormentosa, haciéndonos pensar (tanto tardaba en amanecer el dia), si iría á realizarse por fin el espantoso sueño del poeta, en que los hombres esperaron en vano, en una noche interminable, que volviesen á lucir el sol y á prestar su calor á la tierra. Pero no; el astro bienhechor no había apagado todavía para nosotros sus bellos resplandores, y cuando muy tarde al fin brilló sobre el Miranda, triste como una lámpara que agoniza, nuestras miradas se dirigieron medrosas en derredor, porque nos habíamos imaginado oir entre los bramidos de la tempestad ayes ahogados que no parecian de seres de este mundo, y estallidos de ramas que se desgajaban y de troncos que se tronchaban y caian al suelo desplomados.

                    Rosalía Castro de Murguía.

      (Se continuará)




III




IV