Sangre torera: 4

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Sangre torera - Capítulo IV de Arturo Reyes



Antonio contestó sonriendo a los que le jaleaban, y sentándose junto a Pepe Fajardo, dijo a éste:

-Tengo que darte una buena noticia: es muy posible que atoreemos el mes que viene en el circo antequerano.

Pepe y los que le rodeaban posaron una mirada de sorpresa y alegría los menos, de envidia o de incredulidad los más, en el Cartulina. ¡Torear en Antequera!

-¿Y eso cómo? -le preguntó Pepe, más con la mirada que con los labios.

-Pos na -repúsole el Cartulina, echándose hacia atrás el flamante pavero gris y apoyando el codo en la muleta de hueso del roten-, que esta mañana entré a tomar un cortaíllo en ca del Pipiricuando y me trompecé con el Chiripa, y como el Chiripa es mu amigo de don Marcelino, el empresario, pos lo que pasa, que encomenzamos a platicar de toros y de toreros, y al Chiripa se le ablandó el muelle rial con la miajita de zarzaparrilla que mos habíamos bebío, y... na, que me dijo que o se sale con la suya y atoreamos en Antequera, o que pierde las narices, y ya ves tú que es cosa difícil eso de que el Chiripa se quée sin sus narices.

La noticia fue la comidilla de todos; cada cual expuso su criterio: el Llerena y el Clavijo opinaron que aquello no era más que un farol del Chiripa; el Cuqui y el Clavicordio, que era un arranque del de Jubrique, del que tanto solía abusar aquél; Pepe Fajardo y el Cartulina confiaban en él: el Chiripa era hombre de tanta palabra como narices.

Cuando se quedaron solos Pepe Fajardo y Antonio, echaron a volar ambos su imaginación; la promesa del Chiripa había iluminado como una aurora boreal el horizonte que a diario ellos ensanchaban, recorríéndolo en alas de su ambición. Indudablemente el Chiripa lograría su objetivo, y ni que decir tenía que ellos habían de quedar como los mismísimos ángeles, después de lo cual, las contratas caerían sobre ellos como lluvias torrenciales; la fama llevaría sus nombres coreados por vítores y aplausos de zona a zona, y la Prensa reproduciría sus rostros y sus hechuras en todos los momentos más solemnes y culminantes de su vivir. Este tan dulce divagar les llenó el corazón de júbilo, y aquella tarde, al pasear su garbo y su bizarría por las calles más populosas del barrio, lo hicieron como si ya llevasen en la mano la palma de la victoria.

El Chiripa cumplió lo prometido, lo cual puso en un brete a nuestros noveles espadas; se aproximaba el momento ansiado, y no era cosa de tirarse ya seriamente al ruedo sin más atributos taurómacos que cuatro pelos más bien o más mal trenzados, y las algo deterioradas zapatillas. Y espoleados por lo urgente del caso, lanzáronse en busca de algunos ternos de luces con que poder engalanar las personas, logrando, tras infinitos esfuerzos, Antonio que le prestara el que un tiempo luciera el hermano de un famoso carnicero.

No estaba en muy buen uso el terno encontrado, terno de un verde bilioso y de una plata inempeñable, terno en que la suciedad celebraba sus bodas de plata con el zurcido, es decir, que a poder sentirse orgulloso, orgulloso hubiérase sentido aquel terno de luces de sentir, en el ocaso de su vida, latir un corazón de hombre bajo su deteriorada urdimbre.

Antes de devolvérselo, algunos días después, a su dueño, tuvo necesidad la señora Frasquita de lavar la taleguilla y de zurcirle el tremendo desgarrón que dejara en él el asta del cornúpeta, que antes de caer hecho un taco a los pies del Cartulina, dejó a éste un recuerdo doloroso que le tuvo en el hospital cerca de dos meses, bajo la amenaza de que le tuvieran que amputar una de las extremidades pedestres.

Durante todo el tiempo que permaneció en el lecho no dejaron de ir en las horas que les era permitido, además del señor Curro y de la señora Frasquita. Pepe Fajardo y los que formaban la cuadrilla, y lo que más contribuyó a que recobrara en plazo más breve la salud, la gentil Maricucha, la cual al recibir la noticia del grave percance, por poco si cae al suelo accidentada.



El primer día que llegó junto al lecho en que yacía Antoñuelo, al ver a éste pálido, sudoroso, con los ojos hundidos y la mirada febril; con el cabello apelmazado sobre la frente, sintió que una congoja se apoderaba de su corazón, y en vano quiso contener la hirviente avalancha de llanto que asaltaba de modo irresistible sus ojos, y estrechando entre las suyas la mano que el paciente le tendía, pretendiendo enmascarar con una sonrisa sus dolores, no pudo evitar que una contracción angustiara su rostro, y que algunas lágrimas rebeldes oscilaran un punto en sus larguísimas pestañas antes de resbalar por sus empalidecidas mejillas.

-¡Si te lo tenía dicho, si por algo no quería yo que te tiraras al redondel, si es que me lo estaba dando el corazón, malditos sean los parneses!

-Pero no te apures tú, tonta perdía, que esto que tengo no vale naíta. Esto se cura con una salivilla de tu boquita granate. Como que ni tan siquiera me cortan la-pierna, que era lo que yo más temía, que quiero yo cuando vaya a tu verita que digan las gentes al verme pasar: «¡Vaya dos mozos juncales!»

Los enfermos que reposaban en los limpísimos lechos que en correcta formación ocupaban los laterales de la sala, en cuyo fondo destacábase una bellísima Dolorosa, se incorporaron, los en estado de poder hacerlo, para recrear sus ojos en la belleza de Maricucha, que ponía con sus típicos colorinescos atavíos una nota exótica y brillante en aquel escenario, al que daban los dolores mudos y las miradas calenturientas un sello extraño de austeridad y tristeza, que no podían esfumar del todo el sol que bordeaba los alféizares de las simétricas ventanas, ni el blanco reluciente de los estucados muros, ni las nevadas coberturas de las camas, ni el piar de los pájaros en las ramas de los árboles que asomábanse regocijantes por los amplios ventanales; ni la suave serenidad de los rostros de las hermanas que iban de unos a otros prodigando consuelos y administrando pócimas, con sus sayales azules, sus manguitos de igual color y sus cofias nítidas y las no menos nítidas cornetas.

Los enfermos -repetimos- se incorporaban algunos; los más jóvenes y menos combatidos por el dolor, contemplaban con sensuales codicias a Maricucha, en tanto los más viejos y doloridos la miraban indiferentes; algunos ni aun movían los párpados; varias mujeres y hombres del pueblo consolaban a sus deudos. Maricucha entregó un pequeño envoltorio a su amado.

-¿Qué es esto? -le preguntó éste poniendo en ella una mirada curiosa.

-Un retrato mío, pa que no te quées tan solico cuando yo me vaya, y además te traigo un diario que habla de ti.

-¿De mí?

Y una llamarada de júbilo iluminó los ojos del paciente.

-Sí, de ti, y te dice unas cuantas chuflas, pero también te dice la mar de cositas güenas. A mí me lo trajo la Melindres, la sobrina del Chapuces, y me lo leyó Pepe el Churro.

-¿Y qué es lo que dice de mí?

-Pos dice que en ti hay la mar de cosas metías, que si sigues, que no seguirás con salú que Dios me dé, jarreando pa alante, que sé yo, yo no me acuerdo ya de las muchísimas cosas que el periódico te dice.

Cuando se quedó a solas Toñuelo, colocó el retrato debajo de la almohada, desdobló el diario paseando su mirada por sus nutridísimas columnas y lamentando el no haber aprendido a leer con don Leandro -maestro de todos los menesterosos del barrio-, y aprovechando algunos momentos en que quedaron solos los enfermos, díjole a uno de los que la suerte habíale deparado por vecino:

-Oiga osté, señó Pepe, ¿sabe osté leer, por casolidá?

-Pos ya lo creo que sí, pero no por casolidá, sino porque a mí me educaron cuasi en el extranjero, y si ahora trabajo en la fragua es por mo de que mi padre, que esté en gloria, que era tambor del regimiento de Chiclana, perdió hasta el parche por una gachí de Écija que de güena moza que era no podía andar sin agrietar los ladrillos, y como es natural, se gastó en ella to lo que tenía agenciado, que no era poco gracias a lo rumbosa que fue pa con él una señora alicantina que había ya matao a fuerza de jacerles caricias a tres turroneros de su tierra, y...

-¿Y me jaría osté el favor de leerme lo que dice este periódico? -le preguntó interrumpiéndole, impaciente el Cartulina.

-Ya lo creo que sí, hombre, horita mesmo.

Y minutos después leía el hijo del difunto tambor de Chiclana, en tanto Antonio le escuchaba con los ojos en la techumbre y una sonrisa de íntimo regocijo en los descoloridos labios.

Toros en Antequera

«Según nos dice nuestro corresponsal en su crónica, que no insertamos íntegra por falta de espacio, en la corrida de novillos celebrada allí el domingo pasado, se dio a conocer como una esperanza en el arte de Pepe Hillo, el joven malagueño Antonio Heredia y Heredia, más conocido en la buena sociedad por Toñuelo el Cartulina, el cual mató alternando con Pepe Fajardo, otro chavalete que también se trajo al mundo lo suyo para no tener que pedir a préstamo los riñones que le sobran.

Según pudimos apreciar, el joven del mote tan poco resistente viene dispuesto a eclipsar las glorias de Garros y de Vedrines, pues al menos, en muchísimo menos tiempo que éstos lo pudieran hacer, en el modelo más perfeccionado y con el más poderoso motor, se elevó hasta los espacios interplanetarios con billete de vuelta, sin más artefacto que la taleguilla, una que lloraba sin duda la ausencia de su legítimo dueño, y merced al ímpetu de dos pitones, casi centenarios, que tenían su poderosa raigambre en el testuz de un bueyancón del más plebeyo origen.

Pero en honor a la verdad -dice nuestro diligente corresponsal-, debemos decir que el mozo, que en cuanto se relaciona al arte vive todavía en una desnudez paradisíaca, nos parece un hombrecito cuando llega el momento de jugarse capital e intereses, pues en los imponentes ancianos que le correspondieron, metió la barriguita como un hombre, se perfiló como si estuviese delante de una cámara fotográfica, y cuando sonó la hora de tocar a tarará, entró las dos veces a por azúcar de pilón, con tan buenísima voluntad, que casi se quedó dormido en el morrillo, y los bicharracos dieron la última voltereta sin adoptar disposiciones testamentarias.

En el último que le correspondió quiso el hombrecito tomarle el hociquillo al mastodonte, pero éste, que no quería morir abintestato, hizo por el diestro, el cual salió enganchado, y gracias a que al bicho no le quedaban fuerzas para firmar el protocolo, que gracias a esto no ha puesto ya fin a su carrera de modo trágico el chavalillo, al cual recomendamos que estudie, que aprendiendo a defenderse tardará muy poco en sonar más que una salva.

En cuanto a Pepe Fajardo, el chavalete está más enterado de para lo que sirve el percal, y en la hora suprema, sin conseguir ponerse delante de su compañero, tampoco se queda en el tendido.

Si el Cartulina se corrige y estudia, y no pierde la golosina que parece traer, creemos que aquí hay gente y riñón para que un día pudiera venirle largo a Paco Madrid y a Rafael Gómez, nuestros valientes paisanos, y quién sabe si alguna vez le pudiera hablar de tú por tú a Machaquito y al Gallo y al Bomba y hasta al mismísimo Guerrita.»

A Antoñuelo no le sonó muy bien aquello de las latitudes interplanetarias, pero como el último plato que el corresponsal le servía habíale sabido a mieles, después de agradecer el servicio que acababa de prestarle el señor José y de guardar el periódico en el cajón de la mesa de noche, entornó los cansados párpados y dio rienda suelta a su imaginación, que empezó a volar por horizontes bañados en luz y en alegrías, y en el que vogaban como divino tropel de nevados cisnes, las más dulces y risueñas esperanzas.


Capítulo IV