Posfación a las Memorias Íntimas - Capítulos I - V

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Obras Completas de Eusebio Blasco
Tomo IV, Memorias Íntimas.
Posfación - Capítulos I - V
 de Nicasio Mariscal


Nota: se ha conservado la ortografía original, excepto en el caso de la preposición á.


I

¿Qué razones hay que excusen, ya que no justifiquen, el que no haya sabido declinar el honor que, más conturbado que satisfecho, he recibido con el encargo de escribir estos renglones que cierran, no encabezan, como mis comitentes deseaban, las por desgracia incompletas páginas de la vida de uno de los hombres de más mérito que ha producido nuestra patria en el siglo XIX?

A mi entender no existe más que una que pueda disculpar mi atrevimiento: yo cerré piadosamente sus ojos que tanto habían visto y observado; en mis brazos amigos exhaló el postrer aliento su pecho generoso; yo recogí con ansiedades de médico y tribulaciones de amigo los últimos latidos de su corazón, de aquel gran corazón que por tantas y tan nobles causas palpitara.

Con ánimo bien inclinado, muchos; con aviesa intención, tal vez, algunos, no busquéis, pues, discretos lectores de Eusebio Blasco, otro motivo, otra explicación para tal hecho: la consideración expuesta es la única que me ha movido a aceptar esta póstuma colaboración con el amigo ilustre, con el genial literato.


II

Mi conocimiento y amistad con Blasco tuvieron un origen muy poco común.

Por los años setenta y tantos a ochenta del tinado siglo XIX, y estando yo en la edad de la adolescencia todavía, mi paternal amigo D. Federico Muntadas, dueño del lamoso Monasterio de Piedra, invitó a varios representantes de la prensa nacional y extranjera a la inauguración de unas grandes obras que se acababan de ejecutar en aquella sin igual residencia. Entre otros ilustres periodistas que aceptaron el convite y partieron para las pintorescas orillas del río Piedra figuraba nuestro llorado amigo don Eusebio Blasco, quien, si mal no recuerdo, era uno de los redactores de El Liberal, periódico que, por reproducción excisípara, acababa de nacer de su célula madre El Imparcial.

Encontrábase a la sazón Blasco en el apogeo de su gloria y de sus prodigiosas facultades de escritor, y ese esprit gaulois, que ha sido la característica de su ingenio y que no había de tardar ya mucho tiempo en hallar acomodación exacta en las columnas de uno de los primeros periódicos parisienses, estaba entonces en plena floración.

Llegó a Piedra nuestro buen amigo: con espectáculos grandiosos é imponentes vió cosas que se prestaban al empleo de su fina sátira, ya en el viejo edificio, maltrecho y deteriorado, ya en los servicios de fonda, carruajes, etc., y no necesitó más para escribir un artículo, gracioso como todos los suyos, pero del que no salían muy bien libradas las cosas que pudiéramos llamar accesorias del Monasterio de Piedra.

Leerlo yo—que, entonces como ahora, era un idólatra ciego de aquel ameno sitio—, subírseme la sangre a la cabeza y coger la pluma con ánimo de escribir no uno sino varios artículos, refutando lo que Blasco decía de ofensivo, en mi concepto, para mi amado Piedra fué todo uno. En mi carácter serio e ingenuo de adolescente no encajaban bien ciertas bromas que ni entendía ni excusaba, así que mis artículos resultaron un poco fuertes para mi pobre futuro amigo, y no sé cómo me los publicaron en el periódico de Zaragoza donde, por primera vez en mi vida, solicité hospitalidad para un escrito mío. Recuerdo que le decía, entre otras cosas, que desde la primera letra de su artículo hasta la última no había una palabra de verdad, excepción hecha de cuanto se refería a las naturales maravillas que la tal residencia encierra, porque el negar éstas—añadía—fuera propio de un insensato tan sólo. Le decía, también, que se le conocía poco su origen zaragozano, pues más que nacido en las riberas aragonesas parecía engendrado en las playas andaluzas, porque aunque se escudase, al concluir el artículo que insertaba en el «Entre páginas» de El Liberal, con el «no se ofenda nadie por estas alegres expansiones», debía decirle que el buen humor no daba derecho a faltar del modo que él lo hacía a la verdad, gravemente atropellada en sus «Impresiones de Piedra», mucho más cuando a él se le podía decir aquello de: «¿a caballo y gruñes?», y, para terminar, le invitaba a retractarse de todo lo que con ligera mano había escrito, en sus «Impresiones», relativo al Monasterio de Piedra, si quería que fuésemos amigos, pues de lo contrario no podría reinar buena armonía entre nosotros.

Llegaron aquellos artículos a manos del ilustre Eusebio Blasco; por su forma y por su fondo debió de comprender que el autor de ellos era un niño y, a mayor abundamiento, aragonés como él; y, en vez de sulfurarse cual yo había hecho, miró el escrito y a su autor con aquella serena filosofía conque él acostumbraba a mirar todas las cosas de este mundo, y comprendiendo la noble y sana intención conque el joven aragonés había enristrado la pluma, no tuvo a menos coger la suya, áurea y gloriosa, y dirigirse a aquel modesto y belicoso joven, diciéndole que tenía razón en lo que decía, que las bellezas de aquel hermoso sitio eran para cantadas por un Virgilio, no para descritas por un gacetillero, pero que el oficio imponía a veces duros deberes, aparte de que el gusto del público, obligaba a escribir en ese tono satírico y jocoso que tan mal me había sentado porque rara vez el vulgo transigía con lo serio, y que, después de todo, Aragón y su Monasterio de Piedra ganaban más con la forma en que él había tratado de aquella joya, que si se hubiera ocupado do ella en tono más grave y solemne,- pues entonces hubieran leído el artículo de El Liberal media docena de personas y así estaba seguro de que lo habían leído cuantos tuvieron aquel número a su alcance.

Cedió—¿cómo no?—con tan alto honor mi enojo y le contesté pidiéndole mil perdones por las frases algo fuertes que en mis artículos le dedicara, y de este modo tan inusitado dieron principio nuestras relaciones amistosas, hace do esto la friolera de unos veintitantos años.

III

Nada volvió a saber el glorioso escritor de su nuevo amigo en mucho tiempo. Él, marchó a París a refrescar, con nuevas y más frondosas ramas, el laurel que sombreaba su radiosa frente. Yo, terminados mis estudios y tras el breve paréntesis de una ausencia de pocos años, volví a Madrid a sentar en él mis lares y trabajar en la oscura e ingrata labor de abrirme un camino a través de los egoísmos, rivalidades, suspicacias, indiferencias y miserias de que está llena esta

                 ...selva selvaggia ed aspra e forte
            Che nelpensier rinnuova la paura [1]

y que forman las grandes sociedades modernas. Pero llegó un día en que, vuelto el expatriado voluntario a la madre patria, sintió con más vehemencia que nunca el santo amor de la tierra natal y, queriendo reunir en familiar ágape a todos los hijos del noble solar aragonés, organizó aquella inolvidable «Fiesta de la jota», de la que fué lástima que no supiéramos sacar lazos de fraternidad más sólidos y permanentes que unieran para lo sucesivo a todos los naturales del antiguo reino que, por nuestro bien ó nuestro mal, nos vemos obligados a residir en esta coronada y hospitalaria villa.

En la susodicha fiesta hicieron el gasto, como suele decirse, tres egregios periodistas, de los cuales, por desgracia, ya sólo vive uno: Luis Royo, Mariano de Cávia y Eusebio Blasco. El pobre Royo que, demasiado querido de los dioses, tan poco había de vivir, cantó la jota, sino con voz, con entonación digna de su tocayo el Royo del Arrabal. Cavia, la bailó, como pudiera hacerlo un mozo bien «plantao» de Ateca ó Calatayud. Blasco se prodigó por todas partes, diciendo a este una gracia, saludando a aquel en el más pintoresco lenguaje de la tierra, prometiendo a todos que en años sucesivos aquella fiesta había de ser un acontecimiento europeo, leyendo unos versos admirables, titulados La Jota y escritos expresamente para esta apoteosis de ella, que provocaron en todos el mayor entusiasmo y cogiendo, por último, un enorme roscón, que habían enviado de no recuerdo qué pueblo de la provincia de Zaragoza, dividiéndole en pequeños trozos y repartiendo éstos, de uno «n uno, entre todos los comensales, aparentando una unción verdaderamente religiosa. Con su hermosa calva, sus largos bucles más plateados ya que castaños, que era su color primitivo, y con aquella cara de filósofo griego ó de Jesucristo entrado en años que le caracterizaba, parecía Blasco en aquel momento el pontífice máximo de la antigua Celtiberia que, ante el altar de Indibil y Mandonio [2] —para ver nada que se pareciera a un ara en las mesas del Restaurant Inglés había que tener su poquito de buena voluntad—, distribuía el pan bendito de la tierra nativa a todos aquellos hijos de Bílbilis, Salduba, Turiaso, Osea, etc., en la solemne eucaristía de una patriótica función.

Excitado por varios amigos de los que me rodeaban, también yo hice algo notable aquella noche. Me subí encima de una silla y dije una» cuantas tonterías sobre el leib-motiv del amor a la patria chica, de lo grande que fué esta patria pequeña en otros tiempos, de lo valientes que somos los aragoneses, etc., etc. Aun no había bajado de la improvisada tribuna y ya se me había acercado el buen Eusebio, quien, con un fraternal abrazo, me felicitó calurosamente, por la novedad sin duda de los conceptos que habían sido el tema de mi discurso. Cuando le dije quién era y le hablé de nuestro antiguo conocimiento—hecho que, mal que pese a mi amor propio, he de confesar que tardó mucho en acudir a su memoria—su contento no tuvo límites. Me hizo toda clase de ofrecimientos y me dijo que si se quedaba en Madrid, como era muy probable, no dejara de ir por su casa con frecuencia.


IV

Esta vida tan atareada de la Corte, por un lado; desgracias de mi casa y familia que, como no afectan más que a mí sólo y no tienen relación alguna con la amistad de Blasco y mía, huelga el referir aquí, por otro lado, y algo, también, de esta indiferencia que me es propia para las relaciones y las visitas, hicieron que echara en olvido el encargo de Blasco y que transcurrieran cuatro ó cinco años sin volverle a ver ni presentarme en su casa. A raíz de la publicación de un libro mío, que tuvo alguna resonancia en la prensa política y profesional, me tropecé con él en la librería de mi buen amigo y cliente don Pedro Vindel. Apenas cambiado un breve saludo entre nosotros me habló Blasco de mi libro, diciéndome que lo había hojeado en casa de un amigo suyo que lo poseía y que de lo poco que leyó en él dedujo que le era tan necesario como el pan, por lo que me rogaba que no dejara de mandarle al instante, la «Higiene de la Inteligencia»—que éste era el libro en cuestión— y que él, en cambio, me mandaría todas sus obras, amén de alguna otra, que le habían dedicado los médicos franceses durante su estancia en París, que me había de agradar: cosa que hizo en seguida, no imitando a otro paisano de ambos, ilustre también como nuestro gran escritor, aunque haya llegado a la celebridad por otros derroteros, el que habiéndome hecho idéntico ofrecimiento por igual motivo, me mandó, cuando al cabo de algún tiempo le recordé que la mitad del trato, ó sea la remisión de sus libros, estaba por cumplir, la más cara de sus obras... pero acompañada de la factura para que la abonase en el acto.

Mi libro en poder suyo y leída buena parte de él, supo una tarde que se me esperaba en la librería de Vindel por haber pasado a casa de éste a ver un niño suyo que se hallaba enfermo y aguardó mi regreso tan sólo para decirme que al día siguiente, domingo, sin excusa ni pretexto de ninguna clase me esperaba en su casa, donde—fueron sus palabras—tenía que curarle a él y a Mariana, su esposa, su idolatrada esposa.

V

Fiel a mi palabra, me presenté al día siguiente en casa del insigne escritor y a la hora que él me había indicado, que era la en que, con asistencia de buen golpe de amigos y compañeros, celebraba uno de sus clásicos domingos.

Eran éstos unas verdaderas fiestas artísticas donde se cantaba y casi siempre por notabilidades líricas, se recitaba, se discutía de todo y sobre todo, se daban las primeras y más auténticas noticias del drama, la comedia ó la zarzuela que ensayaban en tal ó cual teatro, del acontecimiento político que se avecinaba, de lo que se decía en los círculos y salones acerca de este ó el otro suceso ocurrido entre personas de viso, etc., etc., terminando tan agradables reuniones, que solían prolongarse hasta las primeras horas de la mañana, pues Blasco, sino era «gran madrugador y amigo de la caza», como dice Cervantes de Don Quijote, era muy trasnochador y amigo de la charla, con el obligado obsequio a los venturosos concurrentes a ellas, por parte de la amable familia de nuestro generoso anfitrión, de un delicado y confortativo refrigerio para los estómagos exhaustos ya en aquellas altas horas de la noche, compuesto generalmente de té, pastas, dulces, cerveza, etc., todo de lo mejor y con esplendidez verdaderamente aristocrática.

Uno de los mayores encantos de esas veladas era la conversación de Blasco. Aparte de sus oportunidades, sus ocurrencias, sus gracias, sus pintorescas definiciones, sus buenas palabras sobre cuantos asuntos surgían en las conversaciones que se entablaban, cosas todas que hacían de él el primer canseur de los ingenios españoles, sus grandes viajes, el mucho tiempo que había vivido en el extranjero, sus relaciones personales y por escrito con las primeras figuras de Europa y América, pues contaba entre sus corresponsales emperadores, reyes, presidentes de república, pretendientes a varias coronas, grandes ministros, ilustres artistas, eximios literatos, sabios dotados de la más profunda ciencia, etc., etc., suministraban a su conversación un caudal de conocimientos tal y tan vario, que se le oía horas enteras sin experimentar la menor fatiga, como se lee un libra ameno e instructivo.

De su esposa, de sus hijos no debo decir nada:

retratados quedan en sus versos inmortales, y lo único que creo oportuno consignar por cuenta mía acerca de ellos es que, en cuanto dice Blasco de los suyos, no hay pasión ni exageración alguna, son tal cual él tantas veces los ha descrito, predominando en esta grata y cariñosa familia la nota simpática y loable de un amor inmenso de unos a otros, que se irradiaba a sus amigos y a los que Blasco presentaba en su casa como tales.

Debido a esto, sin duda, fui recibido en ella como un amigo antiguo: todos me conocían, todos sabían lo poco de notable que yo había hecho en este mundo, y todos me consideraron desde el primer instante como el paisano y el amigo a quien se le habla, se le trata y se le consulta con la mayor intimidad, con el más cordial afecto.

Tan amable recibimiento por parte de esta familia y el empeño de Blasco de que «había de encargarme de su cabeza» hicieron que repitiera mis visitas bastante a menudo, si bien en las consultas que con este último motivo celebrábamos sólo nos ocupábamos un poco de los achaques de su cerebro y, en cambio, lo hacíamos un mucho de infinidad de asuntos que él se complacía en poner sobre el tapete, ya con el fin de que emitiese sobre ellos mi opinión, a la que aparentaba, por lo menos, conceder suma importancia, ya con el de que le diera cuenta de mis observaciones ó estudios en ciertas materias que él no había hecho más que desflorar en el curso de su afanosa vida.

Con frecuencia, a poco de llegar yo los domingos a su cuarto de la calle de Cervantes, y apenas por mí cumplidos los más elementales deberes de cortesía cerca de su señora é hijas, y cambiado breve saludo con algunos de los asiduos asistentes a sus tertulias, me cogía del brazo y llevaba a un despacho contiguo a las habitaciones donde recibía, y allí tete a tete, hablábamos de todo, de lo humano y de lo divino, de lo temporal y de lo eterno, aunque por indicación y ruego suyos más veces me tocaba actuar de interpelado que no de interpelante, pues desde la primera noche que crucé los umbrales de aquella casa tuve en mi amigo Blasco un oyente tan benévolo y atento que, cuando, merced a sus instancias, una y otra vez repetidas, y con el único objeto de dilucidar cuestiones planteadas por él hacía uso de la palabra, no sólo me escuchaba sin perder una silaba de mi relato, sino que imponía silencio a su alrededor para que con nuevas excitaciones mentales no distrajesen su fatigado cerebro.

Esto no era debido—y holgaba del todo que hiciera aquí aclaración semejante— a méritos de mi palabra e ingenio, que en nada descuellan de los de los demás, sino a la simpatía conque miraba a un hijo de su tierra que se había presentado a él de tan singular modo, que decía las cosas según las sentía, pues la vida cortesana no ha podido modificar todavía mi rústica franqueza e ingénita sinceridad, y a quien Dios, en la adjudicación fortuita ó premeditada de las facultades del espíritu, tuvo la ocurrencia de dotar de un poquito más de memoria que a otros muchos, merced de la que no debo ni puedo envanecerme porque sabido es que la memoria es el patrimonio de los tontos.



  1. Dante Allighieri: La Divina Commedia; Inferno, canto primo.
  2. Erijo un altar a estos desgraciados caudillos ilergetes—ya que ni calle ni estatua tienen en la capital de España los primeros que se rebelaron contra toda dominación extranjera en nuestra patria—porque ¿quién duda que, si aquellos aragoneses primitivos hubieran triunfado en su heróica lucha contra romanos y cartagineses, no se les habría considerado como unos semidioses y hubiesen tenido aras y culto entre los antiguos habitantes de la península ibérica?