Pinto el caso

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Es para perder el sentido la tarea de seguir paso a paso en los periódicos a todos los que van, y vienen, y entran, y salen estos días de los ministerios a la Asamblea, de la mesa de Serrano a los pasillos del Congreso, de Olózaga a Posada Herrera, de Prim a Rivero, de los notables a los vulgares, de la futura Regencia al presunto Gobierno...

Porque sucede en este lance que no solamente marean los movimientos, por ser incesantes, sino porque son unos hombres los que andan en escena con los recados, tan extraños, tan nuevos y tan insignificantes, que para tomarles la filiación y orientarse entre ellos se necesita una fuerza de atención de doscientos mil... Súñeres.

Verdad es que eso le está sucediendo a uno nueve meses hace en el teatro de la política española. Todo se vuelven partes de por medio, ora en la Embajada de aquí, ora en el Gobierno de allá, ora en las grandes dependencias, ora en la privanza del ministro tal o cual, ora en la Comisión X...

Así anda uno..., y así va ello.

Y no lo digo precisamente por la situación septembrina, que bien sabe Dios que la reverencio tanto como la admiro. Es que, sin saber cómo, se me ha venido a las mientes un caso muy común en los centros civilizados, caso que quiero citar para que ustedes vean que no envuelve malicia alguna con respecto a los personajes de la situación mi dicho de «así va ello».

Actúa en un teatro una compañía de ópera de primo cartello, como dicen los aficionados. Concluida la temporada, se largan las partes principales y se quedan en la población, regularmente muertos de hambre, el cuerpo de coros y los partiquinos: beneficio al canto para socorrer a estos menesterosos artistas.

Habrán ustedes notado que cuanto más malo es un actor, más pretensiones tiene, en cuya debilidad se funda la razón del hecho palmario de que las compañías de la legua tengan por repertorio los dramas más peliagudos de Zorrilla o Bonchardy.

Lo que digo de los cómicos sirve para los cantantes.

Por eso, los de mi ejemplo imprimen un cartelón de veinte colores, y por él sabe el público que se va a cantar la mismísima ópera Hernani desde el brindis del ilustre bandido hasta el puñal de Silva, es decir, desde la cruz a la fecha.

El artista que nunca pudo entonar el A la porta d'il castello... sin que le siseara el público, se atreve a encargarse del papel de Hernani; otro partiquino de no menor talla canta el papel de Carlos V, y otro que tal representa a Silva. Elvira está a cargo de una corista muy guapa que sabe bracear un poco. Las demás partes secundarias están a la altura de estas principales. Para colmo de perfección, la orquesta ha quedado también en cuadro, y tiene que suplir un figle el canto del violonchelo en las catacumbas, y así lo demás.

Llegado el momento de la función, como los trajes corresponden a los actores y el carácter de ellos no se deja conocer por el canto en fuerza de florearlo, entran las perplejidades de los espectadores, que confunden a Silva con Hernani y a Carlos V con cualquiera de los dos; y así las cosas y perdida la serenidad del público, éste recompensa cada gallo con un carraspeo y con sendos restregones cada brazada. Antes de acabarse el primer acto bosteza ya la concurrencia, y se abren las puertas de la calle al segundo para que entren los muchachos a ocupar gratis las localidades que abandonan sus propietarios.

Entonces se arma el gran escándalo y la sublime rechifla, y tienen que venir los polizontes a echar a la calle a la patulea y una multa a los artistas, que la pagan gustosos a cambio del último acto, que se les prohíbe, y mucho antes del cual estarían todos jadeantes y sin chispa de voz, al paso que iban evaporándose sus pobres facultades.

Repito que no traigo a debate este caso porque lo halle aplicable en ninguno de sus detalles a la situación política que atravesamos.

Insisto en que se me vino de golpe y porrazo a la mollera, y de porrazo y golpe también lo he soltado, porque yo soy así.

Que el caso no venga el caso, ya es otro cuento, y no diré por lo contrario..., ni tampoco me opondré a que Figuerola lo negocie, si cree que puede sacarlo de un apuro financiero.

Que todo podría ser, porque de menos nos hizo Dios, con permiso de García Ruiz.



(De El Tío Cayetano, núm. 29.)

6 de junio de 1869.