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Prologuito de ordenanza

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Nota: Se respeta la ortografía original de la época

PROLOGUITO DE ORDENANZA


Aquí tienes, lector, sin más preludios
esta de Tradiciones serie cuarta,
hija de mis bistóricos estudios.

Fama á las tradiciones le debo harta,
y yo mismo tildárame de ingrato
si tras la actual no hilvano nueva sarta.

Es verdad que el trajín del literato,
en esta capital del perulero,
á nadie le produce para el plato;

pero, en conciencia, confesarte quiero
que da á veces renombre, y es fortuna
la de no ser un literario cero.

Hijo soy de mis obras. Pobre cuna
el año treinta y tres meció mi infancia;
pero así no la cambio por ninguna.

Y cifranse mi orgullo y mi arrogancia
en que, aun mis enemigos más procaces,
á mi nombre dan ya significancia.

No faltarán los zoilos lengutaraces
que exclamen:—¡Vaya un rasgo de inmodestia!
¡Vaya un Narciso de variadas faces!

Mas plántenme una albarda como á bestia
si, casi siempre, no es hipocresia
eso que llaman por ahí modestia.

Yo sé, pues me lo dicen á porfia
órganos cien, que el género en que escribo
en América dióme nombradia.

Sé que, como da frutos el olivo,
Ja hay de tradicionistas epidemia,
que cultivan la vid que yo cultivo;

y pláceme saber que la Academia
Do encuentra en mis sencillas narraciones
contra la lengua estúpida blasfemia.

Alguien, tal vez, leyendo estos renglones
de volteriana vanidad me acusa;
mas baste una, entre múltiples razones

que pudiera alegar, de buena excusa
á los tercetos rancios é infelices
que acaba de zurcir mi pobre musa.

Aqui, lector, sospecho que te dices:
—A este lo ha vapuleado un monicaco
que no ve más allá de sus narices.

Pues, lector, acertaste. Cierto taco
que la O conoce, por redonda, apenas,
una coz me arrimó, torpe y bellaco.

Insultos prodigóme por docenas,
y añadió que mis sandias producciones
ni para tacos de fusil son buenas;

que calumniando á heroicos señorones
y haciendo de la historia pepitoria
con pérdidas, brutales intenciones,

parece que á fundar fuera mi gloria
en manchar le tan nobles caballeros
con vil borrón la limpia ejecutoria.

La crítica ¡pardiez! tiene sus fueros:
es ella sacrosanto sacerdocio
que no es dado ejercer á majaderos.

La critica sesuda no es negocio
para quien, sin quemarse las pestañas
estudiando, vivió siempre en el ocio.

El critico leal no usa artimañas
ni injurias, y va al fondo del asunto
deteniéndose poco en musarañas.

Mas poner quiero á mi defensa punto
que á gastar mucha tinta en ese duelo
prefiero que me tengan por difunto.

Yo agradezco, testigo me es el cielo,
la critica benévola y sensata
que pone en ilustrarme su desvelo;

y aun río con la charla mentecata
del seudo-literario-pandillaje
si, envidioso ó maligno, me maltrata.

Del león soportamos el ultraje;
mas si un reptil nos muerde traicionero
se subleva en el ánima el coraje.

No es vanidad pueril ni orgullo fiero,
si dignidad lo que en mi pluma salta.....
Perdóname, lector, pues fuí sincero,
y Dios nos dé..... lo que nos haga falta.

Ricardo Palma.

Lima, julio de 1877.