Preludio (2-Balart)

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Cuando desde la senda que triste huello
miro al cielo tendido de monte a monte,
dándome ya su sombra, ya su destello,
nubes y astros alternan en mi horizonte;
y, ora en el cielo el astro descuelle altivo,
ora la nube al suelo dé oscura alfombra,
ni el astro ni la nube jamás esquivo,
y, según el influjo que así recibo,
vestidos van mis versos de luz o sombra.
Pero aunque en las tinieblas duelos incube
la miserable vida que humilde arrastro,
sé que, si al astro a veces vela la nube,
sobre la nube siempre destella el astro.
Por eso, en la tormenta y en la bonanza,
los ásperos escollos del mal evito:
siempre en los cielos pongo mi confianza;
siempre eres tú mi norte, noble Esperanza:
¡y harto en mi derrotero te necesito!
Mis intenciones fallan, aun siendo puras;
luchando con la suerte voy brazo a brazo;
y, completas en todo mis desventuras,
a mis venturas siempre falta un pedazo.
A las densas tinieblas hechos mis ojos,
con la luz de la dicha tal vez me ofusco;
los pies en sangre llevo tintos y rojos;
y, avezadas mis manos a los abrojos,
para tejer el nido, la zarza busco.
No insensato deploro, con queja vana,
como excepción injusta la suerte mía:
el dolor es la prueba del alma humana;
sin él, virtud no hubiera. No -¡Ni poesía!
Homero Dante, Tasso, Milton, Cervantes
el azote probaron de la Fortuna:
hoy sus nietos sufrimos lo que ellos antes;
y, pigmeos nosotros, y ellos gigantes,
con tamaño distinto, la esencia es una.
Cerrad, cerrad el libro de mis canciones
los que de novedades sintáis capricho;
para quien no disfraza sus emociones
en materia tan vieja todo está dicho,
Hoy brillan las auroras corno brillaban,
y rugen las tormentas como rugían,
y las águilas vuelan como volaban,
y brotan los laureles como brotaban
cuando a Dante y a Homero la sien ceñían.
Nunca herirá las fibras del sentimiento
quien pasiones ficticias darnos intente,
miserable hojarasca que barre el viento:
lo que nadie ha sentido, nadie lo siente.
En cambio, la poesía fiel y espontánea
que sinceros afectos celebra o llora,
de todas las naciones es conterránea,
y de todos los siglos contemporánea,
y es de todas las almas consoladora.
Y, aunque pasiones varias tal vez la animen
como expresión suprema del sentimiento,
sus huellas en el alma mejor se imprimen
cuando el amor le infunde fuerza y aliento,
Es amor, a mis años, flor inverniza
sin el matiz ardiente de la amapola;
pero, aun seca y estéril, aromatiza
las páginas del libro donde desliza
un pétalo caído de su corola.
No es aluvión venido de la montaña,
que chozas y cosechas arrastra al río:
es lluvia bienhechora que el campo baña
con sus gotas menudas como rocío.
No es repentino rayo que se atropella
y espesuras y mieses raudo aniquila;
es fanal, que en la sombra, puro destella
lo que ayer dio en las nubes ígnea centella,
ya en cristalina bomba da luz tranquila:
luz que de toda niebla desgarra el velo;
luz que el miedo, y la duda, y el mal destierra;
luz que su ardiente foco tiene en el cielo,
y apacible su rayo vierte en la tierra.
Universal afecto, tierno cariño
que de amor, a hurtadillas, usurpa el nombre,
es pasión impoluta corno el armiño:
es el amor que tiene la madre al niño,
es el amor que Cristo consagró al hombre.
Por él, la mar tranquila de mi conciencia
con las brumas del odio nunca se empaña;
por él, aunque me engañe mi inteligencia,
mi corazón sencillo nunca me engaña;
Por él, aunque el recuerdo del bien lejano
que me robó la muerte conservo fijo,
miro ya como propio todo lo humano;
por él, en cada viejo veo un hermano;
por él, en cada joven abrazo un hijo;
por él, en la tormenta y en la bonanza,
siempre hacia las regiones del bien navego;
siempre eres tú mi norte, noble Esperanza;
siempre a ti, Piedad santa, la vela entrego;
y, por él, aunque en sombras su duelo incube
la miserable vida que humilde arrastro,
cuando mi amarga pena más alto sube
sé que, si al astro a veces vela la nube,
sobre la nube siempre destella el astro.