Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha: Capítulo XXXVI

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 Capítulo XXXVI
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha
Tomo II, Parte VII
Alonso Fernández de Avellaneda


De cómo nuestro buen caballero don Quijote de la Mancha fue llevado a Toledo por don Álvaro Tarfe y puesto allí en prisiones en Casa del Nuncio, para que se procurase su cura


Cuando tuvo aprestada su vuelta para Córdoba don Álvaro y estuvo despedido de todos los señores de quienes tenía obligación hacello en la corte, trazó la noche antes de la partida que, para arrancar della a don Quijote, entrase un criado del Archipámpano en casa cuando acabasen de cenar, vestido de camino y con galas, como que venía de Toledo en nombre de la infanta Burlerina a buscarle para que fuese en su compañía luego con toda diligencia a decercar la ciudad y libralla de las molestias que le hacía el alevoso príncipe de Córdoba. Túvole tan bien instruido, así de lo que había de hacer y decir a don Quijote cuando le diese el recado como por el camino y en Toledo (donde por orden del Archipámpano le había de acompañar, para mayor encubrir el engaño y traerle nuevas dél y del modo que quedaba), que, llegando la señalada noche y hora, a la que acababan de cenar en casa del príncipe Perianeo con él en su mesa don Carlos, don Quijote y don Álvaro, apenas él hubo dado aviso a don Quijote de cómo se partía el día siguiente para Córdoba, diciéndole si mandaba algo para Toledo, donde había de pasar, cuando entró por la sala el dicho paje del Archipámpano, gallardamente aderezado, el cual, después de haber saludado cortésmente a todos los circunstantes, se volvió a don Quijote y le dijo:

-Caballero Desamorado, la infanta Burlerina de Toledo, cuyo paje soy, te besa las manos humilmente y suplica, cuan encarecidamente puede, que te sirvas de partir mañana sin falta conmigo a la ligera y sin ruido, a la gran ciudad de Toledo, donde ella y su afligido padre y lo mejor y más lucido del reino te está por momentos aguardando, pues no faltan más de tres días para cumplirse los cuarenta que el enemigo príncipe de Córdoba les tiene dado de plazo para deliberar o la entrega de la ciudad o el rendimiento de las inhumanas parias que les tiene pedido; y si tú con tu valeroso brazo no los socorres, sin duda serán miserablemente todos muertos, la ciudad saqueada, quemados los templos, y los cimientos de torres y almenas ocuparán las alegres calles, sirviéndoles sus piedras de calzada y empedrado. La infanta, mi señora, y el rey, por cierto postigo que el enemigo no sabe, te está esperando con todos los mejores caballeros de su corte, para que otro día antes que amanezca, tocando de repente al arma, con la voz y favor de Santiago, les demos, cogiéndolos descuidados, un asalto tal, que quede el enemigo, como sin duda lo quedará, vencido, y tú vencedor. Tras lo cual serás, si te pareciere, aunque sea corto premio de tus inauditas grandezas, casado con la hermosísima infanta Burlerina, la cual ha desechado a otros muchos hijos de reyes y príncipes, sólo por casar contigo. Por tanto, valeroso caballero, vete luego a reposar para que, tomando la mañana, lleguemos a buena hora a la imperial ciudad de Toledo, que espera tu favor por momentos.

Don Quijote, con mucha pausa le respondió diciendo:

-A muy buen tiempo habéis llegado, venturoso paje, pues podré ir en esta ocasión acompañando al señor don Álvaro, que me acaba de decir que también por la mañana ha de partir para Toledo. Por tanto, no hay sino que aderecéis todo lo necesario para que en amaneciendo partamos juntos y pueda yo llegar con tan honrada compañía a socorrer al rey vuestro señor y a la infanta Burlerina, sobrina del sabio Alquife, mi buen amigo. Verdad es que no soy de parecer de que se me trate deso que decís de casarme con dicha infanta después de vencido y muerto el alevoso príncipe de Córdoba, su contrario, y saqueado su campo; que, en efeto, siendo conocido en el mundo por Caballero Desamorado, no será razón que ande en amores hasta pasar primero algunas docenas de años. Pues podría suceder, como ha sucedido muchas veces a otros caballeros andantes, que andando yo por tanta y tan varia multitud de reinos y provincias, me encontrase y aun enamorase de alguna infanta de Babilonia, Transilvania, Trapisonda, Tolomaida, Grecia o Constantinopla. Y si esto me sucede, cual confío, desde aquel día me tengo de llamar el Caballero del Amor, pues pasaré notables trabajos, peligros y dificultades por el que a dicha infanta tendré, hasta que, después de haber librado su reino o imperio del fortísimo enemigo que le tendrá cercado, le descubriré mi amor a dicha infanta en su mismo aposento, do entraré bien armado con atentados pasos por un jardín, guiado por una sabia camarera suya, una noche obscura. Y si bien al principio, por ser pagana, se azorará de oírme soy cristiano, todavía, prendada de mis partes y obligada de las razones con que le persuadiré la verdad de nuestra santa religión, se casará conmigo con públicas fiestas, bautizada ella y todo su reino; pero sucederme han tales y tan notables guerras por ciertos motines de envidiosos vasallos, que darán bien que contar a los historiadores venideros.

Viendo don Álvaro que ya comenzaba a disparatar, se levantó diciendo:

-Vámonos a reposar, señor don Quijote, porque hemos de madrugar mucho para llegar con tiempo a Toledo, por lo que hay de peligro en la tardanza.

Y dicho esto, se volvió al paje diciéndole:

-Y vos, discreto embajador de la noble infanta Burlerina, idos luego a cenar y después a acostar en la cama que el mayordomo os señalare.

Salióse el paje de la sala, y con él los demás, yéndose todos a sus camas, sin reparar don Quijote más en Sancho que si nunca le hubiera visto, que fue particular permisión de Dios. Verdad es que la mañana, en levantándose, a la que ensillaban los criados de don Álvaro y paje del Archipámpano, preguntó por el escudero; mas divirtióle el humor don Álvaro diciéndole que no cuidase dél, porque ya se aprestaba para seguirles y que poco a poco se vernía detrás, como otras veces solía. Tras esto y tras almorzar bien y despedirse del príncipe Perianeo y de don Carlos, se salieron de la corte y caminaron para Toledo, ofreciéndoseles por el camino graciosísimas ocasiones de reír, particularmente en Getafe y Illescas. Llegados a la vista de Toledo, dijo don Quijote al paje de la infanta Burlerina:

-Paréceme, amigo, que sería bien, antes de entrar en la ciudad, dar una gentil ruciada al campo del enemigo, pues vengo yo bien armado, y él muestra estar descuidado el azote que tan cerca tienen sobre sí sus arrogancias en mi esfuerzo, pues sería empezar a hacerle bajar la cresta, que tan engreída tiene.

El paje le respondió:

-El orden, señor, que del rey e infanta traigo es que sin rumor alguno vamos a donde nos están esperando.

-Discretísimo es ese orden -añadió don Álvaro-, pues no hay duda sino que sería poner en contingencia la victoria, si les diese vuesa merced la menor ocasión del mundo para prevenirse, y tendríanla grande de hacello con el rumor que haríamos, pues es cierto que, en sintiéndonos, darían aviso las despiertas centinelas de que hay enemigos.

-Digo -dijo don Quijote- que quiero seguir ese parecer como más acertado, pues por lo menos me asegura de que los cogeré de repente. Y así, vos, paje de la infanta Burlerina, guiad por donde habemos de entrar sin ser sentidos; pero id prevenido de que si solos somos, tengo de hacer antes que entre en la ciudad una sanguinolenta riza destos andaluces paganos que se han atrevido a llegar a los sacros muros de Toledo.

El paje fue caminando un poco adelante, guiando derecho hacia la puerta que llaman del Cambrón, dejando a la mano izquierda la de Bisagra. Mas, como don Quijote no viese rumor de gente de guerra alrededor de la ciudad, y viese por otra parte entrar y salir libremente por la puerta de Bisagra todos cuantos querían, dijo maravillado al paje:

-Decidme, amigo, el príncipe de Córdoba, ¿dónde tiene asentado su campo, que no veo por aquí ningún aparato de guerra?

-Señor -respondió él-, es astuto el enemigo, y así, se ha alojado a la otra parte del río, adonde nuestra artillería no le puede hacer mal ni ofender.

-Por cierto -dijo don Quijote-, que él sabe poco del arte militar, pues no echa de ver el necio que, dejando estas dos puertas libres y desembarazadas, pueden los de adentro meter fácilmente los socorros y provisiones que les pareciere, como en efeto lo meten todo hoy con sola mi entrada; pero, en fin, no todos saben todas las cosas.

Entraron por la puerta del Cambrón, como digo, y don Quijote iba por las calles mirando a todas partes cuándo y por dónde le saldrían a recebir el rey, infanta y grandes de la corte. Don Álvaro fingió a la entrada del lugar que se quería quedar a aguardar a Sancho, por poderse entrar libremente y sin el acompañamiento de muchachos que don Quijote llevaba, en la posada do había de aposentarse, como en efeto lo hizo, enviando dos o tres criados suyos en compañía del paje del Archipámpano y de don Quijote, con los cuales, y con una multitud increíble de niños que le seguían viéndole armado, llegó el triste, sin pensar, a las puertas de la Casa del Nuncio, y quedándose en ellas para su guarda los criados de don Álvaro, se entró solo con él y un mozo de mulas que le tuvo a Rocinante. El paje del Archipámpano, en apeándose, dijo a don Quijote:

-Vuesa merced, señor caballero, se esté aquí mientras subo arriba a dar cuenta a la señora infanta de su secreta y deseada venida.

Y subiéndose una escalera arriba, se quedó solo en medio del patio don Quijote; y, mirando a una parte y a otra, vio cuatro o seis aposentos con rejas de hierro, y dentro dellos muchos hombres, de los cuales unos tenían cadenas, otros grillos y otros esposas, y dellos cantaban unos, lloraban otros, reían muchos y predicaban no pocos, y estaba, en fin, allí cada loco con su tema. Maravillado don Quijote de verlos, preguntó al mozo de mulas:

-Amigo, ¿qué casa es ésta? O dime, ¿por qué están aquí estos hombres presos, y algunos con tanta alegría?

El mozo de mulas, a quien ya habían instruido don Álvaro y el paje del Archipámpano del cómo se había de haber con él, le respondió:

-Señor caballero, vuesa merced ha de saber que todos estos que están aquí son espías del enemigo, a los cuales habemos cogido de noche dentro de la ciudad, y los tenemos presos para castigarlos cuando nos diere gusto.

Prosiguió don Quijote preguntándole:

-¿Pues cómo están tan alegres?

Respondióle el mozo:

-Estánlo tanto, porque les han dicho que de aquí a tres días se entrega la ciudad al enemigo, y así, la esperada vitoria y libertad les hace no sentir los trabajos presentes.

Estando en esto, salió de un aposento, con un caldero en la mano, un mozo, el cual era de los locos que iban ya cobrando un poco de juicio, y cuando oyó lo que el mozo de mulas había dicho a don Quijote, dio una grandísima risada, diciendo:

-Señor armado, este mozo le engaña, y sepa que esta casa es la de los locos, que llaman del Nuncio, y todos los que están en ella están tan faltos de juicio como vuesa merced; y si no, aguárdese un poco, y verá como bien presto le meten con ellos. Que su figura y talle y el venir armado no prometen otra cosa sino que le traen engañado estos ladrones de guardianes, para echalle una muy buena cadena y dalle muy gentiles tundas hasta que tenga seso, aunque le pese, pues lo mismo han hecho conmigo.

El mozo le dijo que callase, que era un borracho y que mentía.

-En buena fe -replicó el loco-, que si vos no creéis que yo digo la verdad, también apostaré que venís a lo mesmo que este pobre armado.

Con esto, don Quijote se apartó dél riendo y se llegó bien a una de aquellas rejas, y, mirando con atención quién estaba dentro, vio a un hombre puesto en tierra en cuclillas, vestido de negro, con un bonete lleno de mugre en la cabeza, el cual tenía una gruesa cadena al pie y en las dos manos unos sutiles grillos que le servían de esposas. Estaba mirando de hito en hito al suelo, tan sin pestañear, que parecía estaba en una profundísima imaginación, al cual como viese don Quijote, dijo:

-¡Ah, buen hombre!, ¿qué hacéis aquí?

Y, levantando el encarcelado con gran pausa la cabeza y viendo a don Quijote armado de todas piezas, se fue poco a poco llegando a la reja y, arrimado a ella, se estaba sin hablar palabra mirándole atentísimamente, de lo cual el buen Caballero estaba maravillado, y más viendo que, a más de veinte preguntas que le hizo, a ninguna respondía ni hacía otra cosa más que miralle de arriba abajo. Pero, al cabo de un gran rato, se puso en seco a reír con muestras de grande gusto, y luego comenzó a llorar amarguísimamente, diciendo:

-¡Ah, señor caballero! Y si supieseis quién soy, sin duda os movería a grandísima lástima, porque habéis de saber que en profesión soy teólogo; en órdenes, sacerdote; en filosofía, Aristóteles; en medicina, Galeno; en cánones, Ezpilcueta; en astrología, Ptolomeo; en leyes, Curcio; en retólica, Tulio; en poesía, Homero; en música, Enfión. Finalmente, en sangre, noble; en valor, único; en amores, raro; en armas, sin segundo, y en todo, el primero. Soy principio de desdichados y fin de venturosos. Los médicos me persiguen porque les digo con Mantuano: His, etsi tenebras palpent, est data potestas excruciandi aegros hominesque impune necandi.

»Los poderosos me atormentan porque con Casaneo les digo: Omnia sunt hominum tenui pendentia filo, et subito casu quae valuere ruunt.

»Los temerosos, odiosos y avaros, me querrían ver abrasado porque siempre traigo en la boca: Quatuor ista, timor odium, dilectio, census, saepe solent hominum rectos pervertere sensus.

»Los detractores no me dejan vivir porque les digo han de restituir la fama cualquier que dice cosa que la tizna: Imponens, augens, manifestans, in mala vertens qui negat aut minuit, tacuit, laudatve remisse.

»Los poetas me tienen por hereje porque les digo, del afecto con que leen sus versos, lo de Horacio: Indoctum, doctumque fugat recitator acerbus, quem vero arripuit tenet, occiditque legendo, non missura cutem nisi plena cruoris hirudo.

»Y con ellos me aborrecen los historiadores porque les digo: Exiit in inmensum fecunda licentia vatum, obligant historica nec sua verba fide.

»Los soldados no pueden llevar que les anteponga las letras y les diga lo de Alciato: Cedunt arma togae, et quamvis durissima corda eloquio pollens ad sua vota trabit.

»Los letrados no pueden tolerar les dé en rostro, viéndolos hablar en cosas de leyes tan sin guardar la de Dios, con el recato de sus predecesores sabios, que decían: Erubescimus dum sine lege loquimur.

»Las damas me arman mil zancadillas porque publico dellas: Sidera non tot habet caelum, nec flumina pisces quot scelerata gerit femina mente dolos.

»Las casadas reniegan de que haya quien diga dellas: Pessima res uxor, poterit tamen utilis esse si propere moriens det tibi quidquid habet.

»Las niñas no toleran oír: Verba puellarum foliis leviora caducis irritaque, ut visum est, ventus, et aura ferunt.

»Y también: Ut corpus teneris, sic mens infirma puellis.

»Las hermosas fisgan de oír que Formosis levitas semper amica fuit, con ser verdad que de todas se puede decir: Quid sinet inausum faeminae praeceps furor?

»Los ociosos amantes querrían se desterrase del mundo mi lengua, que les repite: Otium si tollas periere Cupidinis artes, contemptaeque iacent et sine luce faces.

»Los sacerdotes se avergüenzan de que les repita lo que dijo Judich a los de su vieja ley: Et nunc, fratres, quoniam vos estis presbiteri in populo Dei, et ex vobis pendet anima illorum, ad eloquium vestrum corda eorum erigite. La real potencia que, como el amor, no admite compañía, Non bene cum sociis regna Venusque manent, es tal, que se verifica bien della lo que dijo Ovidio en cierta epístola; respondió una reina recuestada a su galán: Sic meus hinc vir abest, ut me custodiat absens. An nescis longas regibus esse manus?

»Ésas, pues, ¡oh valerosísimo príncipe?, son las que me tienen aquí porque reprehendo la razón de Estado, fundada en conservación de bienes de fortuna, a los cuales llama el Apóstol estiércol con quebrantamiento de la ley de Dios, como si, guardándola, de humildes principios no hubiera subido a ser David poderoso rey y capitán invicto el gran Macabeo Judas, o como si no supiéramos que todos los reinos, naciones y provincias que con prudencia de carne y de hijos deste siglo han tratado de ensanchar sus estados los han destruido miserablemente.

Proseguía el loco su tema con tan grande asombro de don Quijote, que, viendo no le dejaba hablar, le dijo a gritos:

-Amigo sabio, yo no os conozco ni he visto en mi vida; pero hame dado tanta pena la prisión de persona tan docta, que no pienso salir de aquí hasta daros la preciosa libertad, aunque sea contra la voluntad del rey y de la infanta Burlerina su hija, que este real palacio ocupan. Por tanto, traedme vos, que estáis con ese caldero en la mano, las llaves luego aquí de este aposento, y dejad salir libre, sano y salvo dél a este gran sabio, porque así es mi voluntad.

Luego que esto oyó el loco del caldero, comenzó a decir riendo:

-¡Ea, que ciertos son los toros! A fe que habéis venido a purgar vuestros pecados en buena parte; en mala hora acá entrastes.

Y, dichas estas razones, se subió la escalera arriba, y el loco clérigo dijo a don Quijote:

-No crea, señor, a persona desta casa; porque no hay más verdad en ninguno della que en impresión de Ginebra. Pero, si quiere que le diga la buena ventura en pago de la buena obra que me ha de hacer con darme la libertad que me ofrece, déme la mano por esta reja, que le diré cuanto le ha sucedido y le ha de suceder, porque sé mucho de quiromancia.

Quitóse don Quijote la manopla, creyéndole sencillamente, y metió la mano por entre la reja, pero apenas lo hubo hecho, cuando, sobreviniéndole al loco una repentina furia, le dio tres o cuatro bocados crueles en ella, asiéndole a la postre el dedo pulgar con los dientes, de suerte que faltó harto poco para cortársela a cercen. Comenzó con el dolor a dar voces, a las cuales acudieron el mozo de mulas y otros tres o cuatro de la casa, y tiraron dél tan recio, que hicieron que el loco le soltase, quedándose riendo muy a su placer en la gavia. Don Quijote, en sentirse herido y suelto, se hizo un poco afuera y, metiendo mano a su espada, dijo:

-Yo te juro, ¡oh falso encantador!, que si no fuera porque es mengua mía poner manos en semejante gente cual vosotros sois, que tomara bien presto venganza de tamaño atrevimiento y locura.

A esta sazón, bajaron con el paje del Archipámpano cinco o seis de los que tenían cuenta de la casa; y, como vieron a don Quijote con la espada en la mano y que le corría mucha sangre della, sospechando lo que podía ser, se llegaron a él diciéndole:

-No muera más gente, señor caballero armado.

Tras lo cual, uno le asió de la espada y otros de los brazos, y los demás comenzaron a desarmarle, haciendo él toda la resistencia que podía. Pero aprovechóle poco; con que en breve rato le metieron en uno de aquellos aposentos muy bien atado, do había una limpia cama con su servicio. Y, estando algo sosegado, después de haberle encomendado el paje del Archipámpano a los mayordomos de la casa con notables veras y dícholes su especie de locura y las calidades de su persona, y de dónde y quién era, habiéndoles dado para más obligarles alguna cantidad de reales, le dijo a don Quijote:

-Señor Martín Quijada, en parte está vuesa merced adonde mirarán por su salud y persona con el cuidado y caridad posible; y advierta que en esta casa llegan otros tan buenos como vuesa merced y tan enfermos de su proprio mal, y quiere Dios que en breves días salgan curados y con el juicio entero que al entrar les faltaba. Lo mismo confío será de vuesa merced, como vuelva sobre sí y olvide las leturas y quimeras de los vanos libros de caballerías que a tal extremo le han reducido. Mire por su alma y reconozca la merced que Dios le ha hecho en no permitir muriese por esos caminos a manos de las desastradas ocasiones en que sus locuras le han puesto tantas veces.

Dicho esto, se salió, y fue con los criados de don Álvaro en la posada en que estaba, a quien dio cuenta de todo, como hizo al Archipámpano, vuelto a la corte. Detúvose don Álvaro algunos días en Toledo, y aun visitó y regaló a don Quijote y le procuró sosegar cuanto le fue posible, y obligó con no pocas dádivas a que hiciesen lo mesmo a los sobrestantes de la casa, y encomendó cuanto le fue posible a los amigos graves que tenía en Toledo el mirar por aquel enfermo, pues en ello harían grandísimo servicio a Dios, y a él particularísima merced. Tras lo cual dio la vuelta felizmente a su patria y casa.

Estas relaciones se han podido sólo recoger, con no poco trabajo, de los archivos manchegos, acerca de la tercera salida de don Quijote; tan verdades ellas, como las que recogió el autor de las primeras partes que andan impresas. Lo que toca al fin desta prisión y de su vida, y de los trabajos que hasta que llegó a él tuvo, no se sabe de cierto. Pero barruntos hay y tradiciones de viejísimos manchegos de que sanó y salió de dicha Casa de Nuncio; y, pasando por la corte, vio a Sancho, el cual como estaba en prosperidad, le dio algunos dineros para que se volviese a su tierra, viéndole ya al parecer asentado; y lo mismo hicieron el Archipámpano y el príncipe Perianeo, para que mercase alguna cabalgadura, con fin de que se fuese con más comodidad; porque Rocinante dejólo don Álvaro en la Casa del Nuncio, en servicio de la cual acabó sus honrados días, por más que otros digan lo contrario.

Pero, como tarde la locura se cura, dicen que, en saliendo de la corte, volvió a su tema, y que, comprando otro mejor caballo, se fue la vuelta de Castilla la Vieja, en la cual le sucedieron estupendas y jamás oídas aventuras, llevando por escudero a una moza de soldada que halló junto a Torre de Lodones, vestida de hombre, la cual iba huyendo de su amo porque en su casa se hizo o la hicieron preñada, sin pensarlo ella, si bien no sin dar cumplida causa para ello; y con el temor se iba por el mundo. Llevóla el buen caballero, sin saber que fuese mujer, hasta que vino a parir en medio de un camino, en presencia suya, dejándole sumamente maravillado el parto. Y, haciendo grandísimas quimeras sobre él, la encomendó, hasta que volviese, a un mesonero de Val de Estillas y él, sin escudero, pasó por Salamanca, Ávila y Valladolid, llamándose el Caballero de los Trabajos, los cuales no faltará mejor pluma que los celebre.

Aquí da fin la Segunda Parte de la historia del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha


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