Salineros: 3

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Nota: En esta transcripción se ha respetado la ortografía original.


III

Coincidía la partida con la llegada de el buque del asiento, sin fondo al parecer, por la multitud de efectos que de sus estrechas concavidades desembarcaban sin agotarse nunca.

Las casas de Sarratea, Escalada, Sáenz Valiente, Alzaga, Lezica, Arroyo, contribuían con vituallas y pertrechos de toda especie, mantas, frazadas y anteojos verdes para los que extraían la sal, amortiguando la blanquísima reverberación enceguecedora; como los ricos hacendados, Anchorena, Osornio, Otárola, con yeguadas amansadas para regalar y amansar á los indios.

La autoridad proporcionaba soldados y armamento, y el comercio, los estancieros, el vecindario todo contribuía gustoso á equipar la expedición de los salineros, que tenía por doble objeto, traer ésta de Salinas Grandes, y cambalachar viejas cautivas flacas, por yeguas gordas, pues jóvenes cautivas no se recuperaban sino cuando ya no daban servicio.

Numerosos fogones animaban el improvisado campamento, alegrando la armonía, guitarras vibradoras bajo las carretas.

Círculos fantásticos agigantábanse en los giros del baile al través del humo y cambiantes de luz. El verde cimarrón y el porrón de ginebra circulaban de mano en mano, y el gaucho cantor dejaba oír décimas interminables entre el zapateo del gato y media caña antecesores del cielito federal, en bailes camperos.

Las banderolas de los guías lanceros, flameaban clavadas en línea ó cerca de grupos rodeando el asador, y los fogones llameantes, esparcidos en gran extensión con alternativas de luces más ó menos claras, según se avivaban ó amortiguaban las sombras que en torno se deslizaban. Gritos de arrieros, declaraciones de unos, lamentos de otros, cantos más lejanos, todo un mundo de voces, ruido y confusión poblaba de alegres ecos, llenando de movimiento y vida esos desiertos otrora.

Mocito cantor de la Guardia del Luján dejaba en las trovas de ocasión, á la chinita que pastoreaba, al dejar su pago del Santuario:

Oh! devota lujanera
Un granito de tu sal
Que cura de todo mal
Derrama en mi limosnera.


A lo que contestaba piscoira que á otro prefería:

Andá con los salineros,
Jactanciosos y embusteros.


Redoblábase el contento antes del último sueño de la partida fijada para la próxima diana, después de la que muchos de los acompañantes hasta aquel fortín avanzado, del otro lado del zanjón de Samborombón volverían á sus pagos.

Y dentro el largo rancho de la Comandancia continuaba el ruido de platos y botellas, y rumor del servicio incesante prolongado después del toque de silencio.



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