Planta montés

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Historias y cuentos de Galicia
Planta montés
 de Emilia Pardo Bazán


Hubo larga deliberación, y se celebró una especie de consejo de familia para decidir si era o no conveniente traerse a aquel indígena de la más enriscada sierra gallega a servir en la capital de la región. Ello es que emprendíamos la doma de un potro; tendríamos que empezar enseñando al neófito el nombre de los objetos más corrientes y usuales, dándole una serie de «lecciones de cosas», que me río yo de la escuela Froebel. Pero tan ahítos estábamos del servicio reclutado en Marineda, procedente de fondas y cafés, picardeado y no instruido por el roce, ducho en hurtar el vino y en saquear la casa para obsequiar a sus coimas, que optamos por el ensayo de aclimatación. En el fondo de nuestro espíritu aleteaba la esperanza dulce de que al buscar en el seno de la montaña un muchacho inocente y medio salvaje, hijo y nieto de gentes que desde tiempo inmemorial labran nuestras tierras, ejerceríamos sobre el servidor una especie de donominio señorial, reanudando la perdida tradición del servicio antiguo, cariñoso, patriarcal en suma. ¡Tiempos aquellos en que los criados morían de vejez en las casas!...

Era una mañana serena y pura; el cielo de Marineda justificaba la copla que lo declara «cubierto de azul», cuando llegó a nuestros lares el natural de Cenmozas. Acompañábale su padre, el casero. Padre e hijo se parecían como dos gotas de agua, en las facciones: ambos de rostro pomuloso, moreno bazo, color de pan de centeno; de ojillos enfosados, inquietos, como de ave cautiva; de labios delgados casi, invisibles; de cráneo oblongo, piriforme. Los diferenciaba la expresión, astuta y humilde en el viejo, hosca y recelosa en el mozo; y también los distinguía el pelo, afeitado al rape el del padre, largo el del hijo y dispuesto como la melena de los siervos adscritos al terruño, colgando a ambos lados de su parda montera de candil. Los dos vestían el genuino traje de la comarca montañosa, algo semejante a la vestimenta de los vendeanos y bretones, aunque en vez de amplias bragas usasen el calzón ajustado de lienzo bajo el de paño pardusco. A pesar de la radiante belleza del día, apoyábanse los montañeses en inmensos paraguas colorados.

Mientras el viejo rebosaba satisfacción y contento -como quien está seguro de haber encontrado a su progenie una colocación en que tiene al rey cogido por los bigotes-, y en su fisonomía socarrona retozaba insinuante sonrisa, el mozo, callado y descolorido a pesar del sol que había tostado su epidermis, parecía indiferente a las cosas exteriores. Al ofrecerles asiento, dejáronse caer en él a la vez pesada y tímidamente, penetrados de respeto hacia la silla. Antes de estipular nuestras condiciones, hizo el padre el cumplido panegírico de su Ciprián o Cibrao, que así le llamaba. Las comparaciones elogiosas estaban tomadas de la fauna campesina. Cibrao, maino como una oveja; Cibrao, fiel como un can; Cibrao, trabajador como un lobo (tal dijo, aunque yo ignoraba que el lobo se distinguiese por su laboriosidad); Cibrao, amoroso como una rula (tórtola); Cibrao, ahorrativo como las hormigas; Cibrao, más duro que mula burreña; a Cibrao con cualquier cosa lo manteníamos, porque, ¡alabado sea el Señor!, él venía hecho a todo y su cuerpo bien castigado. Si nos desobedecía en la menor, ¡dale sin duelo! (y el padre ejecutaba el ademán de quien sacude un pellejo a varazos), y si no, llamarle a él, al tío Julián, que vendría desde Cenmozas para arrearle al hijo tal tunda, que no se pudiese menear en cinco semanas. Soldada, la que quisiéramos; ¡demasiada fama teníamos de buenos cristianos para hacer mala partida a nadie! Al mozo, en su mano, ni un «ochavo de fortuna» siquiera: ya se sabe que los mozos cuanto tienen, otro tanto destragan con bribonas y tabernas... Él, el tío Julián, se encargaría de recoger, supongamos, cada dos o tres meses juntos... Si hoy en día pagaba tanto más cuanto por el lugar, y si tanto ganaba el mociño, eso menos nos pagaría al vencer el término de la renta. Y hablando de renta: en estos años tan malos, por fuerza habríamos de perdonarle alguna. Otrosí: la casa del lugar, propiamente estaba cayéndose en ruinas... Venir un día de viento..., y ¡plan!..., ¡adiós, casiña! Luego, con tantas grietas..., los tenía el frío aterecidos. Comprendimos que el tío Julián venía animado del firme propósito de vendernos su «mozo» a trueque de la renta del lugar, reconstrucción de morada y dinero para unos bueyes a parcería, que contaba le sacasen de apuros. En arras de este contrato tácito, ofreciónos dos empedernidos quesos, cuatro onzas de rancia manteca y hasta media fanega de castañas gordas.

Cuando, después de bien comido y regalado, se despidió el viejo labriego, el hijo conservó su inmovilidad y mutismo; ni aun mostró querer acompañarle hasta la puerta o darle alguna señal de afecto o encargo para los que se habían quedado allá en la sierra, adonde el viejo volvía. Por la noche vimos al nuevo servidor acurrucado en un rincón de la cocina, sin querer aproximarse a la mesa para cenar. Ni nuestras palabras, ni las bromas de la joven y alegre doncella, ni las compasivas insinuaciones de la cocinera, mujer ya madura y que tenía un hijo «sirviendo al rey», consiguieron animarle. No consintió probar bocado.

Comprendimos bien esta nostalgia o morriña de los primeros instantes, y esperamos que no duraría. ¡Marineda es tan regocijada los domingos! ¡Ofrece tantas distracciones a un rapaz campesino que sólo ha visto breñas y tojos! ¡Hay tanta música militar, tanto ejercicio de batería; en Carnaval, tanta comparsa...! Y en Semana Santa, ¡qué de procesiones! Ya acabaría Cibrao por chuparse los dedos.

Lo primero, adecentarle, para que pudiese andar entre las gentes y sus compañeros no le hiciesen burla. Un barbero le cortó el pelo y le enseñó el uso del peine; un sastre le arregló ropa de desecho; a provistarle de camisas, de calcetines y elásticas; a plancharle corbatas blancas y embutirle las callosas manos en guantes de algodón. La metamorfosis, al pronto, surtió favorable efecto. Diríase que iba a sacudir su apatía el montañés. Fuese que las guedejas le hacían el rostro más macilento, o fuese por otra razón desconocida, al raparse mejoró de semblante, apetito y ánimo, y ya creímos que el trasplante se realizaba con toda felicidad.

¡Ay! Nuestra satisfacción fue un relámpago. El rapaz se estrenó desastrosamente en el servicio. Ni una potranca de Arzúa, suelta al través de la casa, hace más estropicios. Las manos duras de Cibrao, acostumbradas al sacho y a la horquilla, no acertaban a tocar cacharro ni vidrio sin reducirlo a polvo. Lo cogía con infinitas precauciones, y ¡clin!, ¡plac!, al suelo hecho añicos. Él le echaba la culpa a los guantes, con los cuales aseguraba que «no tenía tientos». El cristal ejercía sobre sus sentidos burdos de labriego extraña fascinación. No lo distinguía de la diafanidad de la atmósfera: tenía delante una copa o una botella, y positivamente «no la veía», o la menos, no distinguía sus contornos. «Maréame», decía al tomar cualquier objeto transparente.

Nos ponía tenedores para la sopa y cucharas para el frito. Las vinagreras las servía al postre. Azotaba los cuadros con el mango del plumero; arrancaba de cuajo los cortinones al intentar sacudirlos; limpiaba el tintero con las toallas finas, y no dejó aparato de petróleo que no descompusiese. Una noche tuvimos la casa, por culpa suya, sepultada en profundas tinieblas.

Con todo ello, nuestro ajuar ganaba poco, y su destructor, menos aún. El azoramiento de las continuas advertencias y regaños, el vértigo de la ciudad, tal vez causas más íntimas, más pegadas al alma del trasplantado, iban demacrando su rostro y apagando sus ojos de un modo que llegó a parecernos alarmante. Algo de compasión y mucho de cansancio e impaciencia nos dictaron la medida de llamar a capítulo al mozo y aconsejarle paternalmente la vuelta a su aprisco serrano. «Vamos, habla claro y sin miedo, rapaz. Nadie te quiere en su casa por fuerza. Llevas quince o veinte días; ya puedes saber cómo te va por aquí. Tú no estás contento.» Una chispa luminosa se encendió en las cóncavas pupilas, y los apretados labios articularon enérgicamente:

-Señora mi ama, no me afago aquí.

-Y pasado algún tiempo, ¿no te afarás tampoco?

-Tampoco. No señora.

En vista de la categórica respuesta, escribimos sin dilación al mayordomo de la montaña para que viniese el tío Julián a recoger su cachorro. Sí, que lo recogiese cuanto antes; de lo contrario, ni nos quedaría títere con cabeza, ni el muchacho levantaría la suya. Transmitió el mayordomo la respuesta del viejo. Como él viniese a Marineda, le rompía al hijo todas las costillas, por «escupir la suerte». Y si lo llevaba a la montaña otra vez, era para «brearlo a palizas». Este modo de entender la autoridad paterna nos alarmó un poquillo. Suspendimos toda determinación y comunicamos a Cibrao las órdenes del «patrucio».

Nada contestó. Resignóse. Cayó en una especie de marasmo. Trabajaba lo que le mandasen; pero en cuanto volvíamos la espalda se acurrucaba en un rincón, dejando los brazos colgantes y clavando la quijada en el pecho. Era la calma triste del animal, silenciosa y soporífera, sin protestas ni quejas; la oscura y terca afirmación de la voluntad en el mundo zoológico. Cierto día, al preguntarle, si estaba malo y proponerle un médico, hubo de responder:

-Médico «non» sirve. ¡La tierra me llama por el cuerpo!

Había llegado el mes de noviembre, lúgubre mes en que parece oírse, al través del suelo empapado en lluvia y entre el silbo del ábrego, choque de huesos de difunto y sordas lamentaciones extramundanales. Marineda se vestía de invierno. Retemblaban los cristales al empuje del huracán, y el rugir de los dos mares, el Varadero y la Bahía, hacía el bajo en el pavoroso concierto, mientras la voz estridente del viento parecía carcajada sardónica. En nuestra solitaria calle no se oía a las nocturnas horas sino el paso fuerte y rítmico del sereno, el quejumbroso escurrir del agua, el embrujado maullido del gato, ya rabioso de amor, y algún aldabonazo que resonaba como en el hueco de una tumba. Después de la noche más tormentosa y triste de todo el mes, supimos que Cibrao no quería salir de la cama. Y vino el doctor, y a carcajadas nos reíamos cuando nos enteró de lo que el mozo padecía.

-¡El maula ese! No tiene nada. Ni calentura, ni dolores, ni esto, ni aquello, ni lo de más allá. ¡Cuando les digo a ustedes que nada! Y dice que no la da la gana de levantarse, ¿por qué pensarán? ¿A que no aciertan? Pues porque anoche oyó ladrar, digo aullar un perro, y jura que el dicho perro «ventaba» su muerte.

Pasada la risa, nos entró el arranque humanitario.

-Doctor, ¿caldo y vino? Doctor, ¿unos sinapismos? Doctor, ¿a veces un baño de pies...?

El médico se encogió de hombros enarcando las cejas.

-No veo medicamento, porque no veo enfermedad. Si la hay es en la «sustancia gris», y yo allí no sé cómo se ponen las sanguijuelas ni cómo se aplican los revulsivos. A mal de superstición, remedio de ensalmos. Llamen ustedes al cura de la parroquia, que se traiga el calderito y el hisopo y le saque los enemigos del cuerpo.

Y el doctor Moragas se fue, entre risueño y furioso.

Muchas veces hemos deplorado no seguir acto continuo el consejo irónico del doctor. ¿Quién sabe si las ilustraciones del bendito caldero curarían la pasión de ánimo del montañés.

La noche siguiente yo también oí, entre el silbido del aire y ronco mugido profundo del Cantábrico, la voz del perro que aullaba en son muy prolongado y triste. Me desvelé, y singular desasosiego me oprimió hasta la madrugada, hora en que generalmente recompensa el sueño las fatigas del insomnio.

¿Será creído el desenlace de este caso auténtico, no tan sorprendente para los que nacimos en la brumosa tierra de los celtas agoreros como para los que en regiones de sol tuvieron cuna?

El temor a la incredulidad me paraliza la mano. Apenas me determino a estampar aquí que Cibrao amaneció muerto en su cama.

Le hicimos un buen entierro, y hasta se dijeron misas por su alma primitiva y gentil.


«La España Moderna», diciembre 1890.