Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha: Capítulo XXX

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 Capítulo XXX
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha
Tomo II, Parte VII
Alonso Fernández de Avellaneda


De la peligrosa y dudosa batalla que nuestro caballero tuvo con un paje del titular y un alguacil


El criado, don Quijote, Sancho y Bárbara comenzaron a caminar hacia casa del titular que les había convidado con no poca admiración de cuantos los topaban por las calles, ni menor trabajo del criado en decir a unos y a otros el humor y nombre del armado y calidad de la dama, y adónde y para qué fin los llevaba. Con esta molestia los entró en casa de su señor, y, mandando dar recado a las cabalgaduras, los subió luego a los tres a un rico aposento, diciendo a don Quijote:

-Aquí, señor caballero, puede vuesa merced reposar y quitarse las armas y asentarse en esta silla hasta que mi señor venga; que no puede tardar mucho.

A lo cual respondió don Quijote que no estaba acostumbrado a desarmarse jamás por ningún caso, y menos en tierra de paganos, donde no sabe el hombre de quién se ha de fiar ni lo que puede fácilmente suceder a los caballeros andantes, en deshonor del valor de sus personas.

-Señor -replicó el criado-, aquí todos somos amigos y deseamos servir a los caballeros de la calidad de vuesa merced, y así, bien puede estar en esta casa sin cuidado ni recelo de contraria fortuna.

Pero, viendo que todavía porfiaba en no quererse desarmar, se fue diciendo hiciese su gusto y aguardase a que su señor viniese, dejándolos con un paje de guarda para mayor seguridad de que no saliesen de casa. Comenzóse don Quijote a pasear por la sala, y viéndose Bárbara con buena ocasión y a solas para hablarle, lo hizo diciéndole:

-Yo, señor don Quijote, he cumplido mi palabra en venir con vuesa merced hasta la Corte; y, pues ya estamos en ella, le suplico me despache lo más presto que pudiere, porque tengo de volverme en mi tierra a negocios que me importan; tras que temo, lo que Dios no quiera, que aquel alguacil que iba con el señor de la carroza, a quien vuesa merced llamaba príncipe de Persia, nos ha hecho traer a esta casa para saber quién es vuesa merced y quién soy yo. Y es cierto que, viendo cómo ando en compañía de vuesa merced, ha de pensar que estamos ambos amancebados, y nos hará llevar a la cárcel pública, donde temo seremos rigurosamente castigados y afrentados; y vuesa merced créame, y guárdese no le pongan en ocasión de gastar en ella ese poco dinero que le queda; y después, cuando quiera, volviendo sobre sí, meterse en su tierra, no se vea forzado a haber de mendigar. Por eso mire lo que en este negocio debemos hacer, pues en todo seguiré de bonísima gana su parecer.

-Señora reina Zenobia -dijo don Quijote-, yo sé claramente que el caballero que iba en la carroza es el príncipe Perianeo de Persia, y el que llama alguacil es un escudero honrado suyo; por tanto, pierda vuesa merced el miedo y estése conmigo, por me hacer placer, siquiera seis días, en esta Corte; que después yo proprio la volveré a su tierra con más honra que piensa.

-Par Dios, señor don Quijote -dijo Sancho, estando en estas razones-, que aquel que iba en la carroza, que nosotros llamamos pagano, oí decir a no sé cuántos que era un no sé quien sí sé quien, hombre bonísimo y cristiano. Y a fe que me lo parece, lo uno por su caridad, pues nos ha convidado a cenar y a comer con tanta liberalidad; lo otro, porque, si él fuera pagano, claro está que estuviera vestido como moro, de colorado, verde o amarillo, con su alfanje y turbante; pero él está, cual Dios le hizo y su madre le parió y vuesa merced ha visto, todo vestido de negro, y todos cuantos le acompañaban iban de la misma suerte; y más, que ninguno hablaba en lengua paganuna, sino en romance, como nosotros.

Porfió a esto don Quijote con cólera, diciendo:

-Pues, aunque tú y la reina digáis lo que quisiéredes, él es, sin falta ninguna, el que ya tengo dicho.

Entonces Bárbara llamó al paje que estaba a la puerta y le dijo:

-Díganos, señor mancebo, aquel señor que iba en la carroza por el Prado, acompañado de tanta gente, a quien este caballero y yo hablamos, ¿quién es?

El paje le respondió quién era y su calidad, y cómo los había mandado expresamente traer a su casa.

-¿Y qué nos quiere hacer? -replicó Sancho-. No nos veamos en otra tribulación como en la que yo me vi en la cárcel de Sigüenza, tan cargado de piojos, que aún de los que me quedan desde entonces podría hinchir media docena de almohadas.

-Ninguna cosa pretende mi señor -respondió el paje-, sino tener con vuesas mercedes algún buen rato de entretenimiento y regalarles.

-Vení acá, paje -dijo don Quijote-; ¿vuestro amo no se llama Perianeo de Persia, hijo del Gran Soldán de Persia y hermano de la Infanta Imperial, competidor del nunca vencido don Belianís de Grecia?

Rióse muy de propósito el paje cuando oyó tantos disparates, y respondióle:

-Ni mi señor es Príncipe de Persia ni turco, ni en su vida estuvo allá ni vio a don Belianís de Grecia, cuyo libro mentiroso tengo yo en mi aposento.

-¡Oh paje vil y de infame ralea! -dijo don Quijote-. ¡Y mentiroso llamas a uno de los mejores libros que los famosos griegos escribieron! Tú y el bárbaro turco de tu amo sois los mentirosos, y mañana se lo haré yo confesar a él, mal que le pese, delante del rey, con los filos desta espada.

-Digo -respondió el paje- que mi señor es muy buen cristiano, caballero de lo bueno y conocido en España; y quien lo contrario dijere, miente y es un bellaco.

Don Quijote, que tal oyó, metió mano a su espada y se fue, hecho un rayo, para el paje. Él, en viéndolo, se bajó por la ancha escalera en la calle y, saliendo a su puerta, decía a voces:

-¡Salga el bellaco que pone lengua en mi señor; que haré que le cueste caro!

Y, diciendo y haciendo, tomó una piedra de la calle contra don Quijote, el cual salió también a ella armado como estaba; y con la espada en la mano y cubierto con su adarga, se fue contra el paje, el cual, anticipándose en la ofensa, le tiró la piedra que tenía, con tal furia, que le dio con ella tal y tan desatinado golpe, que, a no hallarle el pecho armado, le pusiera la vida en contingencia.

Al ruido y voces que todos daban, se llegó mucha gente; y, como vieron aquel hombre armado con la espada y adarga, amenazando y aun arremetiendo al paje del conocido titular, no sabían qué se decir. Llegaron dos alguaciles con sus corchetes luego al corrillo, y, viendo lo que pasaba, se le acercó el uno, e, intentando quitarle la espada, le dijo:

-¿Qué hacéis, hombre de Barrabás? ¿Estáis loco? ¡En tal puesto y contra paje de persona de prendas tales, cual es el dueño dél y desta casa, metéis mano! Venga la espada luego y veníos a la cárcel, que a fe que os acordaréis de la burla más de cuatro pares e días.

No respondió palabra don Quijote, sino que, echando un pie atrás y levantando la espada, dio al bueno del alguacil una gentil cuchillada en la cabeza, de la cual le comenzó a salir mucha sangre. Viendo esto el herido alguacil, comenzó a dar voces diciendo:

-¡Favor a la justicia; que me ha muerto este hombre!

Llegáronse al ruido mil corchetes y alguaciles y otras personas, metiendo todos mano a sus espadas contra don Quijote, el cual, con mucha alegría, decía:

-Salga Perianeo de Persia con todos sus aliados, que yo les daré a entender que él y cuantos en esta casa viven son perros enemigos de la ley de Jesucristo.

Y con esto, arrojaba a dos manos cuchilladas a todas partes. El pobre Sancho estaba a la puerta mirando lo que su amo hacía, y dijo en voz alta.

-Eso sí, señor don Quijote; no se dé por vencido a esos bellacos de turcos, que le llevarán al Alcorán y le circuncidarán mal que le pese, y después le pondrán a los pies unas trabas de hierro como a mí en Sigüenza.

En esto, cargó tanta gente sobre nuestro buen hidalgo, que, a pesar suyo, le quitaron la espada y, agarrándole media docena de corchetes, le ataron as manos atrás. Acertó a pasar por allí, cuando andaba en esta refriega, que era al anochecer, un alcalde de corte en su caballo, el cual, viendo tanta gente junta, preguntó qué era la causa de aquello, y uno de los circunstantes le dijo:

-Señor, una grandísima desvergüenza; que un hombre armado de todas piezas ha entrado en esta casa, do vive, como vuesa merced sabe, tal titular, y ha querido matar en ella un paje suyo; y, queriéndole prender ciertos alguaciles por ello y la resistencia que les hacía, temerariamente ha dado a uno dellos una muy buena cuchillada.

-¡Mal caso! -respondió el alcalde de corte.

Y, llegando donde los corchetes tenían a don Quijote, sin poderle llevar, según se resistía, mandó que le dejasen; y así, le levantaron de tierra, y puesto en pie, atadas las manos atrás, le dijo el alcalde, maravillado de verle de aquella suerte y con tanta cólera:

-Vení acá, hombre del diablo: ¿de dónde sois y cómo os llamáis, que tanto atrevimiento habéis tenido en casa de dueño de tan ilustres calidades?

Don Quijote le respondió:

-Y vos, hombre de Lucifer, que eso preguntáis, ¿quién sois? Lo que habéis de hacer es ir vuestro camino adelante mucho de noramala y no meteros en lo que no os va ni os viene; que yo, quienquiera que fuera, soy cien veces mejor que vos; y la vil puta que os parió, y os lo haré confesar aquí a voces, si subo en mi preciado caballo y tomo la lanza y adarga que aquesta soez y vil canalla me ha quitado; pero yo les daré el castigo que su loco atrevimiento merece, en matando al rey de Chipre, Bramidán de Tajayunque, con quien tengo aplazada batalla delante del rey católico; y juntamente tomaré venganza del príncipe Perianeo de Persia, cuyas son estas cosas, si no castiga la descortesía que los de su real palacio me han hecho, siendo yo Fernán González, primero conde de Castilla.

Maravillóse el alcalde de corte de oír los disparates de aquel hombre; pero uno de los corchetes dijo:

-Vuesa merced, señor, crea que este hombre es más bellaco que bobo, y ahora que ha hecho el disparate y lo conoce, se hace loco para que no le llevemos a la cárcel.

-Ahora ¡sus! -dijo el alcalde de corte-, llévenle a ella y pónganle a buen recado hasta mañana que salga a la audiencia y se vea su pleito.

Con esto, le comenzaron a asir los corchetes, resistiéndose él cuanto podía. Sucedió, pues, que a esta hora, que ya eran cerca de las nueve, llegó el titular a la puerta de su casa con mucho acompañamiento; y, como vio tanta gente junta en su calle, preguntó la causa, y llegándose a él el alcalde de corte, le contó cuanto aquel hombre armado había hecho y dicho. En oyéndolo, se rió mucho el titular dello y, refiriendo al alcalde lo que don Quijote era y cómo por su orden le habían traído a su casa, le suplicó le soltase, dándosele como en fiado, que él se obligaba a entregársele siempre que le requiriese o constase que no era lo que le contaba, obligándose juntamente a todos los daños y costas de la cura del alguacil y a satisfacerle bastantemente. Lo mismo le rogaron todos los circunstantes que le acompañaban, deseosos de pasar la noche con el entretenimiento que les prometía el humor del preso y de los que venían en su compañía.

Viose obligado el alcalde, viendo los ruegos y seguridades que le daban gente tan principal, a condecender con su deseo; y así, mandó a los corchetes le soltasen y entregasen al dicho titular, el cual, viéndole libre, le dijo:

-¿Qué es esto, señor Caballero Desamorado? ¿Qué aventura es esta que le ha sucedido?

Respondió don Quijote:

-¡Oh, mi señor Perianeo de Persia! No es nada; que, como toda esta gente es gente bahuna, no he querido hacer batalla con ella, aunque creo que alguno ha llevado ya el pago de su locura.

En esto, llegó Sancho, el cual estaba de lejos, mirando todo lo que su amo había padecido, y quitándose la caperuza, dijo:

-¡Oh, señor príncipe, su merced sea bienvenido para que libre a mi señor destos grandísimos bellacos de alcaldes, peores que el de mi tierra, pues se han atrevido a quererle llevar agarrado a la cárcel, cual si no fuera tan bueno como el rey y papa y el que no tiene capa; que he visto el negocio de suerte que, si no fuera por vuesa merced, creo que sin duda lo efectuaran, y aun yo, a no temerles, les diera dos mil mochicones.

-Bien podéis creer, amigo -dijo el caballero-, que si no lo fuera yo tanto del alcalde de corte como lo soy, y el respeto que él, como tal, me tiene, que lo pasara mal el señor don Quijote.

A quien, asiendo de la mano, tras esto, dijo:

-Venga vuesa merced, señor príncipe de Grecia, y entre en mi casa; que en ella todo se hará bien, y los bellacos de sus contrarios serán castigados como merecen.

Y, despidiéndose con mucho comedimiento de algunos de los que le acompañaban, como lo había hecho ya del alcalde, se subió arriba con don Quijote y con Sancho. Quedáronse los corchetes hechos unos matachines en la calle, sin la presa y pasmados de ver que el titular llevase aquel hombre a su lado llamándole príncipe.


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