Primer artículo de LA ESPERANZA sobre los judíos refugiados en las costas españolas

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 La venida de algunas familias judías á España desde que tomaron aire claramente hostil nuestras relaciones con el imperio de Marruecos, ha servido para que ciertos diarios liberales dirijan á los hombres monárquico-religiosos algunas alusiones enderezadas visiblemente á persuadir que miraban con disgusto la hospitalidad con que han sido recibidas tanto por el gobierno como por los habitantes de Algeciras, Cádiz y Málaga. Sobre este punto conviene distinguir entre la tolerancia religiosa, prohibida en nuestras antiguas leyes y hasta en la Constitucion de 1843, y la acogida que un pueblo caritativo, noble y generoso, como es el nuestro, debe prestar á los desgraciados judíos.

 Una cosa es socorrer al prójimo, según nos enseña la Santa Madre Iglesia, con la limosna y la enseñanza, y otra quebrantar, según quieren algunos diarios, á pretesto de una falsa filantropía, la unidad religiosa, fundamento de la monarquía española y origen de sus incomparables glorias. En tal supuesto la conducta que el ministerio O-Donnell ha seguido respecto á los judíos emigrados en las actuales circunstancias, no solo franqueándolos las puertas de España, sino señalando socorros á los que de entre ellos carecen de medios para vivir, es, á nuestro juicio, digna de elogio.

 Inútil seria advertir que lo mismo hubieran hecho en este caso nuestros antiguos monarcas, por mas que los flamantes críticos modernos, falseando la historia, pretendan condenar algunas de las sabias disposiciones que la necesidad de la propia defensa les obligó á tomar para establecer sólidamente el orden público, y concluir de una vez con las subersivas intentonas de los judíos y moriscos. Testigos de la justicia con que obraron son, entre otros hechos públicos, la guerra de las Alpujarras y el asesinato de San Pedro Arbués. Nunca los Reyes de España prescindieron para con los vencidos de la clemencia cristiana, y nunca tampoco dejaron de abrir sus brazos á los emigrados de todos los países, cuando las guerras ó las convulsiones políticas les arrojaban del seno de su patria.

 En el día media también una circunstancia que da nueva fuerza á las reglas de la caridad, que los españoles, á fuer de generosos y católicos, tienen que practicar con los judíos. Tal es la de hallarse estos heridos por la misma mano de la barbarie musulmana que ha ultrajado á la España. ¿Cómo, pues, los monárquico-religiosos, que constituyen la generalidad de ese pueblo, podrían desaprobar la acogida que el ministerio les ha dado? Lejos de esto, sus deseos en favor de los judíos van mas allá de lo que piensan los filántropos liberales.

 Como la caridad es una virtud, y la virtud á medias deja de serlo, por aquello de que bonum ex integra causa, los monárquico-religiosos no se dan por satisfechos con que el gobierno alivió las necesidades corporales de los judíos, sino acude igualmente á sus necesidades espirituales. Non de solo pane vivit homo, dice la Escritura. Hasta ahora únicamente se ha proporcionado á los infortunados hijos de Jacob un rincón donde guarecerse del frio y un pedazo de pan para saciar el hambre: falta, pues, que se atienda á las miserias de sus almas. Preparados los judios con la generosidad del gobierno á oir benévolamente la palabra de Dios, creemos que se podría sacar gran fruto estableciendo en los pueblos donde han fijado su residencia misiones permanentes, desempeñadas por sacerdotes enterados de las costumbres judaicas, que no faltan en el clero español. El ejemplo de uno de sus co-religionarios, bautizado en estos últimos días, prueba que la disposicion de su ánimo no es del todo mala.

 Aparte del suceso que acabamos de indicar, sabemos por una persona de toda nuestra confianza y escelente criterio, recien venida de Algeciras, que interrogado por ella uno de los judíos mas distinguidos sobre si queria hacerse cristiano, contestó en buen español de esta manera: «Otra cosa seria mas difícil. Al cabo el mismo Dios es el tuyo que el mio.» Esta contestacion demuestra que no costaría tanto, como algunos creen, reducir á la fe de Jesucristo, por lo menos, á muchos de esos obcecados que aun esperan la venida del Mesías.

 No faltan en Madrid periódicos liberales que han tomado pie de la venida de los judios para sacar á plaza la cuestion religiosa; pero por mucho que se esfuercen en demostrar la conveniencia de la tolerancia de derecho, no podrán conseguir ponerla de acuerdo con las doctrinas de la Iglesia, que la condenan por impía y absurda. Aun la de hecho es contraria á las leyes y á la equidad en el caso actual. Cuando los judíos han optado por acogerse al suelo español con preferencia á los otros países, inclusa la Inglaterra protestante, demasiado sabían las condiciones bajo las cuales entraban en la Península. Por consiguiente se sometieron á ellas de su propia voluntad, renunciando, no solo al culto público del judaismo, sino á cualquiera manifestacion esterna de sus propias creencias, manifestacion opuesta á la unidad católica y condenada en el Código penal que hoy rige. Y cómo Scienti et volente nulla fit injuria, no tienen ahora los ingobernables por qué mover guerra, pidiendo para los judíos otra cosa que proteccion y caridad dentro de la legislacion vigente.

  Pedro de la Hoz

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