Periódico El Hurón - Número II

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Periódico El Hurón

Número II

Descubierto en nuestro número 1º el gran secreto de los Jacobinos, vamos a hacer la aplicación de sus principios: entramos en el penoso examen de las operaciones y de los funcionarios para demostraros ¡oh pueblos! Que así éstos como aquellos son el resultado de las deliberaciones del club aristocrático, o lo que es lo mismo, son erupciones venenosas del volcán de los vicios, pasiones y corrupción que amenaza envolver a la patria en el torrente de su lava destructora. El primer objeto de nuestra atención es el Congreso soberano: como las elecciones en general hacen una parte señalada del sistema secreto de que hemos de ocuparnos en adelante, entonces, al modo que explicaremos el fenómeno de la concurrencia extraordinaria de votos por otros principios que los que supone el célebre editor de la Gaceta Ministerial [1], demostraremos también los vicios de que han adolecido las de algunos diputados, y con especialidad los de esta capital, donde han sido últimamente electos DON JUAN JOSÉ VIAMONT Y DON MIGUEL ASCUÉNEGA. ¡Viamont y Ascuénega legisladores! La corrupción, sin embargo, no ha podido aun penetrar en todas partes, y aunque por desgracia impotentes o inadvertidos, pero existen en aquella corporación virtuosos y legítimos representantes de quienes la patria ultrajada reclama y espera importantes servicios.

Tan importantes como delicados son los que fía el pueblo al Congreso, pero la equivocada inteligencia de sus atribuciones, que las más veces fomenta la malicia y otras persuade la ignorancia, es de un influjo pernicioso para desempeñarlas con acierto. Desengañaos, representantes, no es tanto la promulgación de nuevas leyes como la ejecución de las existentes la que reclaman los pueblos de vuestra vigilancia: grande, elevado, difícil es el empeño de formar una constitución que fije las bases sobre que ha de descansar la independencia nacional; pero no menos difícil y más urgente es conservar al país en estado de recibirla, a los pueblos en libertad para sancionarla cuando el territorio se halla desembarazado de enemigos exteriores; no menos grande y más necesario es velar sobre los abusos del poder, para que no se eleve entre nosotros la tiranía en tanto que se derrama a torrentes la sangre americana, para arrojarla de las fronteras. Respecto al sistema de constitución puede aun dudarse el voto de vuestros comitentes; unos viven todavía bajo el yugo español, otros no se han pronunciado; mas, respecto a su situación actual, es constante y está en la naturaleza de las cosas; no quieren, no, los pueblos que las autoridades puedan desviarse de la ley sin experimentar el castigo; quieren un gobierno vigoroso, que arrojando los enemigos, les haga respetables, pero no esclavos; y vuestra primera misión es cumplir su voluntad soberana. Pero si a la sombra de vuestras tareas el primer funcionario violase todas las formas, si publicado el reglamento provisorio erigiese en costumbre infringirlo, si vuestro silencio autorizase la arbitrariedad ¿qué fruto podrá esperarse de vuestros trabajos? Cuando, concluida la Constitución, fueseis a presentarla a los pueblos, el despotismo, arrojando la máscara, os diría con voz orgullosa: yo soy la Constitución; mi vanidad es la ley y los pueblos mis esclavos; pues vosotros consentisteis sus cadenas, bajad a mis pies para aumentar su número.

Ese es el término a que conduce la tolerancia de los abusos: hoy los sufrimos en todos los ramos; pero los que se advierten en el de relaciones exteriores, imposición de contribuciones, seguridad individual y libertad de imprenta, los que están en oposición con principios que la ilustración del siglo ha consagrado en axiomas, son por su naturaleza tan delicados e importantes, que parece increíble que la representación nacional pueda permitirlos: por eso es preciso desengañaros, americanos; no hay congreso, no existe mas que el famoso club; nada se propone ni discute en la Asamblea, que lleva el título de soberana, sin que antes se haya resuelto en la aristocrática; sus decisiones son ley, porque, además de los miembros nombrados en mi número primero y otros que no se publican por ahora, cuyo voto es del club, hay algunos de que dispone con no menos confianza (¡tal es la prostitución de los hombres venales!) y los pocos diputados dignos de este título quedan reducidos a una vergonzosa impotencia; así se adquiere el apoyo de los malvados en la misma corporación que debía perseguirlos; así se la prostituye forzándola unas veces a guardar un silencio criminal, otras publicando leyes que seduzcan a los pueblos, pero que se violen impunemente. Nosotros emprenderíamos una obra demasiado vasta si hubiésemos de desenvolver por estos principios todos los actos del pretendido Congreso; por eso nos limitaremos a algunos de los más remarcables y en que se manifiesta el horrible manejo de los jacobinos.

Cuando Pueyrredón entró al ejercicio de sus funciones en esta capital, se hallaba aun ligado al estatuto [2] y al simulacro de la junta de observación; los jacobinos no se detenían en despreciarlo apoyados en su poder, pero queriendo aun conservar una especie de respeto a la opinión y desembarazarse de aquellas trabas, representó el Director al Congreso la necesidad de dar extensión a sus facultades, que no era difícil probar fundándose en el ridículo reglamento, resolvió el club y resultó una medida que apareciendo con todo el carácter de la justicia y de la probidad, encerraba la intriga más escandalosa; se nombró la comisión compuesta de Darragueyra, Carrasco y Castro para que, asociada del Director, resolviese en todos casos; y como los dos primeros y Pueyrredón eran parte del club, ya veis, ¡oh pueblos! cómo a la sombra del Congreso quedaron vuestros derechos, honras, vidas y patria enteramente entregados al capricho de los aristócratas; descubriendo sus operaciones bajo el nombre de este nuevo Gobierno tendríamos mucho en que ocuparnos; él se dedicó a relaciones exteriores; nosotros dejamos a este respecto un vacío que hemos de llenar con oportunidad [3].

Poco tiempo después vimos sorprender una porción de ciudadanos que desaparecieron entre grillos y cadenas, sin otro proceso que un manifiesto lleno de indicaciones y vacío de pruebas: ellos fueron arrancados del seno de sus familias, conducidos a bordo con todo el aparato de criminales, expuestos a los riesgos de mar y trasportados a países remotos, sin duda para que pereciesen de miseria, porque intentaban una conjuración. ¡Qué escándalo! ¿Dónde están las pruebas del delito? Si las había ¿por qué no se publican para satisfacción de los pueblos y odio de los malvados? Si no las había, ¿cómo es que se les castiga sin ellas con grillos y proscripciones?

Esa conjuración, americanos, es una de las infinitas que saben suponer los déspotas para cohonestar su arbitrariedad: entre los desgraciados proscriptos había unos que escribían con libertad [4] y acaso con más acierto que muchos en la revolución; como los tiranos debían temerles, empeñados en vano en su persecución ante el tribunal, decretaron su ruina; otros, eran militares de rango y de aspiraciones, y no pertenecían al club, por consecuencia no pudiendo ser empleados era preciso arrojarlos del país; ved ahí la conjuración; ved ahí el verdadero motivo de los padecimientos, ultrajes y muerte civil de aquellos infelices.

Pero supongamos por un momento que fuesen criminales, que intentasen en efecto un trastorno lamentable ¿sería por eso más justa su persecución? ¿por qué no se les formó causa? ¿por qué no se les oyó ante la ley? Si hoy por presunciones, que solo sabemos por el órgano del Gobierno, se proscriben criminales, mañana por capricho se proscribirán inocentes, y si todo ciudadano reflexionase sobre el riesgo que le amenaza en cada uno de estos hechos despóticos, ninguno habría que no se conjurase, en efecto, contra administración tan tirana. En los países en que se goza y se sabe apreciar la verdadera libertad, el mayor de los criminales es oído en justicia, es defendido, se le dispensan cuantas consideraciones son compatibles con su seguridad, no sufre pena alguna antes de la sentencia y ésta se sujeta al fallo de la opinión pública imprimiendo su proceso: ni es otra la voluntad de los americanos. ¿Acaso ellos enviando diputados al Congreso entendieron que el Director y una comisión serían autorizados para disponer de sus vidas sin las fórmulas de la ley? Y si contra sus deseos se pretende establecer en principio un despotismo semejante, anúnciese así al público. Sepan los pueblos y el mundo ilustrado que cuando quiera el Director o el club, a que pertenece, hemos de inclinar la cerviz y ser conducidos a la proscripción, o al patíbulo, pero no se ocupe el tiempo y las prensas publicando leyes que no se ejecutan.

Así se violaron las formas por la comisión del Congreso cuando éste se hallaba a distancia del Gobierno; pero no se respetaron más después que vino a la capital, llegando la audacia hasta a relajar en su presencia una de sus primeras atribuciones; aunque no se pagaban las tropas, se agotaba el numerario por la dilapidación de los fondos públicos y para remediar este mal se nombró una Junta de arbitrios que propusiese los que habían de aumentar las rentas. Por una de aquellas concepciones reservadas a los genios de esta era, produjo la Junta un nuevo reglamento de derechos que fue el escándalo de las provincias y lo será eternamente de los hombres ilustrados: se elevó el proyecto al Congreso para su sanción, pero entre tanto se puso en práctica: el soberano cuerpo comprendió, sin duda, la funesta trascendencia de esta medida, oyó los clamores públicos, conoció que su resultado debía ser retraer al extranjero de nuestro comercio, y autorizar el contrabando, que en efecto se llevó hasta un extremo desconocido en el país; ¡y sin embargo el Congreso calló...! Voy a explicaros ¡oh pueblos! este misterio.

Entre otros miembros del club pertenecía a la Junta don Manuel Pinto que acababa de almacenar ingente cantidad de efectos extranjeros; había hecho gran negocio vendiendo a su hermano, el digno coronel, para uso del regimiento una parte de la factura a precios cómodos; pero existía la mayor, y convenía a sus intereses subir extraordinariamente los derechos para hacer menores las introducciones y aumentar en proporción el valor de los efectos: el club aprobó y sostuvo el patriótico proyecto de su buen agente y el Congreso no pudo remediar el mal; pero don Manuel Pinto ha resultado rico y ese era el objeto; en consiguiéndole, poco importaba a los Jacobinos imponer una contribución general, hacer difícil la puerta única de nuestros recursos y desacreditar a la nación, así por lo ridículo del reglamento, como por la facilidad con que se compraban las excepciones, haciendo el contrabando con una publicidad insultante.

Esta es una consecuencia de los principios que adopta el detestable club aristocrático; como su fin no es otro que satisfacer la ambición y pasiones de sus miembros, es general en ellos el interés de sostenerse, por que cada uno tiene sus proyectos acomodados al carácter e ideas de que son susceptibles: don Vicente Chilavert, por ejemplo, antiguo especulador en denuncias, hombre de pequeñas intrigas, procurador y encargado de gastos, tiene señalada su carrera y ocupación, y aunque con voto en altos negocios, ni él se atrevería a proponer, ni sus cofrades le sostendrían en un pensamiento de gran trascendencia; pero don Gregorio Tagle, orador de crédito entre ellos, fértil en recursos, podía prometerse, y ha visto en efecto sacrificarse todo a su consideración; otros consiguen que se les tributen hasta las vidas de sus enemigos: así han sido asesinados los Carrera por la orden secreta de San Martín a Luzuriaga, así el inmortal Rodríguez... pero no nos es permitido detenernos más en ese número, aunque pudiéramos añadir multitud de hechos: sin renunciar al empeño de continuarlos, creemos bastantes los indicados para formar concepto de la verdadera situación del que se llama Congreso Nacional, que además de aquellos en que tiene una parte inmediata por sus resoluciones, es responsable por el silencio y tolerancia de cuantos vicios se notarán en todos los ramos de la administración.

¡Representantes del pueblo! Vosotros los que sois dignos de tan elevado carácter; con talento y energía, con conocimiento y buenos deseos, no sois, sin embargo, otra cosa que instrumento y burla de los jacobinos: ni representáis a vuestros comitentes, ni podéis hacer valer sus votos y sus derechos ¿queréis continuar por más tiempo en situación tan degradante? Ella sin producir bien alguno es causa de graves males; engaña a los pueblos y traiciona su causa ¿y queréis vosotros ser traidores? Sin esperanza de llenar las augustas funciones de que estáis encargados, es de vuestro deber separaros de la reunión que autoriza los crímenes de los tiranos y da impulso a su sistema: huidla pues con la energía que algunas veces mostrasteis en las sesiones secretas: presentaos a vuestros pueblos y desengañadlos del error en que viven para que no puedan atribuiros sus desgracias; decidles que serán perpetuamente esclavos si no se sublevan contra la tiranía; que entonces la patria ultrajada podrá esperar su salud de ellos y de vosotros, pero de otro modo ayudaréis a sepultarla entre las ruinas de la libertad.

¡Pueblos de las Provincias Unidas! No existe el Congreso, no hay representación nacional. ¿Para qué ha de haber diputados? ¿Ha sido vuestra intención mandarles a ser testigos de los males que no pueden, o no quieren remediar? Yo podría nombraros todos los criminales, designar los corrompidos y los ineptos, proponer que fuesen subrogados ¿pero con qué esperanza? Entretanto que subsistan los clubs, ellos serán árbitros de vuestra suerte, pagaréis ingentes sumas para sostener a los creídos representantes y a su vista y con su apoyo se prostituirá la justicia, se violarán todas las leyes, se perfeccionarán las cadenas con que se pretende esclavizaros, y para colmo de ignominia se supondrá sancionado por vosotros el sistema de la tiranía más escandalosa: retirad pues, vuestros poderes; quitad a los aristócratas ese velo con que aspiran a encubrirse, y bajo del cual los pueblos hermanos han sido invadidos por la fuerza armada como podrían serlo los más crueles enemigos [5]; conoced vuestra lamentable situación, y si no deseáis hacerla desesperada, si deseáis Congreso, autoridades legítimas, orden, tranquilidad, en una palabra, si queréis tener patria, haced la guerra a los aristócratas, declarándoos en insurrección contra la tiranía.


Comunicado.

Señor Editor de El Hurón.- Reunidos en nuestra tertulia filantrópica, leímos noches pasadas con la reserva necesaria en tan calamitosas circunstancias, el prospecto del periódico titulado El Hurón; y excitado nuestro patriotismo con una empresa igualmente gloriosa que atrevida, determinamos comunicar a Ud. de cuando en cuando algunos pensamientos, observaciones y noticias coherentes al asunto. A Ud. toca calificar su importancia y darles un lugar en sus números según su mérito.

El despotismo insolente del Director solo puede compararse al sufrimiento servil del pueblo. Ocupado de su fortuna y de sus placeres favoritos, nada le importan las atenciones del Gobierno del Estado. Yo entiendo a esta gente, decía uno de sus colegas predilectos: el pueblo se insolenta cuando se le complace; pero obedece si se le intimida; en ninguna parte se manda con más autoridad, ni se obedece con más sometimiento que en la Persia y en el Japón. La experiencia me ha hecho conocer que es preciso gobernar como Virrey: esas teorías democráticas son buenas para otra especie de pueblos y países... Nosotros les daremos después la Constitución que les conviene...

Nadie ignora la arbitrariedad con que se dan licencias ocultas a los oficiales prisioneros, quedando la patria sin rehenes para un caso desgraciado. Allá fue a Montevideo el coronel de las Conchas N. Marañao; en vano reclamó su persona el gobierno de Chile para castigar los horrendos asesinatos de tantos patriotas degollados por esta fiera en el retiro de sus haciendas de campo y en sus propios lechos; había empeños falderos, y a S.E. nada le importa la sangre derramada en Chile por los asesinos. La viuda de... y otras familias del partido antiliberal perciben sus asignaciones de mes a mes, mientras perecen en la indigencia nuestros oficiales y sus dignos hijos. Viene una niña con otro empeño, o se atraviesan los respetos de algún hermano, o se presenta ocasión de ensanchar la bolsa, y allá va un permiso exclusivo que arruina a seis patriotas especuladores. Sale un malvado delatando de conjuración a hombres ilustres y respetables; se les lleva a los calabozos; se forma proceso; resultan inocentes; y se deja al calumniador la elección de su destierro. Llega un aventurero en derrota, propone la conquista de Santa Fe y Entre-Ríos y allá van expediciones sobre expediciones para degollar patriotas y recoger por triunfo la ignominia. Hacienda, dinero, soldados, familias, ciudadanos, pueblos, todo es de la propiedad y del peculio privativo de Juan Martín y sus cointerferentes. ¿Y el pueblo?... Ya Ud. lo ve. Un paralelo entre Buenos Aires y Argel, entre el Dey y Pueyrredón, sería, a nuestro juicio un asunto digno de El Hurón, y nosotros lo proponemos a la deliberación de Ud., señor editor, de quien somos, etc.- LOS TERTULIANOS.

Notas del editor[editar]

  1. Es asombroso que el editor de la Gaceta Ministerial, notando la concurrencia extraordinaria de votos en el nombramiento último de candidatos para el gobierno-intendencia, toma de ella argumento para elogiar la administración presente por los progresos del espíritu público: verdad es que para ciertos elogios se ha mostrado el señor Álvarez ingenioso hasta el extremo de hacerlos de la voz Martín, sea en nombre o en apellido, sin recordar, sin duda, que Alzaga no se llamaba Agapito ni Julián; pero en el caso presente tampoco advirtió que podía descubrirse el misterio y entonces la numerosa reunión de votos, lejos de demostrar espíritu público, prueba precisamente que no le hay. ¡Ciudadanos! ¡cómo se abusa de vuestra sencillez! Se os conduce a las votaciones, se os dice lo que habéis de hacer; ¡vosotros os dejáis conducir y luego se os quiere hacer creer que hay espíritu público porque habéis votado!
  2. Para evitar dudas conviene advertir que hablamos del célebre estatuto del vellocino y del telégrafo de la patria en peligro, con que entre otras mil maravillas nos favoreció la fortuna en el año 15.
  3. Mientras llega el tiempo de extendernos sobre este punto, referiremos una anécdota que da a conocer el espíritu de ciertos diplomáticos. Pidió el Congreso todo documento perteneciente a relaciones exteriores; mandó Pueyrredón que las correspondencias que llegasen se le remitiesen cerradas; el señor Balcárcel, que gobernaba entonces, dirigió cuanto había en secretaría y ofreció hacerlo con las comunicaciones sucesivas; el Congreso y Pueyrredón quedaron muy satisfechos con lo que recibieron, que abultaba mucho y nada contenía de provecho; pero ignoraban que Tagle y don Ignacio Álvarez habían dividídose y llevado a sus casas toda la correspondencia que bajo el velo de confidencial era la que realmente dirigía la marcha de los negocios. Los pormenores de la negociación son curiosos. ¿Qué dirían si El Hurón los hubiese penetrado todos y de repente diese a luz copias fieles?
  4. Hay en la Crónica Argentina rasgos de elocuencia, erudición y política que hacen honor a su autor; pero él ignoraba que en aquella época la crítica más juiciosa y fundada no estaba al abrigo de los tiros del club y que por desgracia en nuestra revolución solo el Gobierno que publicó el reglamento de libertad de imprenta fue dado tolerarla.
  5. En la presente administración no hay cosa más sencilla que atacar a los pueblos con fuerza armada: La Rioja declaró su independencia de Córdoba sujetándose a la sanción del Congreso; sin embargo, se mandó un destacamento militar a sujetar y castigar a los rebeldes: el pueblo horrorizado de su terrible aparato abandonó sus hogares para salvarse de las bayonetas americanas; reducido al orden bajo promesa de que no se perseguiría a ninguno de los vecinos, sufrieron después cruelmente algunos infelices a quienes quiso atribuirse el origen de aquel movimiento.

Ver también[editar]

Enlaces externos[editar]