Sección de polémica. Fuego graneado

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Sección de polémica. Fuego graneado
de Benigno Bolaños

Nota: «Sección de polémica. Fuego graneado» (3 de enero de 1904) La Lectura Dominical (522): pp. 8-10.


Sección de polémica
——
Fuego graneado

 Gracias á Dios las Cortes se han cerrado y nos han dejado tranquilos por una temporada. El ruido de las zambombas ha podido más que el de los parlamentarios (iba á decir más que el de los zambombos, y que me perdonen la tentativa de insulto, que no lo era, sino intentona de un chiste).
 Pues como iba diciendo de los zambombos, digo de los parlamentarios susodichos; la verdad es que ya debían estar reventados de tanto discurso, tanta votación, tantas sesiones dobles, tanta obstrucción, tanto presupuesto y tantas narices. Los pobrecillos llevaban dos meses y medio trabajando como azacanes en la obra legislativa. Ya era hora de que descansasen. Ya era tiempo de que les dijese el respetable público:
 —Pero ¿qué hacéis ahí cencerreando por la mañana, por la tarde y por la noche sin respetar días festivos ni nada? ¿No oís que suena el ruido de la Nochebuena? ¡Pues á casa también vosotros á freír espárragos, digo, á tocar la zambomba! Vayan ustedes á tocar la zambomba, ó el pandero, ¡que diantre! y ¡déjense de tocar el violón ahí dentro!

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 Y si hubiera sido el violón tan sólo... Pero lo malo era que á veces tocaban el cuerno ó el cencerro de las sectas. Digo el cencerro, porque, si quieren ustedes tomarlo por el periódico del mismo nombre, lo mismo da. El caso es que en España los sectarios, á falta de campanas que los llamen al templo, tienen un cencerro que hace años les cuelga del pescuezo y hace resonar por esas calles las majores burradas anticlericales que se les antojan, pregonadas, por cierto, en las calles de Madrid por uno que, agitando destempladamente un cencerro de verdad, vocea con entusiasmo de toda su antipática persona, ora el advenimiento de la niña, ora indecencias, sin que nadie le meta el resuello para dentro, como sería de esperar en la corte de la Monarquía.
 Esperarían muchos, sin embargo, que la prosa cencerril, como nacida para las tabernas, no saldría de su esfera propia, de la esfera del aguardiente, ni osaría meterse en los encopetados salones de las Cortes, donde son de reglamento la chistera y la levita y donde se gastan guantes en las manos hasta para dar bofetadas.
 Pues no, señor: no hay nada de eso. En todas partes cuecen habas y suenan los cencerros, y no se recatan para hacer las cosas á cencerros tapados. También allí, como dice un refrán, tenemos «perro con cencerro».
 Porque han de sabir ustedes que en las postrimerías de las Cortes dijeron los periodistas de la tribuna, encargados de contar al público todas las chinchorrerías de aquel augusto local, que un diputado republicano había leído en el Congreso cierta carta de unos seminaristas de Oviedo denunciando abusos en aquel Seminario.
 —¡Hombre! ¡Qué cosa más rara!—diría el lector de semejante noticia.—Qué cosa más chusca que haya abusos en un Seminario y vayan á Lerroux á contárselos para que los corrija. Que se aguarden un poco los denunciadores si esperan por ese camino su remedio. Lo menos se les figuraría á ellos que Lerroux, al saberlo, se pondría triste, se rasgaría los pantalones, derramaría lágrimas como nueces y procuraría á escape poner coto al mal. ¡Pero nada! De seguro que le pasó todo lo contrario. Que ni se rasgó pantalones, ni derramó lágrimas, ni se asustó en lo más mínimo. Si le hubieran dicho que se cometía alguna barbaridad en alguna logia, puede que se hubiera apurado el hombre, digo, el republicano. ¡Pero en un Seminario! ¡Y poco que desearían los republicanos que se cometieran abusos en los Seminarios! Cuantos más mejor, para divertirse con el clericalismo y publicar cartas, unas veces en El Cencerro y otras veces en El Diario de Sesiones, que también sirve para las necesidades cencerriles de cuando en cuando...
 Sí; eso dirían los lectores, y dirían perfectamente. Era muy chusca y muy inverosímil la ocurrencia... Tan chusca y tan inverosímil, que no es verdad. Que ni en el Seminario de Oviedo existen abusos, ni hay seminaristas que se los cuenten á Lerroux, ni la tan cacareada carta, si fué algo, debió de ser otra cosa que una filfa ó una tomadura de pelo con que algún guasón quiso anticipar, á costa de Lerroux, el día de los Inocentes.
 De modo que no pasa pena Lerroux por lo que sucede en el Seminario de Oviedo. Puede que le tuviera más cuenta explicarnos el lío de la famosa «Casa del Pueblo» de Barcelona. Porque, según dijo la prensa (yo no estuve por allí), cuando se inauguró la famosa «Casa del Pueblo» con tanta trompetería y tantos diputados masones forasteros y tanto discurso anticlerical, había en aquellos sitios un cartelón que decía: «Solares para la Casa del Pueblo».
 Y luego que se fueron los forasteros á enredar á sus países respectivos, diz que desapareció el cartelón de la «Casa del Pueblo» y apareció otro que decía: «Solares en venta».
 ¿Qué es eso, compañero Lerroux? ¿Es alguna trastada de algún seminarista, ó es alguna farsa, ó qué? Explíquenoslo, hombre, explíquenoslo, ó más bien no me lo explique á mí, que me tienen muy sin cuidado los chancullos de la Casa del Pueblo, sino á los republicanos, á sus correligionarios de Barcelona, no sea que hayan aflojado las pistolas ó soltado las moscas para hacer la Casa del Pueblo y luego resulte que han desaparecido hasta los solares, como desapareció aquella célebre mina que estaban explotando en el difunto Progreso á costa de una cáfila de accionistas panfilos.
 Con que vamos, Sr. Lerroux: primero enterémonos de qué es eso de la Casa del Pueblo de Barcelona y de qué fué lo de la mina del Progreso, y luego hablaremos más despacio de los seminarios.
 ¿Está usted?

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 Decía yo al principio que me alegraba de que hubiesen cerrado las Cortes, siquiera para que no se tocase allí el cencerro.
 Pero mi gozo en un pozo. Apenas se han cerrado las Cortes, Salmerón enalbardó el rucio de su filosofía jurídica y salió á dar una vuelta por los campos manchegos, y á predicar en Alcázar de San Juan la futura república española.
 Y salió con más bombo y más platillos y aplausos que aquel Don Quijote infeliz, aquel desdichado manchego del Centenario á quien le molieron los huesos á palos y le derribaron las muelas á pedradas.
 Para Salmerón no ha habido estacazos, ni pedradas, ni molimientos. Le llevaron en palmicas desde Madrid, le dieron vivas en las estaciones, le acompañaron los periodistas para inflarle el discurso y hasta el apellido, le facilitaron un teatro donde iban á bailar los alcazareños, y por añadidura, para que Salmerón estuviese contento, el Gobierno, sin pedírselo nadie, de propia iniciativa y de espontáneo impulso (¡oh almas generosas!), decretó en su honor el servicio telegráfico permanente de la estación de Alcázar, á fin de que los periodistas corresponsales pudiesen trasladar cómodamente y á toda prisa á sus periódicos los desatinos y las blasfemias republicanas para que no se apagasen en el estrecho recinto del teatro manchego, sino que volasen á todas partes á escandalizar á los españoles.
 Vean ustedes si vamos ganando en libertad y metiéndonos los progresos en la cabeza y en las costumbres.
 Antes iban los delegados del Gobierno á los mitins borricales con el fin de tapar la boca á los oradores cuando soltaban alguna barbaridad. Ahora, lejos de taparles la boca á los anticristianos esos, se les hace el negocio y el artículo ayudándolos á difundir sus doctrinas con el telégrafo permanente.
 Y dirán ustedes:
 —De seguro que no se quejarán esos hombres de que les falta libertad para hacer y decir y propagar lo que les da la gana.
 —Pues ahí está el toque y el chiste, en que todavía se quejan. Aún les parece poco el mimo que les dan y el cariño con que los trata el Gobierno. Van á caballo y gruñen. ¡Pobrecillos!
 La verdad es que para tenerlos contentos el Gobierno debía tener más cuidado, muchísimo cuidado.
 Señores ministros, oigan ustedes: Otra vez que salga Salmerón á ejercer su apostolado satánico, no lo abandonen ustedes. Que salga con él un ministro de jornada y le acompañe y le lustre las botas y le cepille el gorro en nombre del Gobierno, y le dé sorbitos de caldo cuando se le reseque la garganta y le haga cosquillas en las orejas cuando se aburra.
 Eso se hace con Salmerón, á ver si se le alegra el humor y se le regocija dentro del cuerpo la democracia...

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 Puedo que piensen algunos que Salmerón se despachó á su gusto tronando contra los curas y pidiendo, como el Máximo de Electra, que les pegasen fuego á los conventos. Si eso piensan, se equivocan de medio á medio. Cabalmente las primeras palabras de D. Nicolás diz que fueron en elogio de un cura. Fué un exordio enteramente clerical. En Alcázar había un cura que colgó los hábitos y probablemente se dejó crecer el bigote para hacerse republicano, renegando de la fe é ingresando en la «comunidad de la razón».
 Pues á ese cura le dirigió Salmerón los primeros piropos. El clericalismo con bigote le enamora al tribuno, que, contra lo que suponen muchos, no es partidario de afeitarlo de ninguna manera.
 En cuanto á los conventos es igual. Tampoco quiere Salmerón que los afeiten, digo, que los quemen, ni que los derriben, y no porque le gusten esos edificios, sino porque luego los vuelven á levantar otra vez, y es tontería. Salmerón ha cambiado de pensar en ese punto. Opina lo contrario de aquellos progresistas cerriles y barbarotes del año 35, que decían:—¡Derribemos los nidos para que no vuelvan los pájaros!—Salmerón está desengañado do que aquella receta criminal no sirve.
 Es lo que él dice:
 —Mientras haya pájaros, aun cuando se les destroce el nido, ellos hacen otro y no adelantamos nada. El gran golpe sería dejar los nidos quietos, apropiárnoslos de paso, lo mismo que el escobero del cuento que tomaba las escobas hechas, y exterminar á los pájaros. (¿Qué hormiguita, eh?)

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 Por lo dicho verán ustedes que Salmerón transige, por lo pronto, con dos cosas:
1.º Con los conventos.
2.º Con los curas renegados ó con bigote.
 Pero con lo que no transige Salmerón, así lo aspen, es con la monserga religiosa de la inmortalidad del alma.
 —Eso de ninguna manera—decía Salmerón.—Aquí en la tierra está todo, y esta vida es la vida, y lo que conviene es pasarlo bien, instruirse hasta saber más que Lepe, Lepijo y su hijo, y apartarse de las iglesias y los conventos.
 Claro está; y que no haya premios ni castigos, ni cielo ni infierno, sobre todo infierno, para que á los republicanos se les quiten muchos escrúpulos y quebraderos de cabeza.
 Yo no sé si con semejantes esperpentos quedarían convencidos los oyentes manchegos de que no hay infierno. Pero lo probable es que, después de oír á Salmerón, dudarían muchos si el infierno se había desalquilado.
 ¡Como los diablos andaban sueltos por la Mancha!

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 Lo que sí se explica fácilmente, después de la soflama ateísta salmeroniana, es que haya tantos perillanes, buscavidas y amigos de lo ajeno que sean partidarios de la república.
 Algunas veces me decía á mí un anciano y cándido sacerdote:
 —Pero, señor: para cuatro días que vamos á vivir en el mundo, ¿cómo se atreverán esos políticos á hacer tantos chanchullos, robos y picardías? ¿Cómo no le tendrán miedo al diablo? ¿Cómo no pensarán en los infiernos?
 Y ya se ve, ó ya podría ver el buen sacerdote aludido, por qué obran esos señores tan sin cuidado y tan á lo seguro. Porque como medida preventiva han suprimido la otra vida, y no se fijan más que en ésta.
 ¡Qué picarillos!
 Y el caso es que lo toman tan en serio, que hasta zahieren á la Religión católica porque dicen que no se cuida más que de la vida futura, que es una filfa, y priva á los hombres de su verdadero fin, que es gozar de la vida presente.
 ¡Hombre! y qué casualidades y qué contrasentidos se dan en la tierra. No parece sino que la realidad y la experiencia se encargan de tomarles el pelo á esos desgraciados ateos.
 Porque antes, cuando imperaba en todas las conciencias españolas la religión, esa religión que, según los sectarios, no hace caso de la vida presente, no se suicidaba nadie, ó casi nadie.
 Y en cambio ahora que hemos declarado á la vida supremo fin de los hombres, se la quitan éstos á cada triquitraque y de cincuenta mil maneras: á tiros, á navajadas, con venenos, con braseros, con cordeles ensebados y hasta con cajas de cerillas.
 Está visto que esos republicanos convencen á muy poca gentes de que nuestro fin último es la vida.
 Muchos prefieren tirarse por el Viaducto.

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 Por supuesto, que una cosa es predicar eso de la vida y otra cosa es dar trigo para la vida.
 Ahí está, verbigracia, Alfredo Calderón, el escritor republicano de mas enjundia y de más literatura y de peor intención de todos los escritores de la secta.
 Pues según parece, ese Calderón, cuyos artículos campanudos y doctorales ruedan por casi toda la prensa republicana de España; ese Calderón, en cuyo honor dispusieron hace poco los periodistas de todos los matices (del arco iris liberal) celebrar, no recuerdo si un banquete, ó una velada ó una apoteosis, ese Calderón no gana lo bastante para vivir y asegurar los garbanzos del puchero, símbolo salmeroniano del fin de los hombres.
 Eso, aunque fuera extraño, quizá podría explicarse si los republicanos no lo supiesen y no se hubieran enterado de la desgracia. Pero lo peor es que se han enterado y no hacen caso ninguno.
 Lean ustedes la lastimosa historia que cuenta un Sr. Peña en El Imparcial.
 «Hace pocos meses, dice Peña, José Nakens dirigió calurosísima excitación á los periódicos republicanos en favor de Alfredo Calderón. Les dijo que éste no ganaba lo bastante para subvenir á las necesidades de su vida modesta, porque le retribuían pobremente sus artículos; que apenas podía escribir los contados que le pagaban, y por tanto, se veía en la imposibilidad de aumentar, con mayor trabajo, los ingresos que mal le permiten vivir. En vista de tal situación propuso que cuantos periódicos (y son muchos) reprodujeran algún artículo del escritor insigne, le enviaran, á calidad de retribución, la cantidad de cinco pesetas.
 »Ásí ha venido haciéndolo Nakens todas las semanas. Supondrá el lector que la conducta del director de El Motín ha tenido imitadores. ¿Qué menos habían de hacer por Alfredo Calderón los periódicos republicanos que se apresuran á publicar cuanto escribe? Tal supuesto es equivocado. Ni aun siendo tan módico el «derecho» de reproducción, se ha cuidado de satisfacerlo ninguno, que yo sepa.»
 Y cuando á las excitaciones de Nakens y de Peña no se ablandan y no socorren á Calderón,
    Ó no tienen corazón,
    ó será de bronce ó peña.
 ¡Vayan ustedes á saber!
 Ello es que los diputados republicanos se dedican á sus diputaciones promiscuándolas con las brevas de sus cátedras y de sus bufetes, los concejales se dedican á sus concejalias, los rentistas á sus rentas, los anarquistas á su negocio, y á Calderón que lo parta un rayo.
 Buena está la república, ¡oh Calderón!
 En todo caso, y como última esperanza terrena, tal vez algún Cavia del porvenir iniciará para tus manes, dentro de un par de siglos, un centenario como el que ahora aguarda á Don Quijote.

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 Pero aún hay más, Dios mío, más desventuras.
 Sigue contándolas Peña poco menos que con lágrimas en los ojos, y dice:
 «Buena prueba de ello es la conducta que el partido republicano sigue con su organizador, con José Nakens. Publica éste El Motín, semanario cuya suscripción cuesta 50 céntimos de peseta al mes. Al principio de año El Motín no circulaba mucho, pero cubría sus gastos. Después de la campaña prodigiosa que dio por resultado la unión de todos los republicanos, muchos de éstos se han apresurado al llegar el fin de año, es decir, la época de renovar las suscripciones... se han apresurado, repito, á darse de baja.
 Los periódicos que reproducen artículos de Calderón se niegan á pagarle cinco pesetas por cada uno de ellos.
 El partido que Nakens ha creado de la nada le niega 50 céntimos al mes por la suscripción de El Motín
 ¡Ay amigo Peña! el caso no es nuevo. Esa es la costumbre que tiene el diablo de pagar á quien bien le sirve.
 Pero, ¿por qué no se les ocurriría á Nakens y á Peña proponer á su correligionario Perico Niembro, arrendatario de la Plaza, que diese una corrida de toros á beneficio de Calderón y de El Motín?
 ¿Por qué?

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 Respecto á la ruina de El Motín, que celebramos, tiene su explicación muy natural.
 Antes, cuando El Motín llevaba la batuta en eso del anticlericalismo y de decir burradas contra la religión y los curas, se comprende que los sectarios se suscribieran á El Motín. Pero si ahora todos los periódicos liberales rivalizan en impiedad y desvergüenza, ¿para qué necesitan de El Motín?
 Me quieren ustedes decir qué Motín ni qué niño muerto les hace falta á los lectores de El Imparcial ó El Liberal?
 ¡Menudos Motines son esos! Pero con corbatas y con botas de charol, con senadores, académicos y ministros.
 Motines aristocráticos.

       mediocris.