Revista de la Semana del 24 de diciembre

De Wikisource, la biblioteca libre.
Ir a la navegación Ir a la búsqueda
El Museo Universal (1858)
Revista de la Semana del 24 de diciembre
 de Nemesio Fernández Cuesta

Nota: se han modernizado los acentos.


REVISTA DE LA SEMANA.

Habiendo de adelantarse siete días este número para completar el tomo de 1858 con arreglo a la variación que a va a experimentar el Museo Universal en los días de su salida, la presente revista no puede ser de la quincena, pues que solo hace ocho días que nos despedimos de los lectores en nuestra última visita.

Desde entonces ha habido varios importantes acontecimientos que la crónica y la historia consignarán en sus anales. Se ha estrenado en Novedades un nuevo drama del Sr. Fernández y Gonzalez: se ha inaugurado y constituido legalmente la real Academia de Ciencias Morales y Políticas; se ha mandado levantar un templo monumental en memoria de la declaración dogmática del misterio de la Concepción Inmaculada; se ha roto un tubo de esa otra obra monumental, el canal del Lozoya; se ha publicado el discurso leído por el Sr. Cañete en la ceremonia de su recepción en la Academia española.

El drama estrenado el sábado en el teatro de Novedades en medio de una numerosa concurrencia, se titula Cid Rodrigo de Vivar. El Sr. Fernández y González ha dada con él una prueba más de su indisputable genio dramático. Las obras del Sr. Fernández y González llevan un sello de vigor, de lozanía exuberante, que las hace distinguir entre todas las demás. En este drama parece que se ha propuesto explicar de una manera plausible un hecho, para nosotros repugnante, que refieren las crónicas y los romances del Cid, a saber: su casamiento con la hija del conde Lozano a quien dio muerte. ¿Cómo D.a Gimena entrega de buen grado su mano al matador de su padre, y aun si hemos de dar crédito al romance, reclama al por marido precisamente por ser el autor de su orfandad? El Sr. Fernández y González da una explicación verosímil del hecho, que en estos casos vale tanto como decir satisfactoria. Las últimas escenas de los actos primero y tercero son de mano maestra, y tienen un alto interés dramático. Las demás, sino tan interesantes, son buenas por la fiel pintura de las costumbres de la época, por los elevados y robustos pensamientos que contienen y por la corrección, esmero y espontaneidad del lenguaje. Cuando otras producciones, dignas de elogio por otra parte, se encuentran plagadas de galicismos, es grato ver cómo algunos escritores se han logrado eximir de la enfermedad dominante. En la ejecución Delgado, Calvo y la Rodríguez, se esmeraron, especialmente el segundo; Zamora, en la primera noche, tuvo momentos fatales. Desgraciadamente no contamos hoy en España actores que puedan representar con la perfección apetecible las obras del Sr. Fernández y Gonzalez, que necesitan artistas como Latorre y la Ristori. La empresa del teatro merece otra vez nuestros elogios por el esmero en trajes y decoraciones con que ha puesto el drama en escena.

El domingo el Sr. marqués de Corvera, ministro de Fomento, en presencia de un gran número de hombros políticos y de literatos, reunidos en el salón de la Academia de la Historia, declaró legalmente constituida la real Academia de Ciencias Morales y Políticas, creada hace un año. El Sr. ministro, ponderando la importancia de las academias en general, y de esta en particular, apeló a la ilustración de sus individuos, y reclamó su auxilio para librar a nuestra patria de los peligros a que pudieran arrastrarla errores funestísimos, y que solo la. luz de la ciencia puede disipar. El Sr. marqués de Pidal contestó a este discurso con otro, en el cual encareció del mismo modo la importancia de las academias y de los académicos, y se manifestó partidario de las antiguas tradiciones. En este punto de las academias, tenemos nosotros nuestra opinión particular, que no es la de los señores marqueses de Pidal y de Corvera. Sucede en esta época a esos cuerpos científicos lo que en otro tiempo a los gremios de artes y oficios: muy buenos en su creación, con todas sus leyes y estatutos, degeneraron después hasta el punto de ser un obstáculo al desarrollo de la industria. Afortunadamente las academias no han adquirido la extensión e importancia que tuvieron los gramios. Poco después de creadas en el país donde nacieron, podía un autor escribir para su epitafio lo siguiente:

Ci gil Piron, qui ne fut rien,
Pas méme académicien.

Esto, sin embargo, nada prueba contra los hombres eminentes que componen esas corporaciones, cada una de de la los cuales individualmente considerado vale para la ciencia más que una academia, y dejado solo a su genio puede producir más ventajas a la sociedad que corporación ninguna reglamentada por el gobierno.

El discurso del señor Cañete en la Academia de la Historia versó sobre la poesía española en su brillante época de los siglos XVI y XVII. Le contestó con igual erudición el señor Segovia, mostrando ambos que han estudiado y comprendido aquellos siglos y aquellos autores.

Y a propósito de academias, no podemos menos de hacer mención de la que se ha creado últimamente en Haití por S. M. negra el emperador Faustino I. Sabido es que en Haití se habla el francés, y una academia francesa ha creado el emperador para conservar la lengua, que en tierra de negros era tratada como una negra. Esta corporación debía tener cuarenta individuos; más como se presentasen unos tres mil aspirantes, todos los cuales se creían con derecho por sus conocimientos filosóficos para ocupar los sillones académicos, el emperador los convocó, los encerró con llave, les dio plumas, tinteros y papel y los invitó a escribir la palabra citron, prometiendo nombrar académicos a aquellos que la escribiesen con toda perfección ortográfica. Los tres mil candidatos pusieron manos a la obra, y en menos de un cuarto de hora presentaron sus trabajos respectivos al ministro. Dos mil novecientos sesenta y uno habían escrito sitron y solo treinta y nueve habían usado la verdadera ortografía. El ministro declaró a los treinta y nueve, académicos de derecho; pero como la Academia debía componerse de cuarenta miembros, hubo de consultar el caso a S. M. para saber sobre quién de los otros debería recaer la elección. Faustino I, después de reflexionar maduramente, dijo al ministro:—veamos si yo soy digno de figurar en esa corporación científica; venga recado de escribir. Cogió en efecto la pluma, escribió: xitron, y entregó el papel al ministro con aire satisfecho. El ministro aplaudió, los treinta y nueve académicos aplaudieron y nombraron al emperador secretario perpetuo. Tenemos, pues, constituida una academia francesa en Haití.

La Gaceta del lunes inserta un real decreto muy digno de llamar la atención. Por el se manda erigir, en honor de la Inmaculada Concepción de la Virgen, un templo que por su grandiosidad pueda servir en adelante de iglesia mayor o catedral de Madrid. Para su construcción se da comisión al rey, que deberá nombrar una junta encargada de estudiar bajo su dirección y proponerle el sitio, los planos, y los recursos para esta fábrica monumental. Nuestra ignorancia creería preferible recomponer y habilitar algunos hermosos templos que se están arruinando, por ejemplo, el de san Francisco, muy a propósito por sus vastas proporciones para servir de iglesia mayor. Sin embargo, quien lo entiende lo ha determinado de otro modo, y vamos a tener, si Dios quiere, una catedral magnífica. Mucho celebraremos verla concluida en compañía de nuestros lectores y de todos los que bien nos quieren.

En cuanto a la otra obra monumental del Lozoya, el tubo o cañería que se rompió, dicen que se encuentra ya compuesto, ¡Así fuera tan fácil componer las filtraciones de la presa! Pero esta es tarea magna que necesita medidas radicales. Entre tanto tendremos agua en el invierno, y más adelante Dios dirá.

También pueden contarse entre las monumentales, a lo menos por lo que duran, las obras de la Puerta del Sol. Al atravesarla ahora, el viajero se siente fatigado y bamboleado por los vientos reinantes en semejante páramo; y en el verano habrá que preparar camellos, agua y tiendas para cruzar aquel desierto, cuya aridez y monotonía no se ven interrumpidas por el más pequeño oasis. Ya han salido dos veces a subasta los solares donde se han de construir las casas que han de formar las futuras calles; pero no ha habido hasta ahora ninguno que se atreva a gastar lo que se pide por ellos. Ciertamente que acaso valga más hacer casas en Fernando Po, a donde va ahora una lucida colonia, y donde los terrenos se dan de balde, que hacerlas en la Puerta del Sol, donde cuestan un ojo de la cara. Y ahora se nos ocurre una idea: ya que nadie quiere edificar en la Puerta del Sol, tómense los terrenos y fabriquese en ellos el templo monumental, que allí podrá campear y descollar admirablemente. Recomendamos a la junta que ha de nombrarse este pensamiento por si lo juzga aceptable.

Por esta revista, y por la parte no firmada de este número.


Nemesio Fernández Cuesta.