Perlista

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Perlista
de Emilia Pardo Bazán



El gran escritor no estaba aquella tarde de humor de literaturas. Hay días así, en que la vocación se sube a la garganta, produciendo un cosquilleo de náusea y de antipatía. Los místicos llaman acidia a estos accesos de desaliento. Y los temen, porque devastan el alma.

-¿Quiere usted que salgamos, que vayamos por ahí, a casa de algún librero de viejo, a los almacenes de objetos del Japón?

Conociendo su afición a la bibliografía, su pasión por el arte del remoto Oriente, creí que le proponía una distracción grata. Pero era indudable que tenía los nervios lo mismo que cuerdas finas de guitarra, pues bufó y se alarmó como si le indujese a un crimen.

-¿Libreros de viejo? ¿Tragar polvo cuatro horas para descubrir finalmente un libro nuestro, con expresiva dedicatoria a alguien, que lo ha vendido o lo ha prestado por toda la eternidad? ¿Japonerías? ¡Buscadlas! Son muñecos de cartón y juguetes de cinc, fabricados en París mismo, recuerdo grosero de las preciosidades que antaño le metían a uno por los ojos, casi de balde. Eso subleva el estómago. ¡Puf!

-Pues demos un paseíto sin objeto, sólo por escapar de estas cuatro paredes. Nos convidan el tiempo hermoso y la ciudad animada y hasta embalsamada por la primavera. Los árboles de los squares están en flor y huelen a gloria. Y a falta de árboles, trascienden los buñuelos de las freidurías, la ropa de las mujeres, el cuero flamante de los arneses de los caballos, los respiraderos de las cocinas... Sí; la manteca de los guisos tiene en París un tufo delicioso. ¡A mí me da alegría el olor de París!

El maestro, pasando del enojo infantil a una especie de tristeza envidiosa, me fijó, me escrutó con lenta mirada penetrante.

-Tengo ese olor -murmuró hablando consigo mismo- metido en los poros del cuerpo; si me retuercen, sale a chorros. ¡Qué no daría yo por encontrar regocijador y tónico el olor de París, como allá en 1860! En fin..., porque a uno se le acabe la cuerda, no se van a parar los demás relojes. ¡A la calle! Celina..., mi sombrero, mi abrigo, mi bastón, mi portamoneda... Dépêchez vous, ma fille...

El ómnibus nos soltó en el bulevar, a tales horas -las cinco de la tarde- atestado de gentío. La inmersión en las olas de la multitud reanimó al maestro. Con viso de animación me propuso llevarme a ver «algo que me interesaría quizá». La restricción era en él habitual. Su espíritu cansado evitaba afirmar con energía cosa alguna.

Internándonos por calles menos frecuentadas, no lejos de la plaza de la Concordia, nos detuvimos en el portal de una casa grande, semiantigua, época Luis Felipe. El portero suspendió la lectura del Gaulois para informarnos.

-¿Mademoiselle Merry? Perfectamente... En el patio, escalera del fondo, a la derecha. Quinto piso.

-¿No le molestará a usted la subida? -indiqué al maestro.

-¡Como no hay remedio! -murmuró, encogiéndose de hombros-. Si ha de conocer usted a la ensartadora de perlas... Ya un día le hablé a usted de ella. Creo que merece los ciento veintiocho escalones...

Arriba. De piso en piso, la encerada escalera, al principio oscura, se llenaba de claridad. En el cuarto, respiramos. En el quinto, al repique de la campanilla, salió una vieja sirvienta, de rizada y almidonada papalina, semejante a las que se ven en los retratos flamencos, y nos hizo entrar -con exclamaciones cordiales de bienvenida- en un saloncito de mobiliario usadísimo, anticuado, limpio como el oro. A los dos minutos, presentose la señorita Merry. Era otra anciana, de papalina también, pero papalina de encaje negro con cintas malva; de rostro que aún conservaba las medio desvanecidas líneas de una hermosura delicada e ideal; de ojos azules, descoloridos como violetas marchitas; de fatigados párpados, como tienen las personas que han llorado mucho; de manos pálidas, prolongadas, divinamente cuidadas, manos de aristócrata y de monja claustral. Después de los primeros saludos y cumplimientos, el maestro dijo, señalando hacia mí:

-Es extranjera... Yo rogaría a usted que la informase de algunos detalles referentes a su oficio..., a su arte, me atrevería a decir.

-¡Arte! -pronunció la señorita, sacudiendo la cabeza-. Oficio y muy oficio. Me dedico, señora, a enhebrar perlas; es decir, a colocarlas de manera que luzcan todo lo posible y que vayan exactamente aparejadas según su magnitud y su oriente. Ya ve usted qué cosa tan sencilla. Pasen ustedes a mi taller, y así se formarán idea de cómo trabajo. Justamente tengo entre manos la gargantilla de un rajá, un tesoro de la India. Por aquí...

Abrió una puertecilla disimulada y nos encontramos en el taller, cuarto clarísimo, vacío, sin alfombra, sin cortinajes, casi sin muebles, excepto un taburete bajo y una mesita negra con ranuras paralelas, de anchuras diferentes. En el suelo una pirámide de cribas de agujeritos menudos; en el fondo una caja de caudales, de hierro y acero, destinada a encerrar las perlas de noche.

-Antonieta, sillas para este señor y esta señora -ordenó la perlista-. No extrañen ustedes ver la habitación tan desnuda... Si una perla salta de la ranura o se me escapa a mí de entre los dedos tengo que encontrarla; no voy a disculparme con que no parece... Las junturas del piso están tomadas con cera. Perlas hubo aquí tasadas en cientos de miles de francos... Si no morimos asesinadas y robadas, yo y mi pobre criada, milagro será. Jamás duermo tranquila; me levanto a rondar; el menor ruido me eriza el cabello. ¿Ven ustedes? Estas cribas son para cribar las perlas cuando se quiere hacer con ellas eso que llaman un collar de perro..., para lo cual se necesitan que tengan una igualdad extraordinaria, absoluta; si no, no es bonita la joya. Pero cuando las perlas alcanzan este tamaño..., ¡entonces, a simple vista, las combino!

Señaló a las ranuras de la mesa. En la penúltima se alineaba una hilera de estupendas perlas, enormes, redondas, de dulce reflejo, lácteo y opalino.

-Son las del rajá -advirtió la señorita-. De primera magnitud. Y digo de primera, porque si hay otra ranura, todavía más ancha, ésa... sólo se llenó una vez, cuando Oxen, el millonario norteamericano, compró secretamente una sarta antigua, dicen que de la Virgen de Loreto. Eran colosales..., pero disparejas. Me vi apurada para casarlas, y al fin no quedaron bien: mi conciencia me lo repetía.

-Y ¿cómo se le ha ocurrido a usted ejercer esta profesión? -interrogué curiosamente.

-¡Ah!... Es la historia de mi vida -murmuró la anciana, cuya piel plegada y amarilla, del amarillo de la vitela antigua, se coloreó un poco-. El maestro lo sabe, y puesto que usted es su amiga, no tengo reparo en contársela... Ante todo, algo que a usted le sorprenderá: soy «única» en mi profesión en París. Quiero decir que a nadie sino a mí le llevan a hilar sartas de perlas; que los joyeros a mí acuden y, a pesar de ser bien escaso el número de collares magníficos en Europa, como todos vienen a parar aquí, ando siempre agobiada de labor... Es cosa singular: parece facilísimo hilar perlas, y facilísimo sería, en efecto, si se redujese a ponerlas unas tras otras... Pero cabalmente es indudable -lo aseguro por experiencia- que sólo hay una combinación dada para que luzcan debidamente, y que cada hilo requiere la suya.

Si ensarto cincuenta perlas, puedo equivocarme de cuarenta y nueve modos, y acertar sólo de uno. Así es que, a veces, ensayo las cincuenta, hasta descubrir el que debe ser. Se cuenta que tengo un secreto para hilar... Ya saben ustedes mi secreto: paciencia. Y además, este oficio no sirve sino para quien sienta una chifladura por las perlas, como yo la sentí desde niña. No poseo ninguna, ni tamaña como un grado de trigo..., y manejo las mejores del mundo. Aquí, los collares de la desgraciada emperatriz; aquí, los de las princesas; aquí, los de las reinas, de las actrices, de las impuras, de las archimillonarias, de las odaliscas turcas, de las imágenes católicas... Ya, ya voy a eso; a cómo se reveló mi vocación de perlista. ¡Bien sencillo! En dos palabras. Yo tuve una hermana y un novio. Mi hermana -hermana sólo por parte de madre- heredó, de un tío suyo, una gran fortuna. Entonces mi novio rompió conmigo y se dedicó a pretenderla a ella; mi hermana le hizo caso... y se concertó la boda. Poseíamos un collarcito de familia, unas sartas; mi madre me había regalado la mitad a mí; a mi hermana la otra. Estaban mal hiladas. Hilé bien las mías y pedí a la novia las suyas, que hilé también. Al hacerlo, sobre cada perla solté una lagrimilla..., porque al fin es duro presenciar cómo se casa con otra el hombre a quien queremos. La novia, al ver su collar, creyó que no era el mismo, sino otro mejor, donde yo había puesto perlas de las mías. Esto me indicó que debía haberlo hecho..., y cogí las mías y se las regalé. Al otro día, no pudiendo resistir más, me escapé sola, me vine a París, sin recursos, y se me ocurrió ofrecer mis servicios a un joyero, que los aceptó. Ahí tiene usted la historia...

-¿Y ha conservado usted siempre la afición a hilar perlas?

-Siempre, sí... pero a veces, por momentos, me entra una fatiga, un tedio; los ojos se me nublan, no veo el agujero, ni el hilo, ni el oriente, ni la forma... Luego se me pasa, ¡y a enfilar con entusiasmo!

-Como nosotros, esa infeliz -díjome al salir el maestro, conmovido-. ¡Buena lección nos ha dado! Lección para escritores. De las combinaciones que pueden hacerse con cincuenta palabras, cuarenta y nueve no valen; solo es artística una...