Recuerdos de la campaña de África: 13

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Capítulo XII
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Recuerdos de la campaña de África Gaspar Núñez de Arce


A los cinco o seis días, como habían ofrecido, volvieron a nuestro campamento los parlamentarios, deseosos de conocer la resolución de la Reina de España sobre el restablecimiento de la paz o la continuación de la guerra. Lo mismo que la vez primera, descansaron en la tienda de Prim, a quien miraban con particular predilección y cariño, apreciándole por valiente y generoso. Siguieron después su camino hasta el Cuartel General, donde hablaron breves momentos con el duque de Tetuán, sin que pudiera venirse a un arreglo. Agradecidos los moros a la acogida que se les había hecho, regalaron a los generales O'Donnell y Prim dos cajones de dátiles, de los cuales participamos también todos los curiosos y cronistas de la campaña.

Aun cuando rotas, o poco menos, las negociaciones, los parlamentarios pidieron el permiso, que les fue concedido, de descansar aquella noche en la ciudad. El general D. Diego de los Ríos se encargó de hacer los honores a los huéspedes, y cumplió dignamente su cometido. Por la tarde acompañoles a ver el telégrafo eléctrico que se había establecido desde la Aduana hasta el alojamiento del general, en la casa de un moro riquísimo que había sido cónsul marroquí en Gibraltar, llamado Er-Sini. No excitó gran cosa la atención de los enviados de Muley-el-Abbas el aparato del telégrafo, lo cual se comprende muy bien, porque su inteligencia no estaba lo suficientemente preparada para entender y admirar estos maravillosos adelantos de la civilización. Además, como hijos de un pueblo casi primitivo, no podían sentir la imperiosa necesidad de vivir años en minutos, ni ardía su sangre con la fiebre que agita a las razas europeas, ávidas de emociones, de cambios, de peripecias, y deseosas, no sólo de devorar el espacio, sino de escalar el cielo. ¿Qué importaba a los habitantes de las montañas o de los desiertos de África, acercarse antes o después al término de su camino? ¿Qué ganaban con saber más o menos pronto noticias que nada decían ni a su ambición, ni a su interés ni a su alma? Bástanles para sus caravanas el ágil caballo o el útil camello, y para comunicar noticias la rezagada carta que llega a su destino cuando Dios, el mensajero y los obstáculos de un largo viaje, quieren que llegue. A pesar de su indiferencia, explicoles el general Ríos el mecanismo del telégrafo, rogándoles de paso que hicieran una prueba para que viesen la velocidad de este medio de comunicación; pero ellos resistieron tenazmente, y sólo a fuerza de muchas instancias se decidieron a preguntar a los empleados de la Aduana si salía algún buque para Gibraltar.

¿No revelaba la pregunta referida la preocupación de sus ánimos? Inglaterra, que, según los moros decían, tenía una gran parte de culpa en la guerra, fue siempre su solo pensamiento y su única esperanza.

Después de haber visitado el telégrafo, condújoles el general Ríos al sitio en que se habían colocado los hornos de campaña. La vista de estos aparatos les impresionó más vivamente que la del telégrafo. Pueblos como el africano, sólo sienten necesidades materiales: ¿qué significan para ellos las necesidades del espíritu, Satisfácenlas suficientemente recitando algunos versículos del Corán. Miraron atenta y detenidamente los hornos, fríos, caldeados y funcionando, y habiéndoles manifestado el general Ríos que pasada media hora tendrían pan para la comida y el viaje que debían emprender a la siguiente mañana, uno de ellos exclama con cierta satisfacción mal encubierta: -En mi huerto tengo yo un horno que en un cuarto de hora cuece una gallina.

Como la noche iba acercándose, suspendieron su excursión y se encaminaron hacia el aposento que se les había preparado. Pero antes rogaron al general Ríos que les permitiese hacer sus oraciones, entrando con este objeto en la mezquita principal, donde cumplieron con todos los preceptos de su religión.

Ya entrada la noche, y después de haber comido en casa de otro hermano de Er-Sini, fueron, acompañados del alcalde moro y el Er-Sini propietario de la casa en que vivía el general, a tomar el café a que D. Diego de los Ríos les había convidado.

El primero que penetró en la habitación fue el avispado hijo del alcalde, vestido con su traje de fiesta; especie de introductor de embajadores que llenó su misión con un ¡hola! infantil y gracioso, única palabra que sabía del castellano. Detrás entraron el gobernador de Tánger, grave y severo personaje; su hermano, general de la caballería marroquí que hablaba algo el español y que era de fisonomía franca y abierta; un lugar-teniente de Muley-el-Abbas, nervioso, vivo, impresionable, que gozaba entre sus compatriotas fama de valiente y arriesgado; el segundo cabo de Fez, de rostro rudo, de mirada torva, retraído y silencioso como el dolor y el crimen; Er-Sini, y el alcalde moro, astuto y malicioso como el más malicioso y astuto de todos los alcaldes de monterilla, que les servía de intérprete. Todos llevaban albornoces blancos, menos el segundo cabo de Fez que le llevaba negro como el color de su espesa barba, y todos se descalzaron en presencia del general, que los recibió con marcado cariño y deferencia.

Agrupáronse como mejor pudieron al rededor de un brasero, cuya caja servía de meseta; unos sentados en sillas y banquetas, y otros a la oriental sobre blandos cojines. Conocíase que estaban tristes y preocupados; una nube de melancolía velaba sus rostros como una sombra, y de vez en cuando se escapaban de sus pechos hondos suspiros. Veíase asimismo bien a las claras que hacían esfuerzos supremos para no aparecer a nuestros ojos como ignorantes de las costumbres europeas, y esto contribuía a que estuviesen algo cortados y encogidos.

El general Ríos se mostró con ellos amabilísimo, ofreciéndoles café, bizcochos y dulces. Admitieron los cumplidos del general con cortesanía, pero sin afectación, y se manifestaron muy satisfechos de los elogios que hizo del valor, decisión y energía de que tantas pruebas habían dado los marroquíes. El alcalde moro, como he dicho, sirvió de intérprete; él les dijo, desempeñando a las mil maravillas su papel, que los españoles, tan arrojados en el combate, eran generosos después de la victoria, y que no deseaban más sino que una paz sólida y duradera reuniese para siempre a dos pueblos, separados sólo por un charco de agua. Habloles de los recursos de España para la continuación de la lucha; de los nuevos preparativos que se hacían en la península, y finalmente, les entregó varios periódicos españoles, de aquellos que más calorosamente habían demostrado su entusiasmo por lo gloriosa toma de Tetuán; en la confianza de que no faltarían en el imperio renegados que les enterasen de su contenido. Los moros escuchaban silenciosamente cuanto les decía el general Ríos por medio del alcalde moro, que en aquella ocasión, como en otras muchas, ha prestado muy buenos servicios a nuestra causa; servicios que no podemos decorosamente olvidar.

Después de esta animada conversación dispuso el general Ríos que se sirviera un ponche. Preparábanse a tomarle los enviados de Muley-el-Abbas, cuando el general les advirtió que contenía rom. -Os lo prevengo- dijo -porque no sé si vuestra religión os prohíbe el uso de licores y no quiero que en manera alguna faltéis a vuestras prescripciones y creencias. -El golpe fue oportunísimo y produjo el efecto que el general Ríos deseaba. Los parlamentarios devolvieron los vasos, mostrándose agradecidos por la advertencia, y haciendo grandes encomios de los españoles por la tolerancia que revelaban hacia el culto mahometano. Esto dio motivo al general Ríos para declarar delante de los enviados que nuestras armas no habían pasado a África a imponer por la fuerza otra nueva religión, ni a oprimir la conciencia de los pueblos contra quienes España se veía obligada a luchar. Con más o menos interés, todos los moros tomaron parte en este debate, tan hábilmente suscitado, excepto el segundo cabo de Fez que se mantuvo reservado y frío hasta el momento de la despedida. -Vosotros- dijo entonces el general - podéis influir con éxito a fin de que terminen las desavenencias entre Marruecos y España. -A lo cual el lugar-teniente de Muley-el-Abbas contestó con apasionado acento: ¡Quiéralo Dios! Pero así como vosotros obedecéis a la Reina, nosotros obedecimos al Sultán. Ilumine el Señor todo misericordioso a los que en sus manos tienen la paz y la guerra.

Al marcharse estrecharon con efusión las manos de todos cuantos nos habíamos hallado presentes a la entrevista; el cabo de Fez apretó fuertemente la diestra del general Ríos en el momento en que éste les acompañaba hasta la puerta de la habitación y le dijo con voz profundamente conmovida: -¡Quiera el cielo que nuestras manos se encuentren sólo en la paz y no se tiñan con sangre en la guerra!

Aún no habría pasado medio cuarto de hora desde que se despidieron del general Ríos los parlamentarios para volver a su alojamiento, cuando se presentó de nuevo el hermano del gobernador de Tánger que como he dicho, entendía el castellano. Traía un saquito de dátiles que regaló al general en nombre de sus compañeros, muy agradecidos al afectuoso recibimiento que se les había hecho. El moro, solo con nosotros, se espontaneó y nos expuso el verdadero estado del imperio, sin ocultar nada.

El ejército estaba en completa dispersión desde la derrota del día 4 de febrero. -Moros cabilas malos- decía suspirando el parlamentario. -Para cobrar cinco mil, para batear cinco cientos. -Él nos manifestó que en la batalla de Tetuán, Muley-el-Abbas y sus lugar-tenientes habían hecho los mayores esfuerzos para contener la fuga de los suyos; pero todo sin resultado, pues hubo moro que desconoció la autoridad de sus jefes hasta el punto de volver contra ellos las armas.

A la madrugada del siguiente día partieron los parlamentarios para Tánger, donde les esperaba Muley-el-Abbas.

El general O'Donnell les había concedido ocho días de término para que pudiesen poner en conocimiento del emperador las condiciones de paz que había fijado el gobierno español.

Próximo a expirar el plazo, se presentó de nuevo en Tetuán el hermano del gobernador de Tánger, para pedir al conde de Lucena de parte de Muley-el-Abbas una entrevista fuera de la ciudad, donde el príncipe marroquí tenía reparo de entrar, acordándose sin duda de que no había sabido o podido defenderla contra nuestra invasión.

El general en jefe accedió atentamente a los ruegos del moro, y acompañado de algunos generales se dirigió, seguido de su numeroso Estado Mayor, al lugar señalado para la conferencia, que estaba como a una legua y media de Tetuán, sobre el camino de Tánger, no lejos de Gualdrás, donde algún tiempo después dimos nuestro postrer combate y alcanzamos nuestra última victoria.

El lugar de la entrevista era una ancha y dilatada vega, limitada a lo lejos por los estribos del pequeño Atlas; vega desembarazada y descubierta por todas partes, falta de árboles; pero no de débiles arbustos y espesa yerba. A larga distancia, casi al pie de los cerros que la rodeaban, divisábanse frondosos bosques de naranjos y olivos, que cercaban por todos lados el valle, como una guirnalda inmensa. La noche anterior había llovido y el terreno estaba pantanoso y fofo; era además abundantísima el agua en la comarca que describo, tanto, que se la veía brotar de entre las hendiduras de las piedras; de entre los cañaverales que limitan y separan unas de otras las heredades; casi de entre las mismas raíces de las plantas.

El duque de Tetuán llegó a eso de las tres de la tarde al sitio designado, donde ya le esperaba el príncipe marroquí con unos doscientos caballos y alguna gente de a pie. Dando una prueba de confianza, el general O'Donnell dispuso que el Estado Mayor y los escuadrones que le escoltaban se quedasen a alguna distancia del campo moro, y se adelantó con los generales hacia la única tienda que se veía, que era la de Muley-el-Abbas. Era blanca, y estaba adornada con multitud de jarrones negros coronados por una media luna, pintados o bordados con bastante arte y gusto sobre la nevada lona. Los generales confiaron sus caballos a los moros de a pie, y penetraron en la tienda del príncipe, precedidos de éste que se había adelantado cortésmente a recibirlos, y de un anciano de venerable barba, el Jetib, según me dijeron; personaje, como es sabido, de grande importancia en el imperio.

El espectáculo que se ofreció a nuestra vista trajo por un momento a la imaginación algunos episodios de la Gerusaleme del Tasso. Aquellos hombres en cuyas manos, como en las del Destino, descansaban la paz o la guerra, cobijados bajo una débil tela, movida a impulsos del viento como el corazón de los circunstantes a impulsos de encontradas afecciones y pensamientos distintos; aquellas numerosas escoltas que permanecían silenciosas y quietas, que se observan sin recelo, pero también sin cariño, que no avanzaban ni retrocedían como si las mantuviesen clavadas en sus puestos dos fuerzas opuestas igualmente poderosas, la esperanza de la paz y el entusiasmo de la guerra; aquellos moros con sus blancos alquiceles, con sus turbantes encapuchados, con los variados colores de sus chilabas, a caballo unos, y otros sentados en la yerba; aquellos escuadrones cristianos que estaban inmóviles en frente de esta comitiva, con sus brillantes armas, sus inquietos corceles, sus vistosos uniformes; aquellos montes empinados, sobre cuyas sombrías cumbres flotaban nubes no menos sombrías; todo, en fin, cuanto entraba en la composición del cuadro que veíamos, contribuía a darle majestad y grandeza, a traer a la memoria el recuerdo de la gran epopeya italiana, donde se canta la lucha más poética y acaso las más civilizadora del mundo.

Algunos creían que la paz surgiría de esta conferencia; pero desgraciadamente se engañaron. Los moros no estaban todavía dispuestos a ceder, y el conde de Lucena tampoco.

Muley-el-Abbas pareciome como de cuarenta años de edad; es de color, muy atezado, de rostro vivo, de mirada ardiente, de barba negra y rizada. Hay en toda su persona un sello de distinción que atrae e interesa. Viste con elegancia, pero sin afectación; su voz es grave y sonora; sus modales atentos y corteses. A ser cierto lo que me contaron entonces, el desdichado príncipe no ocultó, durante la entrevista, el dolor profundísimo que le afligía, ni apartó los ojos un solo momento del gran cristiano, que así era como llamaban los moros al duque de Tetuán.

No haré la historia de estas negociaciones, porque la índole de mi trabajo no me lo permite; baste sólo decir que nada se adelantó, que los marroquíes resolvieron disputarnos el paso en el camino de Tánger, y que el general en jefe hizo todos los preparativos necesarios a fin de llevar adelante la empresa.

Algunos días después de la escena que he referido, llegaron a nuestro campo los tercios vascongados, vistosamente uniformados, con pantalón encarnado, boina del mismo color y poncho azul. Mandábalos el general Latorre, y ardían en deseos de medir sus armas con los eternos enemigos del nombre cristiano. Para completar su instrucción, dispuso el general O'Donnell que se quedaran guardando las posiciones de fuerte Martin, Aduana y reducto de la Estrella.

El día 11 de marzo, por primera vez desde que en los campos y alturas de la torre del Helelí escarmentaron nuestras armas la soberbia musulmana, se rompió el fuego entre vencedores y vencidos; entre los nuevos dueños de Tetuán y sus antiguos poseedores. Habíase generalmente creído que la lucha no se renovaría sino pasado el Fondach, en las estrechas gargantas por donde sigue el camino de Tánger; pero la resolución de los marroquíes, desvaneció todas estas conjeturas. Nuestro enemigo, repuesto de su susto, vino a buscarnos a nuestras mismas posiciones, tal vez con el deseo de rescatar la ciudad cautiva: tal vez, y esto es lo más probable, con la energía que da la desesperación al que pierde su hogar y su templo, el sitio donde abrió los ojos a la luz y el corazón a la fe de sus padres.

El conde de Lucena asistía a la misa que se celebraba todos los domingos en la iglesia de Nuestra Señora de las Victorias, cuando algunos lejanos disparos le hicieron sospechar que ocurría novedad en nuestro campamento. En efecto, los moros habían atacado al cuerpo de vanguardia que a las órdenes del general Echagüe llegó de Ceuta días antes, y que parecía predestinado para comenzar la lucha más allá de Tetuán como la había inaugurado delante de la áspera Sierra-Bullones.

El conde de Reus avanzó después, y la acción se generalizó en toda la línea. A la bayoneta fueron ocupadas una a una las formidables posiciones de los marroquíes, cuyo arrojo parecía haberse acrecentado. Nuestros soldados, siempre valerosos, siempre dispuestos para el heroísmo, subieron sin detenerse ante ningún obstáculo una larga y agria cordillera, cuyos últimos cerros escondían su cima en el seno de las nubes. Momentos hubo en que cristianos y moros se confundieron en recia acometida, como se confunden la luz y la sombra en las postreras agonías de la tarde.

La noche iba extendiendo su espeso manto por el espacio, y la lucha proseguía aún. El crepúsculo vespertino declinaba, envolviendo todos los objetos en esa media tinta indefinible, y vaga, mucho más pavorosa que la oscuridad misma, y el general Prim caminaba por cuestas escarpadas donde apenas podían los caballos fijar el pie sin exponerse a rodar hasta el fondo de un precipicio. El conde de Reus debería de decir como Shakespeare en uno de sus inmortales dramas: el peligro y yo somos hermanos; pero yo soy el mayor; porque de pronto se vio casi envuelto por un considerable número de marroquíes ocultos detrás de un cerrillo, y en riesgo inminente de perder la vida, como en Castillejos y en las trincheras enemigas, el día 4 de febrero.

Momento crítico fue aquel; el general tuyo que hacer uso del revólver para libertarse de los moros, y lo hubiera pasado mal a no acudir en su auxilio los batallones de León y las Navas, que desalojaron a nuestros contrarios de su madriguera.

La acción terminó a las diez de la noche, hora en que se replegaron las tropas, y en que el general en jefe, que había estado durante el combate recorriendo el campo, se retiró a su tienda sin saber apenas por donde. La noche era oscurísima, y se había desatado un viento tan fuerte como frío, que hacía vacilar las tiendas con temeroso estrépito. Todavía no había entrado en la suya el duque de Tetuán, cuando empezó a caer una abundante lluvia que duró toda la noche y la mañana siguiente. ¡Triste descanso el de nuestros soldados, que, después de doce horas de incesante lucha contra los hombres, empezaban otra contra los elementos, contra el aire que arrancaba sus tiendas, y contra el agua que encenagaba el duro suelo sobre el cual dormían, la pobre manta en que envolvían sus ateridos miembros!

A consecuencia de la acción del día 11 los moros pidieron nuevamente la paz; pero no habiéndose conformado con las condiciones que se les imponían, rompiéronse otra vez las negociaciones, y se encomendó a las armas la resolución de la contienda.

Y aquí terminan mis recuerdos, porque yo volví a España la víspera misma de la batalla de Gualdrás, único hecho de armas formal y comprometido que no he presenciado. Las causas que motivaron mi regreso no son de este lugar. Seame, sin embargo, lícito el decir que yo seguí en todo cuanto hice los impulsos de mi conciencia y de mi patriotismo. No seré yo quien suscite de nuevo cuestiones enojosas, que han pasado ya; la razón que me asistía, despierta aún en mi alma la generosidad, y no tengo para los que sin oírme me condenaron, más que palabras de perdón y olvido.

Sin duda para algunos fue considerada como delito mi defensa leal y sincera de la paz. Pero ¿qué me importa? Si ellos me acusan, las madres que han abrazado a sus hijos; las esposas que han vuelto a ver a sus esposos; las lágrimas que se han evitado; la sangre generosa ahorrada en una lucha, ya no solo estéril sino imposible, absuelven y justifican mi intención.

Hoy, de los sinsabores que mi conducta me produjo, nada queda; pero sí la profunda satisfacción de haber asistido al renacimiento vigoroso de mi patria, y de haber contribuido, con arreglo a mis escasas fuerzas, a celebrar sus triunfos y extender su gloria.


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