Poemas Pétreos

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Poemas Pétreos
de Antonio Domínguez Hidalgo


POEMAS PÉTREOS

DOMÍNGUEZ HIDALGO


OBRA POEMÁTICA COMPLETA. TOMO 12
 
 
1
Esa casa fría
sin goces de amor
con melancolía
viste su dolor.

Esa casa oscura
sin llama ni flor
perdió su ternura
y alojó el rencor.

Esa casa loca
de roto diván
en silencio evoca
su muerto volcán.

Esa casa enorme
de altivos ladrillos,
de torre triforme
y afán de castillos
cerró sus ventanas
en discreto ardid
para ahogar sus ganas
de perpetua vid.
Y clausuró puertas
que abrieran su sed
y llenó de alertas
a cada pared.

Tiró la escalera,
tapó el tragaluz
y hasta la galera
llevó el arcabuz.

Y cuarto tras cuarto
asfixió en betún
la señal del parto
que la hizo común.

Tapió corredores
y enredó el sinfín
de antiguos amores
marchitos de hollín.

Destruyó las camas
y los aposentos
de los panoramas
a todos los vientos.

Quemó los armarios,
tiró los baúles
e incendió vestuarios
de tonos azules.

Cesaron las fiestas
y cayó el telón
de antiguas orquestas
sin resurrección.

Y vació las salas
de sofás y alfombras
y cambio las galas
por vagar de sombras.

Y la mesa engorme
de viandas y vinos
convirtió en deforme
residuo de espinos.

Selló la cocina
de su algarabía
y mandó a la ruina
toda su alegría.

Marchitó el jardín
y vació las fuentes
y en seco motín
las dejó dementes.

Esa casa harpía
que el dolor tajó
con su manantía
de constante no,
agrietó pilares,
deshizo balcones,
rompió los telares,
calló sus canciones.

Esa casa muerta,
despojo de vida,
doliente, desierta,
de miedo tupida,
sangrante, desnuda,
silente, sin nada,
vencida en la duda
por la mascarada...

Esa casa aislada
en su arduo caló,
incomunicada,
flotando en la nada,
soy yo.


…pero en algún día

como en Jericó
caerá su sequía
y habrá otro rondó...
 
 
2
Piedras conjuradas
por sismos imprevistos
masacraron
su roto corazón
sin lágrimas;
esquirlas de lascas
asesinas
rasgaron las pilastras
de su cuerpo
en terremoto
y lo derrumbaron
de su altura gótica;
castillo abandonado
sin princesas,
bestia vencida
que se hundía
en la tierra despiadada...
devoradora de sus riscos.

Sus torreones
que retaban
los celajes
con su altiva mueca,
quebraron su soberbia
y cayeron doblegados
al estrépito
de sus balaustres
doloridos.

Las ojivas extenuadas
de sus ruegos
abatieron sus vitrales refractarios
y en ciscos taciturnos
estallaron
su agotada réplica
de súplica.

Mazazos destructores
de su altura
desmoronaron sus espacios
arquitectos
derribando los escudos mensajeros
de su efigie
y empolvando los recuerdos intangibles
de los besos
que se hirieron.
Se fundieron
sus vaivenes amorosos
con el odio
espectral de los silencios
y se eclipsaron
en la vasta tolvanera
de sus campanarios mudos.

Derribado,
irrumpieron los fuegos
todo el plano de sí mismo
calcinando
sus ladrillos temporales
y en el incendio
derritieron los metales
que fraguaron
sinfónicas edades.

Acabó todo.

En medio de pedruscos
la ceniza acurrucó sus espejismos
en la grava
y su carne
de cascajo
se hizo estatua,
pétrea estatua
de un desierto
que estampaba
a carcajadas,
las escorias
de sus ruinas,
sus escombros...
antes murallas.

 
3
¡Déjenme!
¡Quédense con sus cadenas
arenarias!
¡Labren rascacielos
con el humo!
¡Construyan nacimientos
muertos!
¡Váyanse a rascarse
con sus risas
la prisa de morirse
en el tumulto
a tientas
y a pavesas!

¡Déjenme!

¡Sigan el esquema
que los ata
a programas satisfechos
de sus ventas!

¡Hagan lo que quieran
que es hacer lo que quieren
ellos que hagan!

¡Y unifórmense el vestuario
tan doméstico
de los huevos
estrellados,
del trabajo a rutina
cultivado,
de los fines de semana
huyendo
y los términos de mes
muriendo de hambres!

¡Déjenme!

Yo estoy tan superior
acompañado,
tan envuelto de brazos
que me extienden,
tan rodeado de rostros florecientes
que me alzan,
tan inmerso en la trastienda
de sus calles,
viviendo libros,
amando verdaderamente
a tantos,
que no me importa
si tienen nuevos autos
para darse más fe
de que algo valen
o avenidas recién inauguradas
para el paso cotidiano
de sus larvas reducidas
a mecánicas piltrafas.
No me incumbe si hay más horas
de trabajos destajados
para comprarse modas
que les den apariencias
de felices
o amenazas de morir
en hambres
si no alcanzan a cubrir
mensualidades
y otros pagos de su vida
prostituta,
pero legalizada.
¡Déjenme!
Váyanse a la fauna
que circula
hecha manadas
e intégrense a esos hijos
de la nausea;
marchen en desfiles
fantochadas
enseñando las postizas
marcas
con que enjaulan las vaginas
a los penes
engreídos de sus babas;

Piérdanse en el magma
que los castra
a muy su gusto
y los vuelva materia
defecada.

¡Déjenme!

Mi universo es infinito
y no puede comprender
su mente encandilada
las galaxias que me labran.

¡Déjenme!

Ultra individualizado,
es decir colectivizado...

Déjenme sentir
cómo me unen los contrarios
las partes destazadas
y me publican en palabras
las fusiones
de un hallazgo
revelado.

Cerebros mínimos,
pueden largarse
a ser más ínfimos.

Déjenme velado
entre mis cirios
que son vida
y no en sus delirios
desvelados
que son muerte
a cada orgasmo!

¡Déjenme!

Mientras yo crezco
a lo alto...
ustedes sólo a lo ancho.

 
4
En el aire glacial
de las alcobas
sólo gime el amor
amortajado,
envuelto entre gasas
y alaridos,
hecho cadáver
sobre el lecho
donde antes
era vivo
y en alcohol
momificado
su desvelo
estira su mirada
hacia el olvido…
mas su párpados
lo encierran
en capillas
fraguándole el recuerdo
de su entierro.
Sólo queda un largo eco
de los cuerpos
que yacieron amantes
sus matices
y sutiles madejas
destrenzaron
en su núbil buscar
de paraísos.

Sólo queda un leve olor
a encinas
donde el viento
le tejió su nido
y colgado de las ramas
una tarde
meciéndose el amor
se hizo suicida.

Ahora solo,
sin morirse
de su muerte,
dispersa en las tinieblas
sus esencias;
ya no hay flor
que perfume
sus sábanas desnudas
ni le den el ímpetu
para poses lúbricas.

Amor tendido,
carnaval abandonado
a su propia deriva
de fantasma…
espectro.
 
 
5
Sus venas se desangran
lentamente
en la gélida
vertiente
de las piedras
y derraman
sus deshielos
en el pozo
donde nace su agonía
de afluente.

¿Por qué este laberinto
de principios
y finales?

¿Por qué esta inmensidad
sin luces?

¿Por qué este perenne
movimiento
que deja en sus arenas
soñolientas
el peso inconmovible
de las horas
y su afrenta?

¿Por qué la ilusión
de ser eterno
y sin embargo se borra
cada sombra
al golpe mineral
de turbios mazos?

¡Qué necia terquedad
de las preguntas
que de siempre conocen
la respuesta!

Amor es polvo
de engreído cosmos
que se hace roca
de ningún planeta.

 
6
Sombra
de su propia
sombra
lo opaca
y lo ilumina,
entre locos reflectores
que lo alargan
y lo achican,
cuando desolado
brota
de su muralla
pétrea.

La ciudad lo espera
en vericuetos
con sus promesas
de encontrar
los extravíos
de su furtivo corazón.

Lluvia de faros
lo atacan
y masacran
con sus luces
al salir de sus parajes.

Llovizna de gasneones
lo derrumba
su burla de colores
y sobre su sonrisa yerta,
mueca desolada,
los autos herejes
rezumban
a su paso
el insulto de su claxon
sin clemencia.

Huracán desatado
de faroles
descubren con mercurios
la palidez
de su andanza
desalada,
y vuelto caminante
muerto,
zombi por callejas
naufragando
bajo truenos
que le gritan
de relámpagos ahogados,
se consume
de su vida antigua,
siete vidas renacidas
y remuertas,
rematadas
al impulso inesperado
de altas lámparas
secretas.

Multiplicación de sombras,
se contempla,
todas tan suyas,
-ciudad siniestra-
y se desnuda en piedras
al impulso del vértigo
nocturno
de esta urbe que lo eleva
y que lo humilla,
que lo mata
y que lo alivia...

 
7
Laberíntica ciudad
de subterráneas fauces,
yo soy el que nació
de tus entrañas,
piedra solar,
para nutrirse
con tu algarabía
de voluntades rotas
y vivificarme en ella.

Yo soy el que procede
de tus polvos,
serpiente empedrada,
que te configuran ardua
y acarician tu siempre
carne mórbida
donde se halla la violácea
huella
de los azotes
mecánicos.
Laberíntica ciudad,
Coatlicue,
yo soy el engendrado
fatuo,
combatiente y derrotado,
como el palpitar estéril
de tu corazón asfáltico.
Ciudad dispersa,
desplumada,
quetzal despedazado,
multidiversa
y sin embargo única,
qué fatigante camino
me has trazado
para conocerte
entre las balumbas
de tus cañerías,
entre las fogatas
de tu noche aislada,
entre los desiertos
de tus romerías.
Ciudad,
montón de tulares
sepultados,
avergonzada de sus tunas
rojas
que disfrazas
con mentiras
de otras urbes
-más vacías,-
sin más espejos
que te recuerden,
-Tezcatlipocas-
tu flor de días.
Ciudad,
que fatigante camino
he elegido
-en mi peor herida-
para recorrerte
entre tantos autómatas
que vagan
sus alegres creencias
de que viven
en su muerte;
entre tantos robotes
que adorándose
se sienten tus innovados
ídolos.
Ciudad,
ya se ha roto
el cauce
de tus engranajes
y tu periferia
se derrama
en lástimas.
Casas perdidas
de su azul celeste,
como yo,
de su rojo sangre,
como yo,
de su esmeraldas,
como yo,
de naranjas místicos...
como yo.
Hoy tus puntos cardinales
son agoreros grises
de mecanos desolados
que no encuentran
su gemelo,
como yo;
para siempre
de su coatli separados,
como yo.
 
Ciudad,
qué desolado camino
me ha quedado
para conocerte,
-solitario-
y aún así,
llorón en pena,
-sensiblero Tláloc-
quererte.
 
 
8
Ciudad,
maraña de cables
y azoteas,
de postes
y de pestes,
de anuncios
y de gentes,
recinto de mis vidas
y mis muertes...

Ciudad,
enredo de tristezas
y alegrías,
de cantos
y de cuentos,
de gritos
y silencios,
mortaja de mi esencia
y de mi cuerpo.

Ciudad,
embrollo de emboscadas
y de intrigas,
de arenas
y de escombros,
de barros
y de lodos,
tumba de mi amor
y de mis odios…
Ciudad,
piedra más que soy,
de ti me lleno
y me orno.
 
9

Laberinto de luces devorantes,
noche alta,
delínea la nostalgia
de mis ojos
y entre prismas
que elevan sus alturas,
sollozo
la cristal ausencia
que se cuela
en mi geométrica estructura.

La ventana se abre lenta
al aire seco
que reseca a cada soplo
mi esperanza
y en el cuarto de un motel
desmemoriado,
recuerdo nuestra flor…
tan mañanera.

La ciudad parecía disimular
a cada beso
y la cama se movía
desesperada,
sin oír el estruendo
de las calles
que gritaban su dolor
amordazadas,
acostadas para siempre
en su cansancio
de putas maltratadas...

Y otra vez las palabras degastadas
con el rezo de siempre
-te amo-
y otra vez
-te amo-
y otra vez
-te amo-
tantas veces repetido
-te amo-
como el empedrado
de nuestro valle
que nunca volveré a pisarlo.

10

Nostalgias reaccionarias,
falsas metralletas,
detengan sus balas,
sus jaulas,
sus cadenas…
no me envuelvan
y déjenme seguir labrándome
de piedra.

No asomen sus garras
tras el hambre
de ayeres traspasados
y dejen los cadáveres
perdidos
en su aires apestados
y en su tierra
de gusanos.

No revivan osamentas
ni carnes fundidas
a la espera
de un nuevo soplar
que las encienda.

Deserten agoreras
de mis labios,
destrúyanse agotadas
por olvidos,
no estremezcan la estatua
proyectada
con monarcas orfandades
ni quieran sucumbir el mármol
derrumbándolo en los páramos
sin eco
donde vaga mi altivez
de humo,
envanecida,
petrificada en lágrimas...
 
11

Urbe lumínica,
ínclita y ubérrima,
ínfima y abyecta,
sobre tu asfixiado rostro
se deslíen
las pintadas piedras
y hasta el tezontle
pináculo
mancha su sonrisa fresca
de rojizas vetas...

Tus antiguos vestuarios
de palacios íntimos
agrietan su esbeltez
con telarañas ruecas
y se visten
de letras rameras
en venta de palabras
huecas...
secas de sudor
evaporado,
hartas de tanta compraventa.

Tus canales de crecida sangre
parchan su esbeltos cauces
con manchones grises
de la urgencia
mientras víboras sin plumas
discursean
holgadas pancartas de mentiras...
periféricas.

Urbe nocturna,
diurna y
diuturna,
soledad andante
de urdidumbres,
muchedumbres
sin lumbres nuevas…

Urbe lacrada
por presentes tránsfugas,
y búsquedas prismáticas
que enlodan
sus pilotes
donde erigen
su grave pesadez
de insomnios…

Urbe larvada,
enferma de amibiasis
y de humos.

Urbe esculpida
con antiguas caminatas
olvidadas
en un puente falseador
de ascensos.

Urbe soberbia,
altanera de miserias,
mezclada en la risa fogonera
de limosna
a cada esquina.

Ciudad plagada
de carteles obstinados
y vasallos impertérritos
que aplauden
la dicha de adorar balones,
y desnudos imposibles
de tocar al alba,
y boxeadores sin vergüenza
de cavar con sangre
la tumba de automóvil usurero.

Urbe insensible
donde muere hasta la plaza
de perversos crucifijos
y no reza ni siquiera
un hijo nuestro
de tanto violentar
ave marías...

Urbe factotum,
idólatra de divos tricolores
que en su ilusa fusión
de tantas manos
se sienten versados
en su polvo.

Urbe tan mía,
esmog más transparente de los aires,
te amo así,
porque tú…
no eres culpable
de la garra
que te invade,
ilusionada de ganar
la panza;
porque tú…
no eres culpable
de las furias
que te giran
y te violan
las matrices
en su embauque
de tesoros escondidos;
porque tú…
eres inocente,
casta y pura,
a pesar de chichimecas
nunca urbanos
que no saben
rehacer la metrópoli del sol
y la serpiente,
de la flor
y los plumajes
ni del águila
que vuelve.

Te amo así,
pues como yo
te has vuelto pétrea,
segura de tu ayer,
a porvenires,
será la dialéctica estructura
donde erijas
tu pirámide...
umbilical retorno
de la tuna
que hoy pernocta
en sementeras necias...


 
12
Caminando en el hueco total
del viento
la lluvia me derrama
sus péndulos inútiles,
llanto fundamental
del tiempo
que me subyuga
en un difuso dimanar
de pasos demorados,
retardados,
sin magnitud de régimen,
sin dimensión de súplica,
sin longitud de enlaces,
sin extensión de avances.

Caminando bajo un llanto
tan sonriente,
afluente
de una tarde triturada,
me angosto
en la nocturna huella
de un onírico desvelo
sin precisión exacta,
lisiado el tacto pregonero
obvio el ridículo fanático,
estricto el miedo.

Sólido de mí,
incertidumbre en anclas,
magnate del silencio,
escurro gritos turbios,
sin más defensa acuosa,
y oprimo el puño
y las cejas
y la boca
para que nadie,
NADIE,
ninguna ventana abierta,
ningún sótano vendido,
ninguna azotea somnámbula,
ningún portón menopáusico,
se sienta con el derecho
de modelarme el plástico
revestimiento dúctil
que me congela.
Vagando
en egoísta marcha,
contingente de mayo sin primero,
obrero adinerado sin dinero,
asalariado sin salario
millonario,
monarca de mí mismo,
reafirmo el pacto de oídos sordos
ante la voces que me levanten,
o me apedreen;
que me acaricien
o hasta me humillen.

Intenso en mi fibra íntima,
tenso en mi denso zócalo,
despreciando los horóscopos superfluos,
flechador sin cielo,
siento la lluvia bajo los árboles nuevos
y un llanto no llorado
me sonríe los labios.
 
13
Quemaré las naves desancladas
para evitar tentaciones de retornos
y venciendo cobardías intactas
doblegaré la sed,
mi sed…

Sojuzgaré las hambres,
nuestras hambres,
y romperé los muros
de mi oquedad sitiada
y caerán los portones
presidiarios
de mi epidermis ultra
como antiguas columnas opresoras
de la indemne bulla…
Y un fuego encenderá la alfombra
donde antaño adormecía la magia
sus murallas...
Horrísono Luzbel sucumbirá crucificado
y Job me prestará su escudo
para luchar contra el extinto llanto
de mis arcas diluviadas,
olvidadas.

Flamígero manejaré la espada
-arcángel-
para domar serpientes
y rompiendo telarañas
recobraré mis vuelos contenidos
para vencer las parcas
y Erinias controladas,
llegaré al nuevo castillo
-Delfos soñado-
donde imperaré
sobre mí mismo,
dueño otra vez
de mis entrañas
y de mi carne
con innovadas alas...
 
 
14
Inmerso en el centro del círculo
puedo hundirme
o volar...
mas no acepto girar
y girar
y girar
y girar fingiendo movimiento
que no cesa,
inmóvil en su mismo vicio a cuestas...

Mi espacio
es concluirme cada día
y nacer a otro horizonte,
salvado de mi abismo
y de los tantos
que se empeñan en rediles
y carteles...

Yoicidad conversa,
sin fatiga de cuentos
que hagan mitos
para ritos
adversarios solidarios,
no requiero de las letras
que me embarguen
la esperanza...

Sólo acepto ser el ser de cada encuentro,
albergue efímero,
que me dará la posesión eterna
de volverme colectivo
en cada una de sus huellas...
 
15

Este inmenso yo que me trasciende
- escala fugitiva -
y me obliga a caminar,
aunque no quiera,
por internos vericuetos,
tras torreones nuevos
y atalayas
de mi alcázar fortaleza,
envuelto entre capas transparentes
- túnicas de viento -
recorre mis parajes presentidos
- somnámbulo poseso de otros sueños -
y mostrando pasadizos
descubiertos,
encubiertos por decreto,
me revela los secretos insondables
en sus ecos...
y me vuelve promotor de la aventura
de vivir tan dentro
que no quiera más salir de mi locura
ni de este extraño fuego
que me cura
y madura
- ardiendo soledades -
el fruto que me anuncia
la renuncia
al exterior
de vanidades...
 
16
No iré más por el camino de los vientos
como antaño pregonando inmensidades,
porque rudos esqueletos me condenan
a tirar mi carne...

No iré más como en épocas efímeras
a la búsqueda indiscreta de una luz
ni ahondaré en las superficies fatuas
olorosas a ataúd.

Solamente trashumando al horizonte
romperé la circular manía
del amor
- teatro pequeño del mundo -
y a golpe de cilicios deicidas
lo mataré de sol
y resecado,
tendré su zalea en el zompantli
para cubrir los cráneos
de mi seca flor.
 
 
17
Ante el cadáver de mi madre

Al borde de la muerte
con un pie en este lado de la vida
y el otro perdido entre las sedas
de mi amortajado génesis,
quebrados los vacíos que sostuvieron
la ilusión planificada
de ser centro de todo el universo;
arrodillado,
mordiendo el humus,
humilde como aquél que se reinclina
al mirar su pequeñez alada
ante el gigante que lo avasalla;
sentado a trizas que me destrozan
cada soberbia enarbolada,
situado por primera vez ante el estrépito
de bofetadas que me aligeran
las pesadeces de mi altanera posición
de sol,
cristal caído,
vertiendo añicos toda mi carne,
cayendo de pedestales la mente,
fantoche crédula de su orgulloso hilo,
punto tan sólo del agitar perenne,
mínima gota de huracán florido,
títere mínimo de hombre engreído
de su estatura...
deleznable altura,
devoro las rabiosas lágrimas
con que clausuro
las altitudes de mi creída esencia
y me descubro
desnudo,
sin máscaras ni tretas,
hipnotizado,
mirando el rostro que una vez mirara
la sorpresa de mi mano obrera
construyendo sendas para cada huella;
me descubro,
narciso al agua de su lago llanto,
viendo los ojos que siempre me vieron
cerrados como si durmieran,
como si me dieran la esperanza tenue
de que algún momento
se le renacieran.
Me descubro
mirando los labios que me dieran nombre
opresos de un silencio cauto,
como si temieran revelar misterios
que nunca quisieran...
Me descubro
contemplando la piel do se acuñó la mía,
tan tersa y nítida,
como si una aroma de soñados aires
la vistiera en nardos
que la protegieran.

Y me reconozco brizna...
y me identifico arena...
y me reflexiono nada...
sólo molécula,
sólo elemento de un vasto y cruel espejo
que nos proyecta su sueño,
que se alimenta de sombras,
y nos devora a suspensos,
en su añoranza de horas,
en su labranza de tiempos,
en su balanza de alquimias.

Y transformado en arcilla
voy engendrando raíces
que destruyen
los poemas pétreos de mi estatua
y enredando los cimientos con su savia,
me voy solucionando en hojas,
me voy reconfortando en árbol...
y me satisfago viento
y lluvia
y canto...
canto flor y canto,

Coatlicue madre
me renaces desde tu muerte
dadora de vida
y soy tu espejo
-Tezcatlipoca-
y crezco a jades,
-Huitzilopochtli-
única probable huella
de tus caminos truncos,
-plumajes refractados-
creación sin fin
-Quetzalcoatl-
sobre mictlanes agrios,
me identifico,
única promesa ilusa
de eternidad dialéctica.