Reminiscencias

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Obras Completas de Eusebio Blasco
Tomo I.
Reminiscencias
 de Ángel Avilés


Nota:se ha conservado la ortografía original, excepto en el caso de la preposición á.

BLASCO EN LA INTIMIDAD

REMINISCENCIAS
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No sé sí surgen de la memoria ó brotan del corazón lasreminiscencias que voy a consignar en este artículo.

Hace ya muchos años que vivíamos juntos Eusebio Blasco y yo. El escribía artículos y versos, comedias y libros; yo era redactor, no recuerdo si de La Política ó de Los Sucesos. Ambos sosteníamos la casa común con loque ganábamos escribiendo, a veces hasta romances y aleluyas.

Aleluyas, sí. Poco tiempo hace que compré en un estanco de la Plaza del Progreso algunas que habíamos compuesto a tres duros el pliego, que nos pagaba religiosamente el grabador Ricord.

Por entonces, ó quizá algo después—la fecha importapoco; si algún curioso la necesita exacta, podrá deducirla con seguridad de mi relato—actuaba en el teatro del Príncipe, hoy teatro Español, una compañía de que eran primer actor Manuel Catalina y primera actriz Elisa Boldún.

Ambos habían solicitado de Eusebio alguna comedia, y cuando los veíamos—que era casi todas las noches en el saloncillo— no dejaban de reiterar su petición al ya muy aplaudido autor de La mujer de Ulises, El vecino de enfrente, El joven Telémaco— que me dedicó — y otras obras.

Eusebio retardaba complacerlos. Ellos creían que por pereza; él y yo sabíamos que no era la pigricia el motivo, sino el natural deseo de encontrar asunto y plan de una obra para intérpretes tales.

La gente, que sabía que Eusebio se levantaba a las tantas de la tarde, que le veía pasear por la Castellana ó el Retiro y flanear por la Carrera de San Jerónimo, asistir todas las noches al teatro y a las reuniones de la mejor sociedad, creía que no trabajaba ni hacía otra cosa que divertirse luciendo trajes de Caracuel y Alcaide ó corbatas y bastones de Plantey.

Pero después del teatro y de tomar chocolate ó más suculenta cena—según el estado de los sendos bolsillos—nos íbamos a nuestra casa de la calle de las Huertas, a cosa de la una ó una y media de la noche. Yo me acostaba y él se ponía a escribir cuartillas, en prosa ó verso, para los periódicos, los editores ó los teatros.

Levantábame yo de ocho a nueve de la mañana, y en seguida me iba a la mesa del despacho, donde hallaba el quinqué apagado y con el aceite consumido, y un rimerfr de cuartillas de aquella letra pequeña, clara y elegante con que Eusebio llenaba el papel de chistes y agudezas, de frases graciosísimas, de versos salados ó sentidos: vibraciones de un cerebro cuya observación era tan profunda como la expresión fácil y amena. Lo que después han sido en la fotografía las instantáneas, eso era la labor literaria de Eusebio.

Pero como estudiaba tipos, caracteres y costumbres en los paseos, los teatros y los salones, cuando casi todo el mundo no hace otra cosa que pasar el tiempo y distraerse, y como todo eso lo sacaba a luz por la noche, cuando la inmensa mayoría de la gente duerme y descansa, de ahí que la fama de perezoso y holgazán de Eusebio fuese axiomática.

Y como sus producciones resultaban tan fáciles, tan amenas, tan gratas, nadie creía que aquello era fruto de trabajo alguno. ¿Quién piensa cómo es ni de dónde viene el agua pura y cristalina de un manantial con que el viandante refresca los labios y apaga la sed?

Cierta mañana de aquel tiempo ya lejano cogí, como de costumbre, las cuartillas escritas la noche antes por Eusebio.

Eran de una comedia en prosa que no tenía título, por no haberla bautizado todavía, ni al margen el nombre de los interlocutores, que no solía poner hasta que daba el original para sacar de papeles la obra.

Constituían aquellas cuartillas, sin tachaduras apenas, el primer acto de una comedia; acto originalísimo, bellísimo, especie de cuasi-monólogo interesante y primoroso; pero promesa tal, que me entró un miedo terrible de que resultara abortada la obra al proseguirla y terminarla.

Cuando a las dos de la tarde estaba Eusebio tomando el desayuno—chocolate completamente frío — entré en su dormitorio.

Sin duda me conoció en la cara por qué entraba yo aquel día y a aquella hora a verle.

—¿Has leído el acto del proverbio?
—Sí.
—Y ¿qué te parece?
— Preciosísimo; pero...
—Pero ¿qué?

—Que temo que quieras concluir la obra esta noche misma atropelladamente, y no corresponda lo que vas a hacer a lo que has hecho. Sería gran lástima, porque para escribir un segundo acto digno de ese primero, no ya que le supere, sino que no desmerezca y decaiga, es preciso pensar, meditar, trabajar, emplear, en suma, más tiempo del que me parece que tú estás dispuesto a invertir en acabar el proverbio.

—Puede que tengas razón... Allá veremos.

Y no se habló más. Salimos a paseo, comimos, fuimos al teatro y volvimos a casa a la hora de costumbre, a la una de la noche, Eusebio se sentó a la mesa del despacho con un rimero de blancas cuartillas y yo me fui a dormir, no sin recomendarle y rogarle por Apolo y por las musas todas del Parnaso que no acabara de mogollón el proverbio.

Pero me acosté convencido de que Eusebio no me haría caso.

Y, en efecto, a la mañana siguiente, algo más temprano que de costumbre, me levanté, me abalancé a las cuartillas, y de un tirón leí el segundo y último acto del proverbio, acto mejor que el primero, desarrollo y remate felicísimo de la obra, asombroso de facilidad, de gracia, de intención y recursos teatrales.

Cuando Eusebio despertó, le dije:

—Tenías razón: has hecho bien. Si hubieras tardado más en escribir esa obra, probablemente no sería lo que es.

Pocos días después la estrenaron en el Príncipe. Los aplausos a Eusebio y a sus intérpretes fueron tan grandes, que es uno de los mayores éxitos que yo he presenciado en el teatro.

Al día siguiente me decía nuestro queridísimo amigo el gran poeta dramático D. Adelardo L. de Ayala, de quien había yo sido secretario en el Ministerio de Ultramar:

—Dígale usted a Eusebio que anoche no pude ir al saloncillo a felicitarle y darle un abrazo; que su proverbio me ha gustado mucho, que es lo mejor que ha hecho para el teatro, y que no conozco nada en su género que pueda comparársele en España ni en el extranjero: es una verdadera y preciosísima joya.

Aquel proverbio se titula: No la hagas y no la temas.

.......

¡Acepta, Eusebio, como homenaje de mi inextinguible cariño a tu memoria, esta descolorida reminiscencia de aquel tiempo que ya pasó para siempre!

En cambio, aquel proverbio y tantas y tantas otras obras de tu ingenio peregrino, como dulce y fecundísima miel de abeja ática, durarán frescas y sugestivas mientras duren el pueblo y la literatura de España.

Angel AVILÉS.