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de Godofredo Daireaux



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-¡Patrón!, en ninguna parte se puede encontrar la colorada, y el ternero ha vuelto solo, como de lo de don Ignacio; para mí, han aprovechado la siesta y nos han pegado malón.

-¡Oh! ¿habrán sido capaces? Sería como un asesinato. Que carneen una vaca cualquiera, un novillo, se comprende; ¡pero elegir una lechera, y ésa, sobre todo, que demasiado saben ellos cómo la queremos aquí, tan mansa, tan buena! Y a más, sería sólo para hacer daño, pues estaba flaca la vaca.

-Cierto, señor. Pero así es esa gente.

-¡Caramba!... ¿y qué les hago?

-Patrón, la comisión está en Los Galpones. ¿Por qué no lo ve al oficial? Quizá podrían hacer algo.

-¿Está? ¡Lindo, entonces! Hágame ensillar el zaino.

Y media hora después, don Luis Casalla llegaba a la estancia de Los Galpones, donde encontró una comisión que hacía su recorrida mensual en los establecimientos del partido. Cuando llegó, el oficial, vestido de particular, tomaba el último mate de manos del sargento, esperando que el ayudante acabara de ensillarle el caballo.

El estanciero no era para el oficial un desconocido; éste siempre había sido muy bien recibido en el establecimiento, en sus recorridas, y nunca había faltado en la estancia algún mancarrón ajeno para sus milicos, cuando llegaban con los caballos cansados. Don Luis le contó el caso.

Era algo tarde ya, y el oficial le manifestó que, a pesar de su buena voluntad, no podía ir allá derecho.

-Pero no importa -le dijo-. Vuelva usted a su casa para no darles sospechas, y, a la madrugadita, nos viene a buscar a La Barrancosa, donde haremos noche. El puesto queda cerca y los agarramos sin perros.

Así fue; y aunque las noches, en esa estación, sean cortas, don Luis Casalla se apeaba en el palenque de La Barrancosa, antes que los gallos hubieran acabado de modular la primera copla del estridente cántico con el cual suelen despertar al sol.

En su parecer era, con todo, mucho, el tiempo perdido, y mucho más le hubiera gustado poder, el día anterior, aunque hubiera sido de noche, caer como bomba sobre la cueva de esos malhechores, encerrarlos en su madriguera, machos, hembras y cría, y buscar en los alrededores los rastros del delito... del crimen, pensaba él, pues el amor que todos, en su casa -mujer, niños y servidores-, profesaban a esa lechera, casi la elevaban al rango de miembro de la familia.

Casi iba, sin quererlo, hasta juntar en su mente las ideas de madriguera, de bichos dañinos y de incendio; pero más que todo, renegaba, entre sí, con el maldito: «¡Mañana!», al cual, sin embargo, se sabía demasiado atener, él también, cuando se trataba de intereses ajenos.

La comisión se alistó, y, poco después, salían los cuatro, dirigiéndose al galopito hacia un rancho bajo, que en la luz tenue de la madrugada, casi no se podía distinguir entre los juncales.

Cuando todavía estaban a unas diez cuadras del puesto, oyeron el ruido de un carro que se alejaba ligero, chapaleando sus caballos entre los charcos de agua que todavía quedaban, restos de la última crecida, en las partes más bajas de las cañadas, y al cabo de un rato, vieron destacarse en una loma, ya alumbrada por los primeros rayos del sol naciente, la silueta de un hombre alto, parado en el carro, acompañando con el cuerpo las sacudidas del vehículo, como acompañan los marineros, afirmados en sus fuertes y flexibles piernas, el continuo vaivén del navío.

-¡Diablos! -dijo el oficial-. ¿Quién será éste?

-Es Valentín, el panadero de San Antonio -contestó don Luis.

-Malo, ¡con estos panaderos y mercachifles! Son para nosotros, como los teros para el cazador, y como compran los cueros robados, tienen que ayudar a tapar los robos.

Y dándose vuelta, le dijo al sargento:

-Mira, Zamudio: pégale una al picaso, a ver si alcanzas el carro; lo revisas, y si tiene algún cuero, te lo traes a lo de Ignacio, con carrero y todo.

-Está medio lerdo el picaso -contestó Zamudio.

Y fuera que el picaso no hubiera comido bien en La Barrancosa, fuera que las ganas con que andaba el sargento no tuvieran espuelas, lo cierto es que el carro había tenido tiempo de llegar a la casa de negocio y de ser desensillado, antes que Zamudio, llenando, con todo, su cometido, lo revisase en el patio, por mera forma, después de tomar la mañana, amablemente ofrecida por el pulpero.

Mientras tanto, el oficial, tomando la delantera, se presentaba en el rancho, la diestra arrogantemente asentada en el cabo plateado del rebenque, y, después de un «Ave María» medio seco, se apeaba con don Luis y el milico, entre media docena de perros que los miraban de rabo de ojo, erizando el pelo y enseñando colmillos amenazadores, a pesar de los gritos de: «¡Fuera, fuera!» que les dirigían todos los miembros de la familia, mujeres viejas y jóvenes, muchachos y niños, y de los rebencazos que hacía el ademán de sacudirles el respetable patriarcal jefe de toda esa chusma.

-¿Don Ignacio Ramírez? -preguntó el oficial.

-Para servir a usted -contestó el viejo con una mirada tan inocente, un semblante tan humilde, una voz tan suave, que le hubieran podido dar, con toda confianza y antes de oírlo más, o la santa comunión, por impecable, o cien palos, por cachafaz.

-Abrame ese cuarto -dijo el oficial.

-Pase usted adelante, señor. Y usted, don Luis, ¿qué hace? -y don Ignacio abrió la puerta, detrás de la cual colgaba un cuarto de carne de vaca.

-¿De dónde sacó esa carne?

Una de mis vaquitas, señor, que he carneado hace unos días. Somos tanta familia; los capones no hacen cuenta.

-Esta es carne de ayer -dijo el oficial-. ¿Dónde está el cuero?

-Ya lo vendí, señor. Somos pobres, y no podemos esperar que suban los precios.

-¿Y la cabeza, dónde está?

-Por allá, señor; se tiró. ¿Quién sabe?... ¡con esos muchachos! ¡Manuelito! ¡Felipe! ¿Dónde está la cabeza de la vaca que carneamos el otro día?

Los muchachos se acercaron. Descalzos, vestidos con una camisita toda rota y unos pantalones cortos, atados por un solo tirador y dos botones, la melena enredada como berenjenal, fijaron en el padre la mirada, a la vez atrevida y humilde, muy serios, mientras el oficial repetía la pregunta con una pequeña variación.

-¿Dónde está la cabeza de la lechera que mataron ayer?

El viejo no enmendó la pregunta para no turbar en la memoria de los muchachos la lección de antemano dictada, y el mayorcito de ellos contestó:

-Felipe me tiró con ella, y yo entonces la tiré en el jahüel.

-¡Caramba! -dijo el padre; y agregó, ya seguro del éxito final-: Miren, señores: yo creo que están sospechando de mí, algo; hacen mal, no soy ningún ladrón. La casa está a su disposición y la pueden registrar.

Y, levantando los colchones de un catre, abriendo un baúl viejo, colocado en un rincón, hizo con énfasis todos los ademanes de exagerada franqueza del hombre que sabe que ya no le pueden pillar.

Al rato, viendo inútil la pesquisa, se retiraron el oficial, don Luis y el soldado, cuando justamente volvía Zamudio, con el ojo chispeante, el buche lleno, y bien lastrado con una tajada de un suculento queso de chancho. Declaró al superior que no había visto nada sospechoso; y don Luis -agradeciendo, pidiendo disculpa, y rabiando- se fue para su casa.

Con todo, Ignacio Ramírez pensó que el susto había sido grande, que, sin Valentín, quedaban mal, y que, con don Luis, era mejor no meterse.


M42


Nota de WS[editar]

Este cuento forma parte de los libros: