Revista de España (Tomo I)/Número 1/Sobre el concepto que hoy se forma de España

From Wikisource
Jump to navigation Jump to search
SOBRE EL CONCEPTO
QUE HOY SE FORMA DE ESPAÑA.


Las doctrinas ó las creencias se encadenan de tal suerte que con dificultad puede afirmarse nada, á no presuponer otras afirmaciones previas.

Así es que por severo y escrupuloso que sea un escritor y por aficionado á demostrar ó á dar pruebas de lo que afirma , no es posible que en cualquiera escrito suyo vaya remontando, por decirlo así, los eslabones todos de la cadena y demostrándolo todo hasta llegar á los principios fundamentales. Algo es menester que dé por sentado y hasta por inconcuso el lector: en algo es menester que el lector convenga con el escritor, aunque no sea más que para entrar en cierta momentánea comunión de espíritu , mientras que lee su obra.

Convencido yo de esto, voy á sentar aquí algunas premisas, que solo condicionalmente quiero que sean aceptadas.

Yo creo, en cierto modo, en la inmortalidad de las naciones de Europa. Las antiguas civilizaciones y los antiguos y colosales imperios de Oriente murieron, se desvanecieron: apenas queda rastro de su grandeza pasada. Esto hace pensar á muchos en que las razas y los pueblos se suceden y se transmiten la gloria, el poder y la ciencia, cayendo unos para que otros se levanten. Los egipcios y los asirlos y los babilonios sucumben cuando se alzan los medos y los persas. Luego viene Grecia; luego Roma; luego aparecen las naciones del Norte de nuestro continente: tal vez la América vendrá más tarde. Hay quien no considera la historia sino como una incesante sucesion de ruinas, sobre las cuales llega á fundar su principado ó dígase su hegemonía una nueva nacionalidad, una nueva raza. Los que piensan así , sin negar el progreso humano, entienden que el cetro , la corona , la antorcha de la civilizacion, más brillante cada dia , en suma , todo el tesoro acumulado del estudio , del trabajo y del afan de mil generaciones sucesivas , pasa de un pueblo á otro pueblo, con el andar de los siglos. Esta idea es tan antigua , tan general y tan arraigada, que se formula en proverbio, mucho tiempo ha:

Tradidit Aegyptis Babylon, Aegyptus Achivis.

Los que así discurren, dadas las condiciones actuales de la civilización, no pueden ir hasta el extremo de imaginar que tal ó cual nacion, ó tal ó cual Estado, venga á hundirse tan por completo como los imperios antiguos de Asia; que, en una época señalada, á no intervenir un cataclismo de la naturaleza, París, Lóndres ó Berlin, lleguen á ser lo que son hoy Persépolis, Susa , Ecbatana, Menfis, Tebas, Nínive ó Palmira: pero sí imaginan que suben á mayor altura otros pueblos, los cuales salen á la escena de la historia como representantes de una nueva idea más alta y más comprensiva, como ministros de un propósito providencial superior, y como flamantes encargados de la mision de dirigir el progreso. Las naciones, que antes eran las primeras, quedan entonces rezagadas y como arrinconadas, ó reducidas al ménos á hacer un papel harto secundario. La decadencia de estas naciones es grande, aunque rara vez llegan al término de aniquilamiento de los pueblos asiáticos. Casi siempre, al ménos en los pueblos europeos ó de origen europeo, se supone virtud para seguir, aunque sea á remolque y trabajosamente, el movimiento progresivo de la civilizacion, al frente del cual se colocan, segun su turno, otros pueblos ú otras razas. Hoy dicen que los que van á la cabeza son los alemanes, los ingleses y los franceses: y no falta quien columbre ya, en lo venidero, la supremacía de los anglo-americanos y de los rusos. Entretanto, los que adoptan resueltamente esta opinion, consideran que hay naciones, aun entre las de Europa, que se hacen reacias; que tal vez contribuyeron en un momento dado, y por muy brillante y poderosa manera, al desarrollo del espíritu, al adelanto general, á la marcha majestuosa y providencial de los negocios humanos, pero que son solo perfectibles hasta cierto punto y de allí no pueden pasar. Estas naciones mueren, y los que así discurren justifican su muerte, si ya tuvo lugar, ó la predicen, si está por venir todavía. A veces no es la nacion solo, en su forma política, la que es absorbida ó aniquilada, sino la raza misma, como va aconteciendo con los indios americanos: pero más comunmente desaparece la nacion solo, y la raza queda, en un estado de mayor ó menor degradacion, con más ó ménos vitalidad, con esperanzas más ó ménos fundadas de recuperar la nacionalidad, la autonomía, el poder político independiente: así, desde los polacos y los griegos de Creta, hasta los judíos y los jitanos.

En mi sentir , hay en este modo de considerar la historia mucho de verdad, mucho que la experiencia comprueba: pero también hay notable exageracion. Aun para adoptar vagamente lo principal de la doctrina, importa hacer no pocas salvedades y distingos, y conviene dar explicaciones. La que más cuadra á mi intento, es la de que los pueblos que llaman Aryas ó descendientes de los Aryas, y que otros llaman de raza indo-germánica, caucasiana ó japética, esto es, los pueblos de casi toda Europa y algunos de Asia, tienen, entre otras excelencias y ventajas, la de conservar, á través de mil alternativas de próspera y adversa fortuna y de todo accidente ó circunstancia exterior, el sello de su carácter, la energía y la virtud y el valor que les son propios, y con los cuales llegaron á señalarse. Su degradación ó postración ha sido siempre momentánea. Estos pueblos rara vez han caído para no volver á levantarse jamás. Bien puede sobrecojerlos un desmayo, pero nunca la muerte.

Persia cae bajo el poder de Alejandró, pero vuelve á ser poderosa y grande, y temida rival del imperio romano bajo el cetro de los sasanidas. En tiempo de los sultanes de Gasna, en la Edad Media, Persia brilla con un esplendor extraordinario de civilizacion. Sus poetas épicos y líricos, sus artes y sus ciencias son superiores entonces á los del resto del mundo[1]. Despues se perpetúan en Persia las escuelas y sectas filosóficas y religiosas y la poesía lírica, y hasta la dramática, que nace allí en nuestra edad. Recientemente, el extraño fenómeno histórico de la aparición y difusión del babismo ha hecho patente el vigor intelectual y moral de aquella raza, que tal vez renazca y se eleve de nuevo á la altura de las razas de Europa, sus hermanas, cuando un principio más fecundo y más noble venga á despertarla y agitarla[2].

En dos naciones del Mediodía de Europa ha sido tan sublime, tan duradero y tan superior el primado, que si se mira el asunto con profundidad y no de un modo somero, y cediendo á la impresión del momento, que es desfavorable, el descollar de ellas da muestras de ser perpétuo ó punto menos que perpétuo; la luz no se extingue, aunque se eclipsa. La civilizacion y el poderío de la Gran Bretaña, de Francia ó de Alemania, parecen efímeros , parecen inferiorísimos por la intensidad y por la duracion, comparados con los de Grecia é Italia. Los historiadores ponen la caida de estas naciones en el punto en que juzgan más conveniente, pero con más arbitrariedad que justicia. Incurren en el error de quien creyese muerta la crisálida que va á trasformarse en mariposa, pasando, por medio de un letargo, á una vida mejor, más fecunda y más brillante. Para Grote, por ejemplo, acaba Grecia cuando se somete al macedon Alejandro, y, con todo, Grecia y su espíritu se difun- den entonces por el Asia hasta la Bactriana y la India: la civilizacion griega se extiende sobre las orillas del Nilo y del Eufrates; brilla en Alejandría hasta la muerte de Hipatia, y resplandece, con el cristianismo, en el saber de los Santos Padres, hasta el quinto ó sexto siglo de nuestra era. El imperio bizantino , infamado con el título de bajo, combate, resiste, se defiende durante otros seis ó siete siglos más, contra el furioso aluvion y contínua avenida de los bárbaros de Oriente y Occidente; contra los persas, los godos, los hunnos, los búlgaros, los rusos y los cruzados, y contra el islamismo pujante, el cual se extiende por toda el Asia y por el Norte de África y por España , y amenaza varias veces, á pesar de Cárlos Martel y de Carlo-Magno, salvar los Pirineos y clavar su bandera victoriosa en la nevada cima de los Alpes. El imperio bizantino, el bajo imperio, los griegos resisten, no obstante, y no solo salvan y custodian la civilizacion, sino que la difunden entre esos mismos pueblos que contra él combaten[3]. Rusia y otras naciones reciben de manos de Grecia agonizante la religion y la civilizacion. Esta vitalidad y este vigor del bajo imperio se manifiestan en unos siglos, en que el brio de los pueblos, convertidos por donde quiera en un tropel de esclavos, hacen tan fáciles las conquistas, que un puñado de aventureros audaces basta á domeñar razas enteras, á volcar grandes y poderosos imperios, y á sujetar naciones populosas, antes y despues reputadas de muy guerreras y hasta de indomables. Doce ó catorce mil hombrea bastaron á Taric para apoderarse de España; ménos acaso empleó más tarde Guillermo el Bastardo en la conquista de Inglaterra: y unos cuantos normandos sujetaron con no menor facilidadla isla de Sicilia. Así, pues, lo que hay que extrañar no es que el imperio griego cayese, en el siglo XV, sino que durase hasta entonces. Y lo que hay que admirar es que fuese tan benéfico y tan generoso en su caida, legando la civilizacion al Occidente de Europa, y haciendo, como dice un historiador de aquella época, Felipe de Comines, que otra vez se pudiese repetir con verdad:

Græcia capta ferum victorem cepit, et artes
Intulit agresti Latio:

porque sin Lascaris, Crisoloras, Calcondilas, Besarion, Argiropulo , y otros muchos hombres doctos de Grecia, que vinieron á refugiarse en el Occidente, y sin los antiguos autores y la ciencia que trajeron consigo, árduo hubiera sido pasar adelante; on ne pouvait passer plus outre. De esta suerte el bajo imperio, tan famoso por su corrupcion, por su bajeza y por sus maldades y traiciones, no solo fué un malecon firmísimo que atajó más de mil años el ímpetu furioso, la constante arremetida, y la inundacion creciente de la barbarie, sino que fué como vaso limpio, donde se guardó en su pureza el saber, el habla y hasta la virtud de los antiguos helenos. No acierto á comprender como un imperio, que ha quedado en la historia por tipo de la bajeza y de la corrupcion, produjese hombres, hasta el instante de su ruina, como los ya susodichos emigrados , los cuales infundieron general amor y gran veneracion á sus más ilustres contemporáneos de Italia, no solo por el saber de que estaban dotados, sino por el valer moral, por la fe, la constancia, el desinterés y el entusiasmo de las cosas más nobles y sublimes. Bembo, hablando de Lascaris, exclama: nihil illo sene humanius, nihil sanctius [4]. Ni bajo la terrible dominacion de los turcos se humilla el pueblo griego y se degrada; antes da alta razon de quién era en mil ocasiones, llegando en algunas á sobrepujar con sus nuevas hazañas las más famosas de sus antiguos héroes. En mi sentir, y en el de cualquiera que conozca los hechos, las guerras de los suliotas contra Alí, bajá de Janina, sobrepujan la gloria de las Termópilas. Fotos y Tsavelas valen tanto como Leonidas. Posteriormente, en su gloriosa guerra de la independencia, Grecia ha tenido en sus Botzaris, Maurocordatos y Canaris, dignos sucesores de Milciades y de Temístocles [5]. La Musa helénica no enmudece desde Homero hasta Corai y Riga; desde los himnos épicos de los primeros rapsodas hasta los cantares no ménos épicos de los kleptas [6] sus grandes sabios y filósofos se suceden durante diez ó doce siglos desde Pitágoras hasta Jamblico, desde Platón hasta San Gregorio de Nysa.

La perpetuidad de la stípréníátíía italiana es aun más evidente. El imperio de Roma se extiende y dura, y cambia la faz del mundo é influye en los destinos de la humanidad, como ningun otro imperio. En tiempos posteriores, la gloria en letras y armas de una sola ciudad de Italia, como Genova, Florencia ó Venecia, es mayor que la de muchas grandes y orgullosas naciones. Italia es siempre tan fecunda en varones eminentes, que se los cede, por decirlo así, á otros paises. Da á España el descubridor del Nuevo Mundo y el vencedor de San Quintin; y da á Francia la lengua y la espada, el verbo y la energía de su revolucion, porque bien puede afirmarse que Richetti, conde de Mirabeau, y Napoleon Buonaparte, eran italianos.

En nuestros dias, no tiene ni ha tenido ninguna otra nacion de Europa hombres de Estado como Cavour, poetas líricos como Manzoni, Parini y Leopardi. Sus músicos y sus filósofos solo hallan rivales en Alemania, y sus escultores son quizás los primeros del mundo.

Con tan ilustres ejemplos, me vengo yó á persuadir de que es añejo error el comparar á los pueblos con los individuos, los cuales tienen su infancia, y luego su juventud , y más tarde su edad madura, y su vejez y su decrepitud, y al cabo la muerte. Antes veo que, lejos de haber tales edades en los pueblos, y señaladamente en los de Europa, hay alternativas de prosperidad y miseria, de elevacion y hundimiento, sujetas á ciertas leyes históricas á mi ver no explicadas ni descubiertas por nadie.

Volviendo ahora los ojos á nuestra España, me atrevo a declarar que de cincuenta ó sesenta años á esta parte, me parece que estamos peor que nunca, aunque bajo otro aspecto, y al punto explicaré la contradiccion, me parece que estamos mejor que nunca tambien. Estamos mejor que nunca, porque la corriente civilizadora, la marcha general del mundo, y la solidariedad en que está España con la gran república de naciones europeas, si bien con trabajo y más arrastrándola que infundiéndole movimiento propio, la ha hecho progresar en industria, poblacion, riqueza, comercio, ciencias y artes; pero estamos peor que nunca, porque nuestra importancia se debe evaluar por comparacion, y evaluándola de esta suerte, tanto se han acrecentado el poderío, la riqueza y el bienestar de Francia, Inglaterra, Rusia, Alemania y otros Estados, que comparándonos quedamos muy inferiores.

No me incumbe buscar aquí la razon de esta inferioridad, de este atraso, ni mucho ménos los medios de remediarle. El único fin de este artículo, es hablar del concepto que, en vista de este atraso y de esta inferioridad, forman de nosotros los extranjeros y aun nosotros mismos formamos. Pero aunque el parecer dista mucho del ser, todavía contribuye la apariencia á que llegue lo que es á igualarla: esto es, que la opinion, el crédito, la fama buena ó mala de cualquiera entidad ó cosa, contribuye á la larga á modificar dicha cosa ó dicha entidad. En un individuo, por ejemplo, se nota que si tiene buena reputacion se alienta y anima, y llega á persuadirse de que es merecida; y ya por esto, ya por temor de perderla, obra en consonancia de su buena reputacion; y por el contrario, cuando la tiene mala se amilana y descorazona, y se da á entender que es justa, y considerando que poco ó nada tiene que perder, se abate y humilla en vez de levantar el ánimo á ningun propósito noble. Peor es aun, cuando la mala reputacion, por apocamiento de espíritu, la tiene alguien de sí propio; porque todo el que se tuvo en poco fué siempre para poco, y no se dió jamás sujeto que obrase obras excelentes, que no tuviese en su alma un excelente concepto de su valer y plena conciencia de su mérito. La cual buena estimacion que tiene un hombre de sí, no es la vanidad ridícula, sino el orgullo razonable y decoroso: porque la vanidad se impone ó trata de imponerse y de engañar, y rara vez logra engañar á nadie, ni siquiera al personaje que la abriga, el cual por necio que sea no puede ahogar, ni con la vanidad ni con la necedad, una voz secreta é instintiva que le atormenta de continuo, advirtiéndole lo poco ó nada que vale.

Todo lo que acabo de decir, refiriéndome á un individuo, puede aplicarse también á las naciones, por donde el concepto que ellas forman de sí y el que de ellas forman los extraños importan á su valer real, á su acrecentamiento ó á su caida. Mas hay que advertir en esto que la opinion de los extraños, cuando es mala, no apoca el ánimo de un pueblo, si el pueblo es generoso, sino que le estimula á rehacerse y levantarse de nuevo; y más aun le sirve de estímulo, no la alabanza y adulacion de los propios, sino su más dura y amarga sátira. Ciertamente que si Italia se ha levantado en el dia, en gran parte se lo debe al látigo de Parini y de los otros egregios poetas de su escuela, que no vacilaron en llamar á sus compatriotas turba de siervos apaleados y en decir de Italia que más le valiera convertirse en desierto que producir hijos tan indignos. En nuestra misma patria, en virtud del sentimiento patriótico exasperado, se han dicho, en tiempos de postracion, como el que precedió al levantamiento contra el primer Bonaparte, cosas terribles sobre ella. Jovellanos llega á suponer que, si vuelven los berberiscos, nos conquistarán más fácilmente que la primera vez, sin hallar ni Pelayos ni Alfonsos que resistan.

El concepto que en el dia forman de España los extranjeros es casi siempre pésimo. Es más; en el afan, en el calor con que se complacen en denigrarnos se advierte odio á veces. Todos hablan mal de nuestro presente: muchos desdoran, empequeñecen ó afean nuestro pasado. Contribuye á esto, á más de la pasion, el olvido en que nosotros mismos ponemos nuestras cosas. En lo tocante al empequeñecimiento de nuestro pasado hay, á mi ver, otra causa más honda. En cualquier objeto que vale poco ó se cree valer poco, en lo presente, se inclina la mente humana á rebajar también el concepto de lo que fué, y al revés, cuando lo presente es grande, siempre se inclina la mente á hermosear y á magnificar los principios y aun los medios, por más humildes y feos que hayan sido. ¿Cómo, por ejemplo, llamaria nadie gloriosa á la triste revolucion inglesa de 1688 si el imperio británico no hubiera llegado despues á tanto auje? Shakspeare, cuyo extraordinario mérito no niego á pesar de sus extravagancias y monstruosidades, ¿seria tan famoso, se pondría casi al lado de Homero ó de Dante, si en vez de ser inglés fuese polaco, ó rumano, ó sueco? Por el contrario, cuando un pueblo está decaido y abatido, sus artes, su literatura, sus trabajos científicos, su filosofia todo se estima en muchísimo ménos de su valor real. Montesquieu dijo que el único libro bueno que teníamos era el Quijote, ó sea la sátira de nuestros otros libros. Niebuhr sostiene que nunca hemos tenido un gran capitan, no recuerdo si pone á salvo al que llevó este nombre por antonomasia, y que, desde Viriato hasta hoy, solo hemos sabido hacer la guerra como bandoleros. Y Guizot pretende que se puede bien explicar, escribir y exponer la historia de la civilizacion, haciendo caso omiso de nuestria historia, que da por nula. Un libro podria llenar, si tuviese tiempo y paciencia para ir buscando y citando vituperios por el estilo, lanzados contra nosotros, en obras de mucho crédito y por autores de primera nota.

Sin embargo, no se puede negar que, al menos en cuanto al concepto que tienen los extranjeros de nuestro pasado, ha habido gran mejoría desde la caida del primer Napoleon. Nuestra heróica resistencia á su yugo, ya que nada nos valió de los Reyes y de sus Gobiernos, nos valió siquiera algun momentáneo favor en la opinion pública de Europa. Esto, unido al desenvolvimiento y adelanto de los estudios históricos y al más vivo y atinado afan de la curiosidad literaria y científica, contribuyó á que se apreciasen nuestras cosas, sí bien, por lo comun, en obras especiales, y que por lo mismo han tenido casi siempre fuera de España poquísimos lectores: quedando siempre las ofensas y las crueldades ó injusticias, contra nosotros para los libros de un interés más general, para los libros amenos y lijeros, y para los periódicos que tanto se leen.

Sea como sea, importa consignar aquí y es justo agradecer y aun envidíar que entre varías historias generales de España, escritas por extranjeros, hay una, sí bien no creo que esté terminada aun, que vale más que todas las novísimas, sin excluir las nuestras; hablo, de la escrita por Rosieu de Saint Hilaire: que Washington Irvíng, Ticknor, Prescott, Wolf, Bohl de Faber, Latour, Viardot, Mignet, Southey, ambos Schlegel, Puibusque, Hínard y muchos más autores, alemanes sobre todo, que son los más cosmopolitas, los más aptos para estimar las prendas y el valor de otros pueblos, nos han hecho justicia y han ilustrado con amor la historia de la España cristiana; y que de la civilizacion y del saber de los españoles mahometanos y judíos han dado conocimiento al mundo Dozy, Schack, Renan, Franck, Munck, Kayserlíng y otros. Con todo, bueno es decir que estos autores, que han tratado séria y dignamente nuestras cosas pasadas, rara vez dan muestras de estimar las del día [7]; que algunos se han ocupado en investigar nuestra historia, no como si se tratase de una nacion viva, sino de un pueblo muerto; y que en no pocos, aun en medio del entusiasmo propio de todo autor por el asunto que elige, se nota á menudo el prurito de rebajarnos. Sirva de ejemplo la Historia de Don Pedro el Cruel de Mérimée. Sin duda que fué aquel reinado uno de los peores momentos de nuestra historia ; el estado social de España era entonces espantoso; pero ni era mejor el de Francia, ni aunque entonces lo fuera, se puede colegir de ello nuestra constante y enorme inferioridad con respecto á dicha nación [8]. Conviene repetir asimismo que todos los trabajos sobre España, ó favorables ó justos, han sido poco leidos, y en nada han modificado el mal concepto en que nos tiene el vulgo de las naciones extrañas, y comprendo en el vulgo á casi todos los hombres, salvo unos cuantos eruditos, aficionados á nuestras cosas.

El apotegma de que Africa empieza en los Pirineos corre muy valido por toda Europa. Increible parece la ignorancia cómun de cuánto fuimos y de cuánto somos. Cualquiera que haya estado algun tiempo fuera de España podrá decir lo que le preguntan ó lo que dicen acerca de su pais. A mí me han preguntado los extranjeros si en España se cazan leones; á mi me han explicado lo que es el té, suponiendo que no le habia tomado ni visto nunca; y conmigo se han lamentado personas ilustradas de que el traje nacional, ó dígase el vestido de majo, no se lleve ya á los besamanos, ni á otras ceremonias solemnes, y de que no bailemos todos el bolero, el fandango y la cachucha. Difícil es disuadir á la mitad de los habitantes de Europa de que casi todas nuestras mujeres fuman y de que muchas llevan un puñal en la liga. Las alabanzas que hacen de nosotros suelen ser tan raras y tan grotescas que suenan como injurias ó como burlas. Nuestra sobriedad es proverbial; con una naranja tenemos para alimentarnos un dia. No es ménos proverbial la fierté castillane, esto es, nuestra vanidad cómica. A fin de que un viajero sea bien recibido aquí, conviene que vaya exclamando siempre, y este consejo se ha dado por escrito en libro de gran fama: ¡Los españoles, mucho, mucho valor! Las españolas , qué bonitas, qué bonitas! Se asegura que somos tan vidriosos y tan ciegos, que no se nos puede advertir falta alguna, para nuestro bien, sin que nos ofendamos. Nuestra cocina lia sido siempre para los franceses un manantial inagotable de chistes y de lamentaciones. ¿Qué gracias no se han dicho acerca del puchero y del gaspacho? ¿Y sobre el aceite? Algunos suponen que desde Irun hasta Cádiz el aire que se respira está impregnado de un insufrible hedor de aceite rancio. La gente no come en España; se alimenta. El que comamos garbanzos es lo que más choca, y contra el garbanzo se han hecho mil epigramas cuya sal ática no he llegado nunca á entender. No sé que los garbanzos sean peores que las judias ó que las lentejas que se comen en Francia. Tanto valdria que nosotros nos burlásemos de que en Francia se comen muchas zanahorias y muchas raíces de escorzonera. Por último, es notable nuestra fama de poco aseados, de flojos y de enamoradísimos, sobre todo las mujeres. Doña Sabina, la Marquesa de Amaegui, Rosita, Pepita y Juanita, y otras heroinas de versos, siempre livianos y tontos á menudo, compuestos por Víctor Hugo y Alfredo Musset, son fuera de España el ideal de la mujer española, de facha algo gatuna, con dientes de tigre, ardiente, celosísima, materialista y sensual, ignorante, voluptuosa y devota, tan dispuesta á entregarse á Dios como al diablo, y que lo mismo da una puñalada que un beso. La Cármen de Mérimée es el prototipo de estas mujeres, y no se puede negar que está trazado de mano maestra. Un dístico griego, desenterrado de la Antología por el autor, y puesto como epígrafe á la novela, cifra en sí los rasgos más característicos de la figura. Viene á decir el dístico, traducido libremente, que toda mujer de brio ó de rompe y rasga tiene dos bellos momentos, uno en los brazos de su amante, otro al morir ó matar por celos. De estas y otras noticias y descripciones resulta que todo viandante traspirenaico, si bien viene á España receloso de comer mal, de morir de calor y de ser robado por bandoleros y devorado de lacéria, trae además la esperanza, aunque sea un commis ó un peluquero, de hacer la conquista de todas las duquesas y marquesas que halle, y de ver en cada ciudad, y sobre todo en Cádiz, un trasunto de Pafos ó de Citeres. A los tres días de conocer en Cádiz á una dama de pundonor, la hija ó la sobrina de la pupilera, ya dicha dama, según Byron escribe á su madre ¡singular confidenta! le hacia mil favores, le decia hermoso, me gustas mucho, y le regalaba una trenza de sus cabellos de tres piés de largo, que el poeta envia á su madre , encargándole se la conserve hasta su vuelta á Inglaterra. Esta dama de la trenza fué sin duda el fundamento real de la Inés de Childe-Harold y de la niña oji-negra que el lord encomia en una de sus canciones. Byron, con todo, por ser él tan gran poeta, y por estar más vivo entonces el entusiasmo por nuestra gloriosa guerra de la Independencia, es uno de los escritores extranjeros que nos es más favorable. Pero Byron y otros, que nos encomian como él, revisten el encomio de colores tan novelescos y le forman con rasgos tan absurdos, que para nuestra buena fama valdria más que no le hiciesen. Recuerdan el encomio que hizo Tomé Cecial de la hija de Sancho Panza [9]

Es causa principal de este linaje de alabanzas, de este modo churrigueresco de poetizarnos, una especie de convención tácita para que de España y sobre España se pueda mentir impunemente cuanto se quiera, con virtiendo nuestro país en un país fantástico, propio para servir de cuadro á lances raros, á hechos inauditos de jaques y rufianes, de frailes fanáticos, de hembras desaforadas y de bandidos hidalgos. La mayor parte de los viajeros que se proponen escribir y escriben sus impresiones sobre España, viene ya con el intento preconcebido de poner mucho color local en dichas impresiones, de que todo en ellas sean insólito y por muy diversa manera que en su país, y de que la obra vaya salpimentada de chistes ó exornada de mil inesperadas y maravillosas peripecias.

No digo yo que no haya habido viajeros juiciosos que hayan escrito sus relaciones de viaje por España con la imparcialidad debibida: citaré como ejemplo á M. Laborde. También ha habido otros, como Ozanan, llenos de un verdadero y noble entusiasmo al contemplar los vestigios de nuestras pasadas glorias; pero lo más comun es que escriban alabándonos á lo Tomé Cecial y buscando medios de regocijar ó entretener al público á nuestra costa. Así han sido Gauthier y Dumas. Otras veces nuestra mala cocina y nuestra^ malas posadas han hecho cambiar de propósito á muchos viajeros. Venian para bendecir sin duda, pero les habló la bestia interior y maldijeron, aconteciéndoles lo contrario que á Balaam, el falso profeta. En este número debe contarse á Jorge Sand. Mallorca y sus habitantes salen tan mal librados de su pluma, que aun resultan ménos salvajes los salvajes de la Polinesia.

Vindicaciones contra esta clase de diatribas se han escrito desde muy antiguo por celosos españoles, pero ninguna ha llegado al extremo más merecido que lícito, por ser al cabo una dama la impugnada, que la que el Sr. Cuadrado, escritor mallorquin y colaborador y amigo de Balmes , escribió contra la célebre novelista francesa: termina afirmando que Jorge Sand es el más inmoral de los escritores , y Madame Dudevant la más inmunda de las mujeres. Si aquí se paga insulto con insulto, otros han escrito con más templanza, pero, fuerza es confesarlo, con ménos tino que celo, y respondiendo con exageraciones favorables á las exageraciones adversas, como Ponz, y los abates Lampillas y Cabanilles.

Yo, entretanto, entiendo que estas críticas de los extranjeros no debieran excitar nuestro furor sino nuestra risa, siendo, como suelen ser, infundadas; que algunas son tan absurdas que es una ridiculez refutarlas; y por último, bueno es decirlo, aunque tambien sea triste, que la refutacion no cumple casi nunca su fin, porque no es leída.

Por otra parte, el desden con que miran los extranjeros nuestro presente estado, más que con refutaciones, debe impugnarse haciéndonos valer y respetar. De lo pasado, así literario como político, de lo que hemos valido, así por la acción como por el pensamiento, ya sabrán los que sepan la historia; y sobre este punto no se puede negar que, en lo que va de siglo, han hecho más algunos extranjeros que los mismos españoles.

Quitarles del pensamiento la idea exagerada que tienen de nuestra postracion y decadencia actual no se logrará con escritos, por elocuentes que sean, sino con hechos tales que lo contradigan y destruyan. Mientras tanto es muy duro verse maltratar con la mayor injusticia; pero es mal que no tiene fácil remedio.

En nosotros se cumple el refrán que dice del árbol caido todos Página:Revista de España (Tomo I).djvu/65 Página:Revista de España (Tomo I).djvu/66 Página:Revista de España (Tomo I).djvu/67 Página:Revista de España (Tomo I).djvu/68 Página:Revista de España (Tomo I).djvu/69 Página:Revista de España (Tomo I).djvu/70 Página:Revista de España (Tomo I).djvu/71 Página:Revista de España (Tomo I).djvu/72 Página:Revista de España (Tomo I).djvu/73 Página:Revista de España (Tomo I).djvu/74 Página:Revista de España (Tomo I).djvu/75 Página:Revista de España (Tomo I).djvu/76


  1. Schack, Introducción á su traduccion de Firdusi.
  2. Gobinau, Les religions et les philosophies dans l'Asie centrale.—Franck. Philosophie et religion.
  3. Muralt, Chronographie byzantine.
  4. Villemain, Lascaris.
  5. Villemain, Etat des grecs depuis la conquête musulmane.
  6. Constantino Economo, en su tratado de literatura, Grammaticoon Biblia, cuenta 1200 poetas griegos desde Homero hasta su tiempo.
  7. Salvo las ideas democráticas y revolucionanas que reprobamos, uno de los pocos libros que mejor y más completa y ventajosamente dan á conocer en los países extranjeros La España actual, su literatura, sus ciencias, artes, comercio, etc., es el que con este título, Das heutige Spanien, tradujo al aleman y aumentó y corrigió el famoso demócrata Arnold Ruge, con la colaboracion del autor del libro D. Fernando Garrido.
  8. Aunque en los Discursos leidos ante la Real Academia de la Historia en la pública recepcion de D. Francisco Javier de Salas, más bien se prueba sutileza de ingenio en los autores que no bondad ni virtud en el malvado feroz que se llamó Pedro I de Castilla, todavía queda demostrado de nuevo, aunque de paso, que no eran entonces mejores que los reyes y pueblos de España otros reyes y otros pueblos.
  9. El encomio de la hermosura de las mujeres españolas, de las gaditanas sobre todo, ha sido hecho por muchos poetas extranjeros, empezando por Anacreonte; pero ninguno ha dicho de ellas tan insultante bufonada como la que contienen estos versos de Chil de Harold, canto I, estrofa 71:
    Much is the Virgin teased to shrive them free
    (Well do I ween the only virgin there)
    Fron crimes as numerous as hér beadsmen be.
    Conviene recordar esto á fin de no entusiasmarse ni agradecer á Byron las alabanzas que da á los héroes de la Independencia y el entusiasmo con que habla de the lovely girl of Cadiz, por quien desdeña á las ladies británicas.