Plegaria a Dios

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El Tesoro de la Juventud (1911)
El libro de la Poesía, Tomo 2
Plegaria a Dios
 de Gabriel de la Concepción Valdés

Nota: se ha conservado la ortografía original.


Gabriel de la Concepción Valdés, notable poeta cubano, más conocido por el seudónimo de « Plácido », nació en Matanzas en 1809. Mestizo, y, por lo tanto, considerado en aquella época como de una raza servil; expósito, y pobre, tuvo una educación bastante descuidada en sus primeros años, pero después su gran talento poético supo asimilarse lo mejor de la literatura española. Vivía modestamente de su oficio de peinetero; publicó composiciones en las que hizo gala de una inspiración robusta y lozana, y por suponérsele envuelto en una conjura que se decía iba a estallar, pero en la cual no ha podido probarse que participara, fué condenado a muerte por el gobierno español que entonces dominaba en su patria, y pereció fusilado en 1844. Pocos días antes de morir compuso la plegaria « A Dios », y se asegura que la iba recitando al marchar al lugar de la ejecución.


PLEGARIA A DIOS

S

ER de inmensa bondad, Dios poderoso,

A vos acudo en mi dolor vehemente,
Extended vuestro brazo omnipotente,
Rasgad de la calumnia el velo odioso
Y arrancad este sello ignominioso
Con que el mundo manchar quiere mi frente.

   Rey de los reyes, Dios de mis abuelos.
Vos solo sois mi defensor, Dios mío;
Todo lo puede quien al mar sombrío
Olas y peces dió, luz a los cielos,
Fuego al sol, giro al aire, al norte hielos.
Vida a las plantas, movimiento al río.

Todo lo podéis vos, todo fenece
O se reanima a vuestra voz sagrada;
Fuera de vos, Señor, el todo es nada,
Que en la insondable eternidad perece,
Y aun esa misma nada os obedece
Pues de ella fue la humanidad creada.

   Yo no os puedo engañar. Dios de clemencia,
Y pues vuestra etemal sabiduría
Ve al través de mi cuerpo el alma mía
Cual del aire a la clara transparencia.
Estorbad que humillada la inocencia
Bata sus palmas la calumnia impía.

   Mas si cuadra a tu suma omnipotencia
Que yo perezca cual malvado impío,
Y que los hombres mi cadáver frío
Ultrajen con maligna complacencia.
Suene tu voz y acabe mi existencia,
Clúmplase en mí tu voluntad, Dios mío.

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