Peter y Wendy: Capítulo V

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Peter Pan y Wendy
V. La isla hecha realidad
 de J. M. Barrie

V. La isla hecha realidad

Al sentir que Peter regresaba, el País de Nunca jamás revivió de nuevo. Deberíamos emplear el pluscuamperfecto y decir que había revivido, pero revivió suena mejor y era lo que siempre empleaba Peter.

Normalmente durante su ausencia las cosas están tranquilas. Las hadas duermen una hora más por la mañana, los animales se ocupan de sus crías, los pieles rojas se hartan de comer durante seis días con sus noches y cuando los piratas y los niños perdidos se encuentran se limitan a sacarse la lengua. Pero con la llegada de Peter, que aborrece el letargo, todos se ponen en marcha otra vez: si entonces pusierais la oreja contra el suelo, oiríais cómo la isla bulle de vida.

Esta noche, las fuerzas principales de la isla estaban ocupadas de la siguiente manera. Los niños perdidos estaban buscando a Peter, los piratas estaban buscando a los niños perdidos, los pieles rojas estaban buscando a los piratas y los animales estaban buscando a los pieles rojas. Iban dando vueltas y más vueltas por la isla, pero no se encontraban porque todos llevaban el mismo paso.

Todos querían sangre salvo los niños, a quienes les gustaba por lo general, pero esta noche iban a recibir a su capitán. Los niños de la isla varían, claro está, en número, según los vayan matando y cosas así y cuando parece que están creciendo, lo cual va en contra de las reglas, Peter los reduce, pero en esta ocasión había seis, contando a los Gemelos como si fueran dos. Hagamos como si nos echáramos aquí entre las cañas de azúcar y observémoslos mientras pasan sigilosamente en fila india, cada uno con la mano sobre su cuchillo.

Peter les tiene prohibido que se parezcan a él en lo más mínimo y van vestidos con pieles de osos cazados por ellos mismos, con las que quedan tan redondeados y peludos que cuando se caen, ruedan. Por ello han conseguido llegar a andar con un paso muy firme.

El primero en pasar es Lelo, no el menos valiente, pero sí el más desgraciado de toda esa intrépida banda. Había corrido menos aventuras que cualquiera de los demás, porque las cosas importantes ocurrían siempre justo cuando él ya había doblado la esquina: por ejemplo, todo estaba tranquilo y entonces él aprovechaba la oportunidad para alejarse y reunir unos palos para el fuego y cuando volvía los demás ya estaban limpiando la sangre. La mala suerte había dado una expresión de suave melancolía a su rostro, pero en lugar de agriarle el carácter se lo había endulzado, de forma que era el más humilde de los chicos. Pobre y bondadoso Lelo, esta noche te amenaza un peligro. Ten cuidado, no vaya a ser que se te ofrezca ahora una aventura, que, si la aceptas, te traiga un terrible infortunio. Lelo, el hada Campanilla, que esta noche está resuelta a provocar daños, está buscando un instrumento y piensa que tú eres el chico que más fácilmente se deja engañar. Cuidado con Campanilla.

Ojalá nos pudiera oír, pero nosotros no estamos realmente en la isla y él pasa de largo, mordisqueándose los nudillos. A continuación viene Avispado, alegre y jovial, seguido de Presuntuoso, que corta silbatos de los árboles y baila entusiasmado al son de sus propias melodías. Presuntuoso es el más engreído de los chicos. Se cree que recuerda los tiempos de antes de que se perdiera, con sus modales y costumbres y esto hace que mire a todo el mundo por encima del hombro. Rizos es el cuarto: es un pillo y ha tenido que entregarse tantas veces cuando Peter decía con severidad: «El que haya hecho esto que dé un paso al frente», que ahora ante la orden da un paso al frente automáticamente, lo haya hecho él o no. Los últimos son los gemelos, a quienes no se puede describir porque seguro que describiríamos al que no es. Peter no sabía muy bien lo que eran gemelos y a su banda no se le permitía saber nada que él no supiera, de forma que estos dos no eran nunca muy claros al hablar de sí mismos y hacían todo lo que podían por resultar satisfactorios manteniéndose muy juntos como pidiendo perdón.

Los chicos desaparecen en la oscuridad y al cabo de un rato, pero no muy largo, ya que las cosas ocurren deprisa en la isla, aparecen los piratas siguiendo su rastro. Los oímos antes de verlos y siempre es la misma canción terrible:

Jalad, izad, pongámonos al pairo, al abordaje saltemos y si un tiro nos separa, ¡allá abajo nos veremos!

Jamás colgó en hilera en el Muelle de las Ejecuciones (Muelle de Wapping donde eran ejecutados los marinos criminales.) una banda de aire más malvado. Aquí, algo adelantado, inclinando la cabeza hacia el suelo una y otra vez para escuchar, con los grandes brazos desnudos y las orejas adornadas con monedas de cobre, llega el guapo italiano Cecco, que grabó su nombre con letras de sangre en la espalda del alcaide de la prisión de Gao. Ese negro gigantesco que va detrás de él ha tenido muchos nombres desde que dejara ése con el que las madres morenas siguen aterrorizando a sus hijos en las riberas del Guidjo-mo. He aquí a Bill Jukes, tatuado de arriba a abajo, el mismo Bill Jukes al que Flint, a bordo del Walrus, propinara seis docenas de latigazos antes de que aquél soltara la bolsa de moidores; y Cookson, de quien se dice que era hermano de Murphy el Negro (aunque esto nunca se probó); y el caballero Starkey, en otros tiempos portero de un colegio privado y todavía elegante a la hora de matar; y Claraboyas (Claraboyas de Morgan); y Smee, el contramaestre irlandés, un hombre curiosamente afable que acuchillaba, como si dijéramos, sin ofender y era el único disidente de la tripulación de Garfio; y Noodler, cuyas manos estaban colocadas al revés; y Robert Mullins y Alf Mason y muchos otros rufianes bien conocidos y temidos en el Caribe.

En medio de ellos, la joya más negra y más grande de aquel siniestro puñado, iba reclinado James Garfio, o, según lo escribía él, Jas. Garfio, del cual se dice que era el único hombre a quien el Cocinero temía. Estaba cómodamente echado en un tosco carruaje tirado y empujado por sus hombres y en lugar de mano derecha tenía el garfio de hierro con el que de vez en cuando los animaba a apretar el paso. Como a perros los trataba y les hablaba este hombre terrible y como perros lo obedecían ellos. De aspecto era cadavérico y cetrino y llevaba el pelo en largos bucles, que a cierta distancia parecían velas negras y daban un aire singularmente amenazador a su amplio rostro. Sus ojos eran del azul del nomeolvides y profundamente tristes, salvo cuando le clavaba a uno el garfio, momento en que surgían en ellos dos puntos rojos que se los iluminaban horriblemente. En cuanto a los modales, conservaba aún algo de gran señor, de forma que incluso lo destrozaba a uno con distinción y me han dicho que tenía reputación de raconteur. Nunca resultaba más siniestro que cuando se mostraba todo cortés, lo cual es probablemente la mejor prueba de educación, y la elegancia de su dicción, incluso cuando maldecía, así como la prestancia de su porte, demostraban que no era de la misma clase que su tripulación. Hombre de valor indómito, se decía de él que lo único que lo atemorizaba era ver su propia sangre, que era espesa y de un color insólito. En su vestimenta imitaba un poco los ropajes asociados al nombre de Carlos II, por haber oído decir en un período anterior de su carrera que tenía un extraño parecido con los desventurados Estuardo y en los labios llevaba una boquilla de su propia invención que le permitía fumar dos cigarros a la vez. Pero indudablemente la parte más macabra de él era su garfio de hierro.

Matemos ahora a un pirata, para mostrar el método de Garfio. Claraboyas servirá. Al pasar, Claraboyas da un torpe bandazo contra él, descolocándole el cuello de encaje: el garfio sale disparado, se oye un desgarrón y un chillido, luego se aparta el cuerpo de una patada y los piratas siguen adelante. Ni siquiera se ha quitado los cigarros de la boca.

Así es el hombre terrible al que se enfrenta Peter Pan. ¿Quién ganará?

Tras los pasos de los piratas, deslizándose en silencio por el sendero de la guerra, que no es visible para ojos inexpertos, llegan los pieles rojas, todos ellos ojo avizor. Llevan tomahawks y cuchillos y sus cuerpos desnudos relucen de pintura y aceite. Atadas a la cintura llevan cabelleras, tanto de niños como de piratas, ya que son la tribu piccaninny y no hay que confundirlos con los delawares o los hurones, más compasivos. En vanguardia, a cuatro patas, va Gran Pantera Pequeña, un valiente con tantas cabelleras que en su postura actual le impiden un poco avanzar. En retaguardia, el puesto de mayor peligro, va Tigridia, orgullosamente erguida, princesa por derecho propio. Es la más hermosa de las Dianas morenas y la beldad de los piccaninnis, coqueta, fría y enamoradiza por turnos: no hay un solo valiente que no quisiera a la caprichosa por mujer, pero ella mantiene a raya el altar con un hacha. Mirad cómo pasan por encima de ramitas secas sin hacer el más mínimo ruido. Lo único que se oye es su respiración algo jadeante. La verdad es que en estos momentos están todos un poco gordos después de las comilonas, pero ya perderán peso a su debido tiempo. Por ahora, sin embargo, esto constituye su mayor peligro.

Los pieles rojas desaparecen como han llegado, como sombras y pronto ocupan su lugar los animales, una procesión grande y variada: leones, tigres, osos y las innumerables criaturas salvajes más pequeñas que huyen de ellos, ya que todas las clases de animales y, en particular, los devoradores de hombres, viven codo con codo en la afortunada isla. Llevan la lengua fuera, esta noche tienen hambre.

Cuando ya han pasado, llega el último personaje de todos, un gigantesco cocodrilo. No tardaremos en descubrir a quién está buscando.

El cocodrilo pasa, pero pronto vuelven a aparecer los chicos, ya que el desfile debe continuar indefinidamente hasta que uno de los grupos se pare o cambie el paso. Entonces todos se echarán rápidamente unos encima de otros.

Todos vigilan atentamente el frente, pero ninguno sospecha que el peligro pueda acercarse sigilosamente por detrás. Esto demuestra lo real que era la isla.

Los primeros en romper el círculo móvil fueron los chicos. Se tiraron sobre el césped, junto a su casa subterránea. -Ojalá volviera Peter -decía cada uno de ellos con nerviosismo, aunque en altura y aún más en anchura eran todos más grandes que su capitán.

-Yo soy el único que no tiene miedo de los piratas -dijo Presuntuoso en ese tono que le impedía ser apreciado por todos, pero quizás un ruido lejano lo inquietara, pues añadió a toda prisa-, pero ojalá volviera y nos dijera si ha averiguado algo más sobre Cenicienta.

Se pusieron a hablar de Cenicienta y Lelo estaba seguro de que su madre debía de haber sido muy parecida a ella.

Sólo en ausencia de Peter podían hablar de madres, ya que había prohibido el tema diciendo que era una tontería.

-Lo único que recuerdo de mi madre -les dijo Avispado-, es que le decía a papá con frecuencia: «Oh, ojalá tuviera mi propio talonario de cheques.» No sé qué es un talonario de cheques, pero me encantaría darle uno a mi madre.

Mientras hablaban oyeron un ruido lejano. Vosotros o yo, al no ser criaturas salvajes del bosque, no habríamos oído nada, pero ellos sí lo oyeron y era la espeluznante canción:

Viva, viva la vida del pirata, un cráneo y dos tibias en la bandera. Viva la alegría y una buena soga y viva el buen Satán que nos espera.

Al instante los niños perdidos... ¿pero dónde están? Ya no están ahí. Unos conejos no podrían haber desaparecido más rápido.

Os diré dónde están. Con excepción de Avispado, que ha salido corriendo para explorar, ya están en su casa subterránea, una residencia muy agradable de la que pronto veremos muchas cosas. ¿Pero cómo han llegado a ella? Porque no se ve ninguna entrada, ni siquiera un montón de matojos que, si se apartaran, revelarían la boca de una cueva. Sin embargo, mirad con atención y puede que os deis cuenta de que hay aquí siete grandes árboles, cada uno con un agujero en el tronco hueco tan grande como un niño. Estas son las siete entradas a la casa subterránea, que Garfio ha estado buscando en vano durante tantas lunas. ¿La encontrará esta noche?

Mientras los piratas avanzaban, la rápida mirada de Starkey descubrió a Avispado que desaparecía en el bosque y al momento su pistola brilló en la oscuridad. Pero una garra de hierro lo aferró del hombro.

-Capitán, suélteme -exclamó, retorciéndose.

Ahora por primera vez oímos la voz de Garfio. Era una voz negra.

-Primero guarda esa pistola -dijo amenazadoramente.

-Era uno de los chicos que usted odia. Lo podría haber matado de un tiro.

-Sí y el ruido habría hecho que los pieles rojas de Tigridia cayeran sobre nosotros. ¿Es que quieres perder la cabellera?

-Capitán, ¿voy detrás de él -preguntó el patético Smee-, y le hago cosquillas con Johnny Sacacorchos?

Smee ponía nombres agradables a todo y su sable era Johnny Sacacorchos, porque lo retorcía en la herida. Se podrían mencionar muchos rasgos encantadores de Smee. Por ejemplo, después de matar, eran sus gafas lo primero que limpiaba en vez de su arma.

-Johnny es un chico silencioso -le recordó a Garfio.

-Ahora no, Smee -dijo Garfio tenebrosamente-. Sólo es uno y quiero acabar con los siete. Dispersaos y buscadlos.

Los piratas desaparecieron entre los árboles y al cabo de un momento su capitán y Smee se quedaron solos. Garfio soltó un profundo suspiro y no sé por qué fue, quizás fuera por la delicada belleza de la noche, pero el caso es que lo invadió el deseo de confiar a su fiel contramaestre la historia de su vida. Habló largo y tendido, pero de qué se trataba Smee, que era bastante estúpido, no tenía ni idea.

Por fin oyó el nombre de Peter.

-Sobre todo -decía Garfio con pasión-, quiero a su capitán, Peter Pan. Fue él quien me cortó el brazo.

Agitó el garfio amenazadoramente.

-He esperado mucho para estrecharle la mano con esto. Ah, lo haré pedazos.

-Pero -dijo Smee-, yo he oído a usted decir muchas veces que ese garfio valía por veinte manos, para peinarse y otros usos domésticos.

-Sí -contestó el capitán-, si yo fuera madre rezaría por que mis hijos nacieran con esto en vez de eso.

Y echó una mirada de orgullo a su mano de hierro y una de desprecio a la otra. Luego volvió a fruncir el ceño. -Peter le echó mi brazo -dijo, estremeciéndose- a un cocodrilo que pasaba por allí.

-Ya he notado -dijo Smee- su extraño temor a los cocodrilos.

-A los cocodrilos no -le corrigió Garfio-, sino a ese cocodrilo.

Bajó la voz.

-Le gustó tanto mi brazo, Smee, que me ha seguido desde entonces, de mar en mar y de tierra en tierra, relamiéndose por lo que queda de mí.

-En cierto modo -dijo Smee-, es una especie de cumplido.

-No quiero cumplidos de esa clase -soltó Garfio con petulancia-. Quiero a Peter Pan, que fue quien hizo que ese bicho me tomara gusto.

Se sentó en una gran seta y habló con voz temblorosa. -Smee -dijo roncamente-, ese cocodrilo ya me habría comido a estas horas, pero por una feliz casualidad se tragó un reloj que hace tic tac en su interior y por eso antes de que me pueda alcanzar oigo el tic tac y salgo corriendo.

Se echó a reír, pero con una risa hueca.

-Algún día -dijo Smee-, el reloj se parará y entonces lo cogerá.

Garfio se humedeció los labios resecos.

-Sí -dijo-, ése es el temor que me atormenta.

Desde que se sentó se había estado sintiendo extrañamente acalorado.

-Smee -dijo-, este asiento está caliente.

Se levantó de un salto.

-Por mil diablos tuertos, que me quemo.

Examinaron la seta, que era de un tamaño y una solidez desconocidos en el mundo real; intentaron arrancarla y se quedaron con ella en las manos al instante, pues no tenía raíces. Y lo que es más raro, al momento comenzó a salir humo. Los piratas se miraron el uno al otro.

-¡Una chimenea! -exclamaron los dos.

Efectivamente, habían descubierto la chimenea de la casa subterránea. Los chicos tenían por costumbre taparla con una seta cuando había enemigos en las cercanías.

No sólo salía humo por ella. También se oían voces de niños, pues tan seguros se sentían los chicos en su escondrijo que estaban charlando alegremente. Los piratas escucharon ceñudos y luego volvieron a colocar la seta. Miraron a su alrededor y vieron los agujeros de los siete árboles.

-¿Ha oído que decían que Peter Pan no está en casa? -susurró Smee, jugueteando con Johnny Sacacorchos.

Garfio asintió. Se quedó largo rato ensimismado y por fin una sonrisa helada le iluminó la cara morena. Smee la había estado esperando.

-Desembuche su plan, capitán -exclamó ansioso. -Regresar al barco -repitió Garfio despacio y entre dientes- y hacer un opíparo pastelón bien espeso con azúcar verde por encima. Sólo puede haber una habitación allí abajo, porque hay una sola chimenea. Esos estúpidos topos no han tenido la inteligencia de darse cuenta de que no necesitaban una puerta por persona. Eso demuestra que no tienen madre. Dejaremos el pastel en la orilla de la laguna de las sirenas. Estos chicos siempre están nadando allí, jugando con las sirenas. Encontrarán el pastel y lo engullirán, porque, al no tener madre, no saben lo peligroso que es comer un pastel pesado y húmedo.

Estalló en carcajadas, no una risa hueca esta vez, sino una risa auténtica.

-Ja, ja, ja, morirán.

Smee había estado escuchando con creciente admiración.

-Es el plan más malvado y más bonito que he oído nunca -exclamó y se pusieron a bailar y cantar entusiasmados:

Quietos cuando yo aparezco, por miedo a ser atrapados; nada os queda en los huesos si Garfio os tiene enganchados.

Empezaron la estrofa, pero no llegaron a terminarla, pues se oyó otro ruido que les hizo callar. Al principio era un sonido tan débil que una hoja podría haber caído sobre él y haberlo ahogado, pero al ir acercándose se fue haciendo más fuerte.

Tic tac, tic tac.

Garfio se detuvo tembloroso, con un pie en el aire.

-El cocodrilo -dijo con voz entrecortada y salió huyendo, seguido de su contramaestre.

Efectivamente era el cocodrilo. Había adelantado a los pieles rojas, que ahora seguían el rastro de los otros piratas. Siguió deslizándose en pos de Garfio.

Una vez más los chicos salieron a la superficie, pero los peligros de la noche no se habían terminado aún, pues al poco rato se presentó Avispado corriendo sin aliento, perseguido por una manada de lobos. Los perseguidores llevaban la lengua fuera; sus aullidos eran espantosos.

-¡Salvadme, salvadme! -gritó Avispado, cayendo al suelo.

-¿Pero qué podemos hacer, qué podemos hacer?

Fue un gran cumplido para Peter el que en ese angustioso momento sus pensamientos se volvieran hacia él.

-¿Qué haría Peter? -exclamaron simultáneamente. Casi al mismo tiempo añadieron:

-Peter los miraría por entre las piernas. Y luego:

-Hagamos lo que haría Peter.

Es la forma más eficaz de desafiar a los lobos y como un solo chico se inclinaron y miraron por entre las piernas. El momento siguiente parece eterno, pero la victoria llegó rápido, ya que cuando los chicos avanzaron hacia ellos en esta terrible postura, los lobos agacharon el rabo y huyeron.

Entonces Avispado se levantó del suelo y los otros creyeron que sus ojos desorbitados seguían viendo a los lobos. Pero no eran lobos lo que veía.

-He visto una cosa maravillosísima -exclamó cuando se agruparon a su alrededor impacientes-. Un gran pájaro blanco. Viene volando hacia aquí.

-¿Qué clase de pájaro crees que es?

-No sé -dijo Avispado perplejo-, pero parece cansadísimo y mientras vuela va gimiendo: «Pobre Wendy.»

-Recuerdo -dijo Presuntuoso al instante- que hay unos pájaros que se llaman Wendy.

-Mirad, ahí viene -gritó Rizos, señalando a Wendy en el cielo.

Wendy ya estaba casi sobre ellos y podían oír su quejido lastimero. Pero más clara se oía la estridente voz de Campanilla. La celosa hada ya había abandonado su fachada amistosa y se lanzaba contra su víctima por todas direcciones, pellizcándola salvajemente cada vez que la tocaba.

-Hola, Campanilla -gritaron los maravillados niños.

La réplica de Campanilla resonó con fuerza:

-Peter quiere que matéis a la Wendy.

No entraba en su forma de ser hacer preguntas cuando Peter daba órdenes.

-Hagamos lo que Peter desea -gritaron los ingenuos chicos-. Deprisa, arcos y flechas.

Todos menos Lelo bajaron de un salto por sus árboles. Él tenía consigo un arco y una flecha y Campanilla se dio cuenta y se frotó las manitas.

-Deprisa, Lelo, deprisa -chilló-. Peter se pondrá muy contento.

Lelo puso emocionado la flecha en el arco.

-Aparta, Campanilla -gritó y luego disparó y Wendy cayó revoloteando al suelo con un dardo en el pecho.

Capítulo V: La isla hecha realidad