Por los pícaros garbanzos

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Por los pícaros garbanzos de Arturo Reyes



Para JOAQUÍN DICENTA


I[editar]

Cuando al asomarse una mañana Joseíto el Barbero a la puerta de su establecimiento, vio por fin abierta la nueva carnicería de las Nenas de Capuchinos, tentado estuvo de ir a la iglesia más próxima a darle coba al campanero para que echara al vuelo las campanas.

Y nada de extraño hubiera tenido que convirtiera en realidad sus tentaciones, porque con razón sobradísima habíale aquello hecho vislumbrar un horizonte risueño, un oasis en el desierto de sus inacabables angustias, que desde punto y hora en que se recrearon sus ojos en la contemplación de la nueva carnicería y, sobre todo, de las cuatro bellísimas carniceras, comprendió que pronto su barbería, hasta entonces humilde y solitaria, habíase de convertir en codiciado mirador y en irreemplazable apostadero de todos los que por aquel entonces suspiraban, más o menos descaradamente, por las tres Nenas solteras, y más o menos a hurtadillas por la legítima consorte de Periquito el Viruta, un mixto de calé y de castellana, que pregonaba a voces su paternal abolengo con su rostro atezado y varonil, sus ojos de pupilas negrísimas, su pelo hirsuto y rizoso y su boca de gruesos labios y blanquísima dentadura.

Y tan no le engañaron a Joseíto sus presentimiento, que ocho días no habían transcurrido desde aquel a que hacemos referencia, cuando viose precisado a pedir auxilio a otro de los del oficio para poder seguir atendiendo a la tan numerosa como improvisada parroquia.

Y si Pepe tuvo que elevar, llenos de gratitud, sus ojos al Altísimo, no tuvieron motivos tampoco de queja las famosas Nenas ni Perico el Viruta, afortunado y legítimo poseedor de los hechizos de Clotilde, la mayor de aquéllas, que desde que abrieron por primera vez las puertas del establecimiento, no hubo en todo el barrio quien a él no concurriera a adquirir desde la perra de gordura, con que engrasan los mas humildes el miserable mendrugo, hasta el sabrosísimo filete, que de sabrosísimo lo calificamos por versiones llegadas hasta nosotros en el transcurso de nuestra frugalísima existencia.

Y tan a gusto iban las Nenas, el Viruta y Joseíto el Barbero en el machito de su bienestar, cuando una mañana, mañana en que el sol parecía acercarse más enamorado que nunca a este rincón andaluz; en que lucía el ambiente incomparables transparencias; en que en todo parecía reír la vida; en que una multitud alegre, parlanchina y pintoresca discurría en animado bulle bulle por calles y plazas; en que los vendedores ambulantes ponían en sus pregones sus más quejumbrosas armonías; en que un organillo callejero dejaba oír sus acordes y un bandurrio de rapazas bailaba a su alrededor con sorprendente habilidad; mañana, en fin, en que parecía empeñada la vida en aniquilar la pena, Perico el Viruta, que secundado por su bellísima consorte y las hermanas de ésta apenas sí daban abasto a cumplir con su bien recompensado cometido, enarcó de pronto las cejas, frunció el ceño, y algo parecido a una amenaza resbaló por sus negrísimos ojos.

Clotilde, que, como se suele decir, sabíase de memoria a su compañero, no tuvo que atormentar mucho su imaginación para inquirir la causa de aquél a modo de misterioso zafarrancho de combate.

Ya ella había notado, momentos antes, la presencia de Juan el Berrinche entre los zánganos situados en la barbería; Juan el Berrinche era un malahora que hacía poco había regresado del Peñón de la Gomera de perfeccionar sus estudios; Juan el Berrinche habíale tirado a ella los chambeles antes de que el Viruta se la llevara en el pico, y si Juan estaba allí era seguramente con las de Caín, con las de coger la luna, y en caso de que esto no pasara, que no pasaría, con la de buscarle la boca a su Perico, y si le buscaba la boca a su Perico íbase a jurar la Constitución seguramente, porque si aquél era de ácana, no estaba hecho su hombre tampoco de la masa de los fideos tallarines, y podrían llegar las cosas a mayores, y...

-¿En qué piensas?, -preguntole en aquel momento su marido con voz un tanto colérica, al verla como magnetizada delante de uno de los brazos de ternera, al que parecía amenazar con el reluciente cuchillo, y...

-En na -repúsole Clotilde, haciendo por ocultar la inquietud que empezaba a llenarle de temores el espíritu y de sombras el pensamiento.


II[editar]

Terminadas las horas de la venta, reluciente todo en la carnicería como una jarra de plata, sentose Clotilde un día, algunos después de aquél en que hubo de tener lugar la anterior escena, detrás del mostrador, y

-Vecino, haga usté el favor de venir -díjole a Joseíto el Barbero al ver a éste cruzado de brazos en la puerta de su casa.

Pepe, como hombre galante que era, no se hizo repetir la orden, y momentos después preguntábale a Clotilde, inclinándose sobre el limpio mostrador de piedra, al par que ponía en sus labios la más dulce sonrisa de las de su vasto repertorio:

-¿En qué se le puée servir a la jembra de más cartel de este distrito?

-Pos le diré a usté -repúsole aquella con aire algo embarazado y con voz fresca y argentina-. Usté puée servirme, si quiere, jaciéndome un favor que yo le voy a pedir con toas las veritas de mi alma.

-Pos con tal que no sea que resucite los difuntos, o que le sirva en su salía al lucero matutino, ya puée usté mandar lo que le dé la repotente gana.

-Pos ni el lucero en su salía ni la resurrerción de los muertos es lo que yo le voy a pedir, que lo que le voy a pedir a usté es cosa de muchísima menos monta. Pero primero le voy a hacer a usté una pregunta, pa que usté me la conteste con el corazón en la mano.

-Pos usté preguntará, maravilla.

-¿Usté está enterao de que yo quiero a mi Perico más que a los ojos de mi cara?

-Vaya si estoy enterao yo de eso, señora. Si no hay más que mirar cómo lo mira usté cuando lo mira.

-Pos bien: una de las cosas que yo quiero es que se entere de eso toíto er mundo.

-¡Pos no tiene usté más que poner un cartel en uno de los quioscos de la plaza!

-Es que el que yo quiero que empiece por enterarse de eso es un malahora que puée buscarle una esaborición a mi Viruta, un pajarraco que vengo yo trompezándome jace ya muchas mañanas en su barbería, y el favor que yo quiero recibir de usté es que haga que no vuelva yo a ver a Juan el Berrinche de plantón en mitá de sus cubriles.

-¿Y cómo quiere usté, prodigio, que yo haga eso? ¡Camará!, ¿no comprende usté, verdugo, que pa hacer eso necesito yo antes embarsamar a ese gachó?, -repúsole el barbero, palideciendo intensamente ante la terrible demanda.

Clotilde se encogió de bombros, y le dijo con acento en que empezaba la cólera a poner sus mas sordas vibraciones:

-Mire usté, Joseíto: tan y mientras a mí la candela no me ha llegao a lo vivo, yo no me he opuesto a que usté alquile o no alquile asientos en su barbería, como si mi tienda fuera un cinematógrafo; pero es que eso del Berrinche me ha puesto ya amarga la boca y la saliva espesa, y sa menester que, sin que se entere la tierra de que yo se lo he pedío, me quite usté ese espantajo de mi jaza y no lo vuelva yo a ver en ella en to lo que me quea de vía.

-Pero ¿no comprende usté que mi compadre es un miura y que en cuantito yo le pestañee siquiera, me va a dar un acosón y va a jacerme salchicha pa con tomate?, -exclamó Joseíto mirando a Clotilde con expresión asustada.

-Usté hará lo que quiera -repúsole ésta de modo implacable-. Pero yo le prometo a usté que si vuelvo a ver en su tienda de plantón al Berrinche, a los cinco minutos de verlo le pongo papeleta a mi portal y me voy con la música a otra parte.

Joseíto tembló todo al oír el ultimátum de la gentil carnicera... Si ésta llevaba a la realización su amenaza, tornaría él con su compañera y sus cuatro gurripatos a las pasadas amarguras, a las pasadas escaseces, y si defendía los pícaros garbanzos, tendría que pelear con el Berrinche, con el más temible, de más agallas y de sangre más malita de los hombres de pelo en pecho. Y al pensar en aquello sintió que le flaqueaban piernas y corazón, y salió de la carnicería pálido y tembloroso, casi viéndose ya tan descuartizado como las reses que expendían las Nenas de Capuchinos.


III[editar]

La estupenda noticia había corrido por todo el barrio como por regueros de pólvora. Joseíto el Barbero acababa de darle un palizón a Juan el Berrinche.

-Pero ¿cómo ha podío ser eso? ¿Cómo se ha aterminao a eso Joseíto?, -preguntole al Tenazas Perico el Cachiporras, el más íntimo de los compadres del barbero.

-¿Que cómo?, -repúsole aquél-. Pos mu sencillamente, según me han contao, Joseíto confesó, comulgó, hizo testamento, se vistió de limpio y se fue en busca del Berrinche, al que se trompezó en los Callejones. Conforme se lo trompezó, se lo llevó a una rinconá, y se puso a platicar con él, y de pronto, chavó, alza la mano el Berinche, y... pun..., un escopetazo en un pómulo, y entoavía no había acabao de sonar el escopetazo, cuando ya tenía el Juan en la mano el comodoro, que de largo que lo estila el gachó sa menester meirlo en bicicleta.

-Pero ¿y José?, -preguntóle lleno de ansiedad el Cachiporras.

-Cállate, hombre, que no sabía yo lo que era Joseíto. ¡Camará!, tú no sabes lo que nos tenía guardao; suponte tú que tos los que lo vieron dicen que en cuantito se repuso de la guantá, sin mirar lo que el otro tenía en la mano, arremetió contra él, le quitó el jierro, y na..., que se jartó a lo pavo con él; suponte tú si se jartaría, y si le habrá puesto al Berrinche desfigurao el perfil, que to el que ha visto después a Juan dice que Juan no es Juan, sino que debe ser alguno de sus hermanos o de sus primos hermanos.

Y cuando, al día siguiente, preguntábanle a José sus parroquianos la causa de su enganche con el Berrinche, encogíase José de hombros y respondía con melancólico acento:

-¡Por qué había de ser, por mo de los pícaros garbanzos!

Y cada vez que decía esto, arrojaba a hurtadillas una mirada de reproche sobre Cloto, la mayor de las Nenas de Capuchinos.