Quintillas

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Quintillas
de Félix María Samaniego


De las entrañas de un roble

salió una dama modorra:

quiso estirarme la po-bre

una pluma de mi gorra

para vestirse de hombre.


En mi enfermedad interna

no sé qué remedio elija:

tengo tan larga la pi-erna

que me maltrata prolija

si el tiempo no lo remedia.


Fui a verla el otro día;

se estaba peinando el moño:

me convidó con su co-che

para pasar a Logroño,

a dormir aquella noche.


Con tu cintura delgada

tú pasas fuertes trabajos,

pues te hartas de cara-coles,

y si los guisas con ajos

te han de salir los colores.


Ahí os entrego a millares

mis camisas y calzones,

también mi par de co-llares

para que en admiraciones

adornen vuestros altares.


Pasé a verla de mañana

y estaba matando un sapo:

me puse a mirar su pa-dre,

que limpiaba con un trapo

su carita de vinagre. -


Los amantes de violón

que violaron vuestras hijas

mandan les corten las pi-ernas

porque no sean prolijas

y las echen a un rincón.


Yo tengo una dama hermosa

de condición absoluta:

ella me parece pu-so

por bajo precio la fruta

acomodándose al uso.

Con vuestros ojos ponéis

en prisión los corazones,

y agarrando los co-géis

con los dulces eslabones

de las redes que tendéis.


Tu nariz copos deshechos,

tus mejillas dos macetas,

¡Quién se viera entre tus te-chos

con dos luces por planetas

y dos pomas a los pechos!


Es tu boca de azahar,

tus labios belfo madroño;

y es tan blanco tu co-ral

que lo matizó el otoño

a imitación del rosal.


Al pintar tu rostro bello

tosco es el pincel más chulo,

porque es tan blanco tu cu-ello

que los cristales anulo

y las nubes atropello.


Tu pie de nieve destapa

ágil el pincel más guapo,

y es tan singular tu pa-ta

que en un punto la destapo

y en un jazmín se dilata.


¡Ay, mi niña, si al pintarte

miraras hacia acá abajo

y me vieras el cará-cter

que hizo en mí tu perfección

cuando comencé a pintarte!


No me juzgue amor pelota

al contemplarme bisoño,

porque me muero por co-ta

y no hay soldado en Logroño

que empine mejor la bota.


Batallas, no, amor, revoques;

sal al encuentro y me abrocho,

mas si no me das el cho-que,

a soldado sin bizcocho

¿de qué le sirve el estoque?


Cansado me llegué a hallar

de un pie que pensé en perder,

y de continuo ho-llar

ya no me puedo tener,

mas siempre te he de adorar.


Aunque en pie la duda esté,

prevente al instante, hija,

que voy a meter mi pi-e

en la primera vasija

que tu belleza me dé.


Si ardo en lumbres infinitas

del amor llamas internas,

allá voy, abre las pi-tas

haremos cuerdas eternas

por ahorcarme necesitas.


Vida y muerte vibra impía

tu mano, cura mi anhelo,

porque no hay mejor ciru

gía que el contacto de tu cielo

y de tus luces el día.


No imagines que despierte

otro ardor ya para amarte,

porque tengo de empren-derte,

o la vida ha de costarte

o yo tengo de perderte.