Sacra propediem

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Sacra propediem (1921) de Benedicto XV
Traducción de Wikisource de la versión oficial latina
publicada en Acta Apostolicae Sedis vol. XIII, pp. 33-41.
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ENCÍCLICA

BENEDICTO XV
VENERABLES HERMANOS
SALUD Y BENDICIÓN APOSTÓLICA


A LOS PATRIARCAS, PRIMADOS, ARZOBISPOS, OBISPOS, Y OTROS ORDINARIOS EN PAZ Y COMUNIÓN CON LA SEDE APOSTÓLICA, EN OCASIÓN DEL VII CENTENARIO DE LA FUNDACIÓN DE LA TERCERA ORDEN FRANCISCANA


Ante la próxima solemne celebración del séptimo centenario de la fundación de la Tercera Orden de Penitencia[a], Nos parece muy oportuno recomendarla con nuestra autoridad apostólica a todo el mundo católico; en primer lugar, por la certeza de que será de gran beneficio para el pueblo cristiano, pero también por algo que nos concierne personalmente. De hecho, en el año 1882, cuando con el ardiente fervor del pueblo, se celebró solemnemente un centenario del nacimiento del Santo de Asís[b], recordamos con satisfacción que también Nosotros quisimos ser inscritos entre los discípulos del gran Patriarca, y en la famosa basílica de Santa María en el Capitolio[c], oficiada por los Frailes Menores, recibimos formalmente el hábito de los terciarios franciscanos. Por lo tanto, ahora que por voluntad divina hemos sido elevados a la cátedra del Príncipe de los Apóstoles, felizmente tuvimos la oportunidad, también por Nuestra devoción a San Francisco, de instar a los fieles de la Iglesia en todo el mundo a inscribirse expresamente - o, si ya está registrado, para trabajar con compromiso - en esta institución del hombre santísimo, que aún hoy responde maravillosamente a las necesidades de la sociedad.

En primer lugar, conviene que todos tengan una idea exacta de la figura de San Francisco, ya que algunos, llevados por el pensamiento de los modernistas, presentan al hombre de Asís como poco obediente a esta Cátedra Apostólica, como el campeón de una especie de religiosidad al mismo tiempo vaga y vana; a ese tal, ciertamente, no se le podría llamar ni Francisco ni santo. — En verdad, los méritos más relevantes e imperecederos de Francisco hacia el cristianismo, por los que fue definido correctamente como el apoyo brindado por Dios a la Iglesia en un tiempo máximamente peligroso, encontraron su coronación de gloria en la Tercera Orden, en la que, mejor que cualquiera de sus otros esfuerzos, destaca la grandeza e intensidad de su ardor al difundir la gloria de Jesucristo en todas partes. Ante la solicita consideración de los males que padecía entonces la Iglesia, movido por un inmenso deseo de renovar todo de acuerdo con los principios cristianos; fundó una doble familia religiosa, una de frailes y otra de monjas, quienes, profesando votos solemnes, tenían que seguir la humildad de la Cruz; pero al no poder dar la bienvenida a todos los que acudieron a él de todas partes para someterse a su disciplina, pensó en proporcionar incluso a aquellos que vivían en la agitación del mundo una forma de lograr la perfección cristiana. Por lo tanto, instituyó una verdadera Orden, la de los terciarios, no vinculada por los votos religiosos como las dos anteriores, pero conformada de manera similar por la simplicidad de las costumbres y por el espíritu de penitencia. Por lo tanto, fue el primero en concebir e implementar felizmente, con ayuda divina, lo que ningún fundador de familias regulares había ideado previamente: hacer que el tenor de la vida religiosa fuese común para todos. Debemos recordar lo que con gran claridad dijo Tomás de Celano: «Un artífice verdaderamente ejemplar que, bajo cuya formación. regla y doctrina, proclama un camino para que, en uno y otro sexo, se renueve la Iglesia de Cristo, y triunfe la triple milicia de los que quieren ser salvados"[1]. Por el testimonio de un varón coetáneo y tan autorizado, es fácil entender cuán profundamente conmovió Francisco al pueblo con esta institución, y qué saludable renovación obró en él. Por lo tanto, como no puede haber ninguna duda de que Francisco fue el verdadero fundador de la Tercera Orden, de la misma manera que lo había sido de la primera y la segunda, por que fue sin duda su sabio legislador[d]. En esto fue muy ayudado, como es bien sabido, por el cardenal Ugolino, el mismo que más tarde, con el nombre de Gregorio IX, ilustró esta Sede Apostólica y, que después de la muerte del patriarca de Asís, de quien fue un gran amigo durante su vida, levantó sobre su sepulcro un templo de gran belleza y magnificencia. Nadie ignora que posteriormente la Regla de los Terceros fue sancionada y aprobada solemnemente por Nuestro Antecesor Nicolás IV[e].

Tampoco hay necesidad de que Nos detengamos en tales cosas, venerables hermanos, ya que Nuestro propósito principal es mostrar el carácter y el espíritu íntimo de esta institución, del que, como en la época de Francisco en esta época tan contraria a la virtud y a la fe, la Iglesia se promete grandes ventajas para el pueblo cristiano. Aquel profundo conocedor de nuestros tiempos, que fue nuestro predecesor de la feliz memoria, León XIII, para hacer que la disciplina de los terciarios fuera más accesible para todos los grados de la gente, muy sabiamente con la Constitución Misericors Dei Filius[f] del año 1883, prudentemente mitigó su regla, «según las presentes circunstancias de la sociedad», variando algunas cuestiones de menor importancia, que no parecían coincidir con las costumbres de la hora presente. «Con esto, sin embargo, dice, no se debe pensar que se haya modificado algo de la naturaleza de la Orden, pues queremos que permanezca totalmente integra y sin alteración». Por lo tanto, todo cambio fue solo externo, y no tocó su sustancia, que continúa siendo tal como quiso el mismo santo fundador.

Consideramos que el espíritu de esta Tercera Orden, todo impregnado por la sabiduría evangélica, contribuirá en gran medida a la mejora de las costumbres públicas y privadas, siempre que vuelva a florecer, como cuando Francisco, con la palabra y el ejemplo, predicó en todas partes el reino de Dios.

De hecho, en primer lugar, él quería que la caridad fraterna, causa de la armonía y de la paz, brillara en sus terciarios. Entendiendo que este es el precepto propio de Jesucristo, que contiene toda la ley cristiana, se esforzó en conformar en ella las almas de sus seguidores Con esto mismo se aseguró de que esta Tercera Orden fuese útil para toda la sociedad humana. Francisco estaba tan inflamado de ardor seráfico hacia Dios y hacia los hombres, que no pudo contenerlo en su corazón, sino que sintió la necesidad de llevarlo fuera, en favor de tantos como pudiera. Por esto, habiendo comenzado a reformar la vida privada y doméstica de sus hermanos, dirigiéndolos a la adquisición de la virtud, como si no tuviera otra cosa como objetivo, pensó que no debería detenerse aquí, sino utilizar esta reforma individual como una herramienta para llevar a la sociedad un soplo de vida cristiana, y así ganar a todos para Jesucristo. En consecuencia, el pensamiento que animó a Francisco a hacer de los terciarios heraldos y apóstoles de la paz en medio de aquellas grandes disputas y agitaciones civiles de su tiempo; este mismo fue también Nuestro pensamiento cuando casi todo el mundo ardió con la horrible guerra; y todavía es así, mientras que el gran fuego, que todavía humea aquí y allá, no se extingue y en algunos lugares sus rescoldos todavía llamean. A esto se añade el mal interno que agita a las naciones -que genera el mismo prolongado olvido y desprecio de los principios cristianos-, nos referimos a la lucha de clases por la posesión de bienes terrenales, tan violenta que se puede temer una catástrofe universal. Por lo tanto, en este campo tan inmenso en el que Nosotros, como representantes del Rey Pacífico, hemos prodigado nuestra preocupación más afectuosa, esperamos de todos los que son hijos de la paz cristiana la contribución de su diligencia, pero especialmente de los terciarios, que ayudarán admirablemente a la concordia de las almas, si además de crecer en todas partes en número, intensifican su celo laborioso. Por lo tanto, es de esperar que no haya una ciudad, pueblo, aldea en la que no haya un buen número de hermanos, que no sean indolente, o que estén satisfechos solo con el nombre de Terciarios, sino que sean activos y solidarios con su propia salvación y la de los demás. ¿Y por qué entonces las diversas asociaciones católicas de jóvenes, trabajadores, mujeres, que florecen en casi todas partes donde no podían pertenecer a la Tercera Orden de Penitencia, para continuar trabajando en la gloria de Jesucristo y en beneficio de la Iglesia con ese espíritu de caridad y de paz de la que Francisco la animó? De hecho, la paz que implora el género humano no se extrae de los laboriosos consejos de la prudencia terrena, sino que es traída por Cristo, quien dijo: Os doy mi paz: no os la doy como el mundo la da[2]. Ese acuerdo entre los estados y las diversas clases civiles que pueden ser ideados por los hombres no puede durar ni tener la fuerza de la paz verdadera si no tiene su base en la tranquilidad de las mentes; que a su vez existe solo con la condición de que se frenen las pasiones, que nacen de todo tipo de discordia. ¿Y de dónde vienen las guerras y las disputas entre vosotros, se pregunta el apóstol Santiago, si no desde aquí? de tus lujurias que militan en vuestros miembros?[3]. Ahora, para ordenar al hombre internamente, para que no sea esclavo, sino dueño de sus propias pasiones, obediente y sujeto a la voluntad divina, en la que se funda la paz común, este es el efecto de la única virtud de Cristo, que resulta admirablemente eficaz en la familia de los Terciarios Franciscanos. De hecho, como esta Orden propone, como dijimos, guiar a sus miembros a la perfección cristiana, aunque comprometidos con el cuidado del siglo, -pues ningún estado de vida es incompatible con la santidad-, cuando muchos viven de acuerdo con esta regla, ciertamente se sigue de modo necesario que son, para todos los demás entre los que viven, una incitación no solo para cumplir con su deber por completo, sino también para luchar por una perfección mayor que la establecida por la ley ordinaria. Por lo tanto, esa alabanza que el Señor le dio a sus discípulos que estaban más dedicados a él, cuando dijo: No son del mundo, como yo no soy del mundo[4], con razón se debe atribuir la misma alabanza a los hijos de Francisco que, observando con un espíritu verdadero hasta donde se les da en el siglo los consejos evangélicos, pueden decir de sí mismos con el Apóstol: "No hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu de Dios"[5].

Por lo tanto, manteniéndose lo más lejos posible del espíritu del mundo, intentarán hacer que el espíritu de Jesucristo penetre en la vida común en cada oportunidad. En verdad, hay dos pasiones predominantes hoy en esta increíble perversidad de costumbres, el amor sin límites de la riqueza y una sed insaciable de placer. De ahí la vergüenza y el deshonor de nuestro siglo, que, mientras avanza continuamente en lo que pertenece a las comodidades y placeres de la vida, en lo que es más importante, es decir en lo que respecta al deber de vivir honestamente, parece querer volver a grandes pasos hacia la corrupción del paganismo. En realidad, los hombres en cuanto más pierden de vista los bienes eternos que están preparados para ellos en los cielos, más se sienten atraídos por los caducos; y una vez que se inclinan hacia la tierra, en ellos todas las virtudes fácilmente se entumecen: de modo que detestando todo lo que sabe a espiritual, nada quieren gustar sino la distracción de las diversiones. Por lo tanto, vemos en general que, si bien, por un lado, no se facilita ningún modo de conseguir y aumentar [la riqueza], por otro, no existe la resignación del pasado para soportar las dificultades que generalmente acompañan a la pobreza y la miseria; y como entre los proletarios y los ricos existe ya la lucha feroz a que nos hemos referido, el lujo desmesurado de muchos, combinado con el desenfrenado libertinaje, se añade a la aversión de los pobres. En este sentido, no podemos deplorar la ceguera de tantas mujeres de todas las edades y condiciones, que, enamoradas de la ambición del placer, no ven hasta qué punto la necedad del vestido que utilizan, no solo desagradan sino que, lo que es más grave, ofenden a Dios. Y con ese tipo de vestimenta, que ellas mismas en el pasado habrían rechazado con horror, como demasiado vergonzoso para la modestia cristiana, no solo se presentan en público, sino que tampoco se avergüenzan de entrar tan indecentemente en las iglesias para asistir a las funciones sagradas e incluso llevar a la misma mesa eucarística, en la que se recibe al divino Autor de la pureza, el lenocinio de las malas pasiones. Tampoco mencionemos esas atroces danzas, unas peor que las otras, que recientemente se han puesto de moda en el mundo de la elegancia; no se encontraron medios más adecuados para eliminar cualquier resto de modestia.

Si los terciarios prestan atención diligentemente a lo que hemos dicho, entenderán fácilmente lo que, como seguidores de Francisco, requiere este tiempo. Es decir, deben mirarse en la vida de su Padre; consideren cuánto y en qué medida fue imitador de Jesucristo, especialmente con la renuncia a las comodidades de la vida y la paciencia en el dolor, hasta el punto de merecer el título de pobre y recibir los estigmas del Crucificado en su cuerpo; y para no mostrarse hijos degenerados, al menos abracen la pobreza en espíritu y carguen cada cruz con abnegación. En lo que concierne en particular a los terciarios, tanto en vestirse como en todo su comportamiento externo, son un ejemplo de modestia sagrada para las mujeres y madres jóvenes; y no piensen que puedan ser más útiles a la Iglesia y a la sociedad que cooperando en la enmienda de costumbres corruptas. —Porque si los miembros de esta Orden, que han dado a luz muchas obras de caridad para ayudar a los indigentes, ciertamente no se permitirán omitir sus deberes de caridad para ayudar amorosamente a sus hermanos y hermanas en necesidades mucho más graves que los materiales. Y aquí recordamos el dicho del apóstol Pedro que, deseando exhortar a los primeros cristianos a ofrecer a los gentiles el ejemplo de una vida verdaderamente santa, dijo: Al ver tus buenas obras, vienen a glorificar a Dios en el día del juicio[6]. Del mismo modo, los terciarios franciscanos deben difundir el buen olor de Cristo con la integridad de la fe, con la inocencia de la vida y con la diligencia del celo, que son una exhortación e invitación para que los hermanos equivocados regresen al camino correcto; esto les exige, esto espera la Iglesia.

Por lo tanto, confiamos en que las próximas celebraciones del centenario marcarán un feliz renacimiento de la Tercera Orden; y no dudamos de que vosotros, Venerables Hermanos, junto con los otros pastores de almas, pondréis todo el cuidado para asegurar que las asociaciones terciarias se revitalicen donde languidecen, se multipliquen siempre que sea posible y florenzcan tanto en observancia de la disciplina como en abundancia de asociados. De hecho, se trata de esto: preparar con numerosas huestes de creyentes, a través de la imitación de Francisco, el camino y el regreso a Cristo, en el cual se deposita toda esperanza de salvación común. De hecho, lo que Pablo dice sobre sí mismo: Hágase mis imitadores, como yo soy de Cristo[7], Puede con toda razón repetir Francisco, quien, imitando a Jesucristo, se convirtió en una imagen en todo similar a él.

Para hacer más fructífera esta solemnidad, a petición de los Ministros generales de las tres familias franciscanas, otorgamos lo siguiente del tesoro de la Santa Iglesia:

I. En todas las iglesias, donde esté canónicamente la Asociación del Tercera Orden, al celebrar durante un año, a partir del próximo 16 de abril, un triduo sagrado para solemnizar este Centenario, los terciarios pueden adquirir, en las condiciones habituales, indulgencia plenaria de la remisión de los pecados, en cada uno de los tres días, y los demás solo una vez; además, aquellos que, arrepentidos de sus pecados, visiten el Santísimo Sacramento en las iglesias antes mencionadas, obtendrán cada vez una indulgencia de siete años;

II. En estos días todos los altares de estas iglesias serán privilegiados; y por esto mismo en este triduo sacro de San Francisco, cada sacerdote puede lícitamente celebrar la Misa como votiva "pro re gravi et simul publica causa", observando las rúbricas generales del Misal Romano, tal como se proponen en la última edición vaticana;

III. Todos los sacerdotes asignados a estas iglesias puedan, en esos días, bendecir rosarios, medallas y objetos sagrados similares, aplicándoles las indulgencias apostólicas, así como bendecir los Rosarios de los Crucíferos y de Santa Brígida.

Como deseo de los favores celestiales y como testimonio de nuestra benevolencia, les transmitimos cariñosamente la Bendición Apostólica, Venerables Hermanos, y a todos los miembros de la Tercera Orden

Dsdo en Roma, junto a San Pedro, en la Epifanía del Señor de 1921, año séptimo de Nuestro Pontificado.

BENEDICTO XV

Notas[editar]

  1. Como orden de la penitencia fue conocida desde su inicio, con la bula Supra Montem (18.08.1289), de Nicolás IV, recibió su primera regla y quedó formalmente unida, como tercera orden, a la primera orden de los Franciscanos. Cfr. Curso OFS 8; De los penitentes franciscanos a la OFS (OFS es la sigla utilizada por esta tarcera orden, denominada actualmente Orden Franciscana Seglar, para distinguirla de la Tercera Orden Franciscana Regular: VOT.
  2. Aunque no se conoce la fecha exacta del nacimiento de San Francisco de Asís, se considera que debió ser en 1181 o 1182; por tanto cuando en la celebración a la que se refiere el papa se cumplía el séptimo centenario de su nacimiento
  3. Conocida en Roma como la basílica de Santa Maria in Ara Coeli.
  4. San Francisco redactó la Primera carta a todos los fieles, considerada como la Protorregla de la Tercera Orden; cfr. Curso OF 5:Carta a todos los fieles.
  5. Mediante la bula Supra montem, del 18 de agosto de 1289; cfr. "De los penitentes franciscanos a la OFS" en Curso OFS: 8.
  6. Publicada en la Acta Sancta Sedis, vol. XV, pp. 513-529; una versión en italiano puede consultarse en la web del Vaticano

Referencias[editar]

  1. Tomás de Celano, 1229, Vida Primera de San Francisco, Cap. XV, 40.
  2. Ioan. 14, 27.
  3. Iac. 4, 1.
  4. Ioan. 17, 16.
  5. 1 Cor 2.12.
  6. I Petr. 2, 12.
  7. I Cor. 11, 1.