Significado histórico de la cruzada de los Treinta y Tres

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SIGNIFICADO HISTORICO DE LA CRUZADA DE LOS TREINTA Y TRES

Recopilado en "Estudios Históricos e Internacionales", de Felipe Ferreiro, Edición del Ministerio de Relaciones Exteriores, Montevideo, 1989

SIGNIFICADO HISTÓRICO DE LA CRUZADA DE LOS TREINTA Y TRES

I

Los orientales rememoran hoy, unidos en un impulso unánime de patriótico orgullo, el centenario del más brillante de los episodios de su gesta libertadora. Un gran recuerdo armoniza los corazones en concordancia absoluta de uno a otro confín de la República.

El Pueblo entero es el que se entrega a la evocación de los acontecimientos cuya memoria hace propicia la fecha y mientras las banderas ondean al viento y los clarines repitan las modulaciones jubilosas de la diana, es el Pueblo entero quien vuela en alas de la imaginación hacia el pasado y asiste al acto a la vez severo y radioso de la Cruzada de los Treinta y Tres.

II

Tacuarembó fue la crucifixión del Pueblo Oriental, ha dicho un ilustre historiador brasileño y el mismo agrega, su resurrección es la Agraciada. El concepto es exactísimo y para valorar en toda su grandeza integral el episodio que hoy rememoraremos para comprender en todo su alcance el significado de la Cruzada, ninguna comparación más feliz que ésa, ni más propia, ni más completa.

El Pueblo Oriental, el que inspira a la libertad como bien supremo y por conquistarla primero, y luego por defenderla, lucha sin vagar durante una década entera, queda encadenado en Tacuarembó; allí ve la consumación de su sacrificio inmisericorde.

A esa batalla siguen sombras, renunciamientos, traiciones…

Después de esa batalla vienen el Congreso Cisplatino, la elección de Lecor para Presidente Perpetuo de la Provincia, la incorporación a Portugal, el reconocimiento de don Pedro I como Emperador…

Entre tanto, los dominadores hacen su política, bárbara política que consiste en cegar sistemáticamente las fuentes de riqueza del territorio; aniquilar sus industrias nacientes; destruir y arrasar sin piedad a todo lo poco que había resistido a las depredaciones de la guerra y oprimir y vejar, oprimir siempre al pueblo oriental.

Y no se crea que exageramos. Lo riente pero falso es el juicio favorable al gobierno “paternal” de Lecor y los usurpadores. Entre tanto, el balance de sus buenas y malas obras en los años que anteceden a la Cruzada de los Treinta y Tres no arroja sino saldos desfavorables. En Montevideo se inicia una única obra pública importante, el faro de la isla de Flores, y esa misma obra, comenzada con el injustificable propósito de crearse títulos para despojarnos de una parte del territorio, en el caso en que hubiera que desalojarlo entre los perentorios reclamos de España, fue abandonada así que se constató que ya no vendría la expedición de Abisbal. En campaña no construye un puente ni se arregla un camino. Entre tanto, se cierra la Biblioteca que fue orgullo de la ciudad y sus libros son amontonados en un desván del Fuerte. Sigue inconclusa la Matriz y cegado el Fuerte. De los treinta saladeros que llegaron a funcionar en los alrededores de la ciudad, no quedan más que diez en faena. No hay materia prima en los campos y en la ciudad ha muerto el espíritu de empresa.

Con respecto a los campos nada más desolador que este cuadro trazado por un sacerdote italiano que los recorre en 1825: “Los montevideanos de tanta variedad de amenísimos campos que poseen, abundantes ríos, torrentes y lagunas de limpias aguas, no cultivan sino pocos pedazos. Todo lo demás, ahora que falta el numeroso ganado de antes, está abandonado a la multiplicación de los tigres, leones, avestruces y otros animales salvajes”, etc. Aclaremos, para dar razón de esa falta de ganado, que solo a raíz de la batalla de Tacuarembó, según afirma Saint Hilaire, se arriaron para Rio Grande, ¡80.000 cabezas!

Para que se constate el estancamiento de Montevideo, cuando no su retroceso evidente, véase ahora esta impresión breve de un militar inglés de 1825: “el martes 23 de Marzo desembarcamos al romper el día, en compañía con el capitán, para presentar nuestros respetos formales al Cónsul británico y entregar nuestras cartas. Por ser demasiado temprano para presentar nuestros respetos consulares, vagamos por y en contorno de la ciudad antes tan floreciente y bien dispuesta, pero que ahora mostraba un cuadro de luchas intestinas de lo que la peor ambición llama guerra gloriosa. Murallas arruinadas, calles abandonadas, habitaciones sucias y deterioradas, una población despreciable y mísera taraceada con toda variedad de colores, desde el negro azabache al mestizo y de allí al pálido triste criollo”.

Y para que se compruebe que no hay fantasía en tal relato, compáresele con esta otra descripción publicada en otro libro impreso en Londres en 1824: “La provincia no solo no debe una obra pública a los usurpadores, sino que por el contrario, éstos han arruinado las más que tenían antes que ellos entrasen. Las murallas de piedras que cercaban la ciudad y que antes eran un lugar de seguridad y de recreo, ahora lo es solo de ratones con brechas por todas partes. Todas las baterías que vestían estas mismas murallas, están destruidas con excepción de una que domina el puerto. El arsenal que era un grande edificio, no se presenta sino en esqueleto. Los cuarteles, incluso el de la gran ciudadela, los cuerpos de guardia que había en contorno de la muralla, abandonados los unos el resto abunda de inmundicia y de toda clase de sabandijas; no hay en ejercicio, un solo establecimiento de recreo; y en esa proporción todo lo demás que presenta a Montevideo como una colonia lóbrega colmada de miseria, en donde las gentes viven en un perfecto aislamiento, casi sin dar más muestras de racionalidad que los edificios con se libran de la intemperie”.

En el fondo de todo esto, de la política de destrucción y abandono que inicia Portugal y continúa Brasil, su cesionario sin escrúpulos, de las política de las buenas palabras y las malas obras – que en último término se dirigía a anular la riqueza de la provincia – lo que hay es un pensamiento cuya constatación tiene que halagar nuestros sentimientos patrióticos. Los usurpadores se sentían aislados; comprendían que no podían ganar jamás el corazón y la voluntad de los vencidos de Tacuarembó y por eso trataban de reducir el país a la impotencia económica, como un medio de garantirse en la usurpación.

Tal la explicación que mejor cuadra a los hechos y por lo que se refiere a síntomas de ese aislamiento que obliga a Saint Hilaire a pensar en la existencia de una antipatía orgánica entre orientales y luso-brasileños y a escribir en 1821 estas palabras que entonces eran proféticas: “pretender que este país haga parte de las posesiones portuguesas es querer unir elementos contrarios”. Véase este detalle consignado en 1826 por un legionario alemán que estuvo de guarnición en Montevideo desde los primeros días de la conquista: “No pasó un día que los portugueses no fueran insultados por su cobardía con gritos y algarazos, con mofa de su idioma, costumbres y hábitos”.

Entre tanto, vuela el tiempo y mientras Lecor sigue haciendo su política cada más convencido de los buenos resultados prácticos que ha de traerle, los orientales que se han mantenido fieles al ensueño artiguista (digámoslo bien alto, casi todos los orientales) empiezan a laborar silenciosamente y poco a poco van reverdeciendo los grandes ideales de Patria y Libertad.

Desde fines de 1822 a fines de 1823, aprovechando las desavenencias entre lusitanos y brasileños, los nativos se alzan ante unos y frente a otros, en un movimiento que por su epílogo sin gloria no pasa de ser “una intrépida calaverada con sobra de miras y falta de medios”.

Después, el silencio nuevamente. En 1824, Lecor, con sus persecuciones y sus exacciones, con sus venganzas y sus temores, llena de sombras el territorio. Entre los orientales, unos los irreductibles, los que no admiten ni dan tregua al dominador, emigran a Buenos Aires o al Entre Ríos; otros, posibilistas, se adaptan en apariencia al afrentoso orden establecido y se someten y se humillan.

Vuelven los usurpadores a afirmar su poder amenazado y tambaleante durante 1822 y 1823. Lenta pero seguramente, según creen, van recuperando el terreno perdido. Entre tanto, el tiempo corre y un día de abril de 1825, cuando ya Lecor empezaba a descansar confiado en el fruto de sus desvelos y se creía alejada hasta lo remoto la posibilidad de una reacción libertadora, surgen los Treinta y Tres, desafiantes y magníficos de patriotismo y de plenitud heroica…

III

Los Treinta y Tres vienen a continuar por la libertad de la tierra nativa, las luchas que otros comenzaron y truncó la muerte o la mala fortuna. Son los corredores del Circo recordados por Lucrecio en un símil venturoso, los nuevos corredores, los que levantan la antorcha para seguir el camino, allí donde cayó de las manos de los ya agotados…

Ellos no saben hasta dónde podrán adelantar, pero su voluntad siempre tensa les dice que no se detendrán hasta triunfar o hasta que los anule la muerte. Y esto es lo que ennoblece y da sentido a su decisión y a su heroísmo. Pocos días después de iniciada la campaña, Santiago Vázquez se lo expresaba a Lavalleja en estos términos: “Sí, mi amigo, es preciso hacer todo por Vms; la suerte de la Banda Oriental puede estar sugeta a accidentes y alternativas, pero jamás lo estará la carrera magestuosa que Ud. y sus dignos compañeros se han abierto para la inmortalidad; nada puede ya arrancar a Vms. el lugar distinguido que los destina la historia; yo me complazco sobremanera en decirlo”.

Los Treinta y Tres vienen a luchar y morir pos los mismos ideales que enaltecieron con el sacrificio los soldados de Artigas. Son sus legatarios y sucesores y no pretenden ser otra cosa; por eso, en espíritu, aquéllos van a laborar su lado en la misma faena, por lo mismo que el inventor del arado, en sí bello decir de Fouillet, labra invisible al lado del sembrador…

Lo que hay de eterno en su hazaña, lo que da un significado propio y profundo a su cruzada, es precisamente esa continuidad que supone la austeridad del pensamiento inicial, junto a un alarde de valor ¡jamás superado en parte alguna!


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El País, 19 de abril de 1925