Sátira contra los vicios de la Corte

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Sátira contra los vicios de la Corte
de Mariano José de Larra


«... A nadie se ofenderá, a lo menos a sabiendas; de nadie bosquejaremos retratos; si algunas caricaturas por casualidad se pareciesen a alguien, en lugar de corregir nosotros el retrato, aconsejamos al original que se corrija; en su mano estará, pues, que deje de parecérsele.»


Pobrecito Hablador, Nº 1, "Dos palabras"


Déjame, Andrés, que de la corte huyendo,    
de tantos vicios hórridos me aleje,   
como en mi patria mísera estoy viendo:   
ni te asombre que, al tiempo que los deje,   
ya que enmendarlos mi razón no pueda,    
en sátiras amargas los moteje.   

Tú enhorabuena contemplarlos queda,   
tú, a quien fortuna próspera o contraria   
salir de entre ellos para siempre veda.   
Viva en la corte el que sin renta diaria   
triunfa y pelecha, y sin saber por dónde    
fija la rueda de la suerte varia.   

Mírale andar en coche como un conde,   
la bolsa llena de oro, y por su oficio   
pregúntale por ver si te responde.  
Pues ese es jugador; noble ejercicio;   
tiene en el candelero que sustenta,    
sino un condado real, un beneficio.   

Y son las heredades con que cuenta   
y aquí vive, el amarre y el pegote,   
y su casa y su honor, que pone en venta.   
¿Ves aquel otro, erguido de cogote,   
que también opulento y sin empleo   
sabe existir?, pues ese es un pegote.   

Sin ese nunca, hay boda, ni bateo,    
ni hay ambigú, ni baile, ni banquete,    
ni hay partida de caza o de recreo.   
Al que encuentra en la calle le arremete,    
y le pide, y le hostiga; y a que al cabo   
le convide a comer le compromete.  

Y no pienses hartarle con un pavo,   
porque es un sabañón, aunque un poema   
te recite al comer de cabo a rabo.   
Que aun esa gracia tiene; pues no hay flema   
que aguante los sonetos que te encaja 
entre uno y otro cangilón de crema.   

De todo habla incansable, y corta y raja,   
lanzando un epigrama a cada uno,   
pues no siendo sus versos, todo es paja.   
¿Quién es aquél que ayer aun hecho un tuno,   
roto paseaba y andrajoso el Prado,   
y hoy no saluda en zancos a ninguno?   

¡Pardiez que sé quién es! Un hombre honrado    
que, deprisa y corriendo, con la moza    
se casó de un señor encopetado;  
a quien, en vez de darle una coroza,    
un destino le dieron, y se mama   
dos mil duros, y gajes, y carroza.   

Y el muy desvergonzado se nos llama   
padre de un hijo que nació a seis meses  
de haber casado con la honesta dama.   
Llega; háblale de honor; con los Meneses    
se dice emparentado y los Quincoces,   
y segundo de casa de Marqueses.   

-¡Soy un hombre de honor! -dirate a voces,  
que está de vanidad que ya revienta    
el muy... Más tú ya, Andrés, bien le conoces.    
¿Ves aquel otro que en landó se ostenta    
con lentes, y cadenas y traílla    
de galgos por detrás, palco, y la renta    

gasta de un rey, causando maravilla?   
Pues ese debe el frac que lleva puesto,    
y el sobre-todo, a un sastre de esta villa,    
y el caballo al chalán, la casa a Ernesto,   
la comida en la fonda, y cien sorbetes  
en el café, y cigarros, por supuesto.   

Y al paso que en la cárcel mil pobretes    
por un duro se mueren de ictericia,   
ese pasea libre de corchetes;   
porque es conde y señor, y aunque desquicia   
con su vivir el orden, insolente   
de las leyes se burla y la justicia.   

¿Quién es aquella que anda entre la gente,    
abrumada de encajes y diamantes,   
que parece sultana del Oriente?  
Ésa es moza de prendas relevantes:   
un intendente, aunque la ves soltera,    
sostiene a la maldita y sus amantes.   

Su madre, que la adiestra, hedionda, fiera,   
vieja, pintada y con postizo, a infame  
precio vendió su doncellez primera.   
¡Y es posible! ¡Qué horror! ¿No hay quien la llame    
por las calles a voces... torpe y bruja,    
ni hay galera en Madrid que la reclame?   

¿Y no quieres, Andrés, que brame y cruja   
el látigo tendido en la cloaca   
que a Sodoma y Gomorra sobrepuja?   
Pues no llueve flamígera y opaca    
rayos aquí una nube tronadora,   
¿querrás que yo no aplique mi triaca?   

¿Quién es aquella cara que enamora,   
con el gesto mirlado, rubio el pelo,   
ceñido el talle y dengues de señora?   
¿Es hombre o es mujer? Pisando el suelo    
con ademán pulido, barbilucio,  
gayado de colores el pañuelo,   

en afeites envuelto, ¿ese tan lucio,   
tan vestido y compuesto, es algún dije    
que del país nos vino de Confucio?   
Pues aquese es un hombre; un año exige  
su tocado al espejo; a ese bonito   
le ampara protector, si es que nos rige   

la voz pública, Andrés, un... pero ¡chito!    
Huye, conmigo, Andrés; antes nos vamos,    
que trague tanto crimen el Cocito.    
¿Qué haremos por acá los que ignoramos    
el fraude, y la lisonja, y la mentira,    
y los que por orgullo no adulamos?   

Vibrar no sé para adular mi lira,    
ni aguantar supe nunca humillaciones;   
la voz entonces de mi labio espira.   
¿Qué suerte haré yo aquí con mis renglones,    
yo que el humo jamás echo a ninguno    
del incienso vertido en mis borrones?    

¿Yo que no tengo el diálogo oportuno   
de Inarco, ni su sal para la escena,   
ni el aura injusta y popular de alguno?   
Aunque haga una comedia mala o buena,   
si no entiendo del teatro las intrigas,    
¿cuándo a pública luz saldrá mi vena?  

Si no tengo allá dentro un par de amigas,    
si no adulo el cortejo que las paga,   
serán de mis comedias enemigas.   
¿He de alabar a un necio que se traga   
como agua la alabanza no adquirida,  
aunque el papel destroce o lo deshaga?   

¿O he de sufrir; en fin, cuando aplaudida    
mi comedia enriquezca el escenario,   
que mil reales me den? No, por mi vida.   
¿Pido limosna acaso, o perdulario     
coplero soy de esquina por ventura?   
¿Y eso ha de producirme el incensario,    

y el quemarme las cejas? ¡Qué locura!    
Cómanse con el resto ese dinero,   
o al hospital lo den para una cura.  
¡No hay vates!, gritarán, ¡en lastimero    
estado el teatro está!... Dime ¿los vates    
se mantienen de versos, majadero?   

¿O no hay más que zurcir seis disparates    
para granjear aplauso? ¿Hacer escenas   
tan fácil es como decir dislates?   
¿Y quién protege las comedias buenas?    
¿Los señores acaso? ¿Él...? ¡Vive el cielo!    
¡Y las oyen tal vez a duras penas!   

Mal haya para siempre el torpe suelo   
donde el pícaro sólo hace fortuna;    
donde vive el honrado en desconsuelo;   
donde es culpa el saber; donde importuna    
la ciencia, y donde el genio perseguido    
ahogados mueren en su propia cuna;     

donde no es otro mérito atendido   
que el oro; donde al mísero atropella    
el coche de un bribón vano y henchido;   
donde en millones nada, por su estrella,    
quien al pueblo los roba desangrado  
en un destino que le dio una bella;   

donde al ciento por ciento da prestado,    
sin que nadie lo mate; un usurero,    
y vive rico, alegre y respetado;   
donde el abate, aquel farandulero,   
que mudó de opinión cual de camisa,    
lleva su moza al Prado de bracero;    

donde marcha la faz bañada en risa,    
el crimen descarado, alta la frente,    
corrompiendo el terreno por do pisa...  
¿Y esto es vivir, Andrés? ¿Y entre esta gente    
me invitas a quedarme? ¿Por qué indicio    
pudiste sospechar que esté demente?   

Viva aquí el abogado que en su oficio    
hace blanco lo negro, y que defiende  
la virtud ofendida como el vicio.   
Y el médico aquí viva, que se entiende    
con algún boticario, y nos receta    
drogas que a medias con aquel nos vende.    

Mas yo, que soy un mísero poeta,      
antes que por decir verdades claras   
en un encierro un alguacil me meta,   
y me cuesten mis sátiras más caras,    
o en el hospicio muera miserable,   
quiero del riesgo huir doscientas varas:  

que ni es lícito hablar, donde intratable    
pone a la lengua una mordaza el miedo,    
y ¡ay del primero que rompiéndola hable!   
A Dios te queda, Andrés, que ya no puedo    
tanta bilis sufrir, ni tanta ira,  
y ¡ay de mí, triste, si a verterla quedo!    

Que si Apolo su fuego no me inspira   
para hacer buenos versos contra el vicio,    
sabrá mi indignación templar mi lira.    
Y mientras que huyo el riesgo a su ejercicio,  
viva en la corte el que aguantarle sabe,    
y el que de embrollos gusta y de bullicio,   
viva en la corte, y que la corte alabe.    


El bachiller don Juan Pérez de Munguía